“Nadie es perfecto”, pero Wilder estuvo muy cerca

En categoría(s): Libros de Cine por cabarca el 13-03-2011

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billywilderPor Christian Malebrán

Si de pronto uno tuviera la extraña misión de lograr que alguien que jamás haya visto una película, entendiera el porqué de la fascinación de tantos miles de personas por el séptimo arte, una buena manera de lograrlo sería mostrándole una o dos películas de Billy Wilder.
Este director de rostro sonriente y aspecto simpático, como las comedias que realizó a lo largo de su dilatada carrera como director entre 1934 y 1981, tiene mucho que enseñar a cualquier persona interesada en el cine, ya sea desde la perspectiva del realizador o de simple espectador, siendo una tarea urgente para quienes no conocen su obra.
Judío, nacido en Austria en 1906, testigo en su infancia de la caída del imperio austrohúngaro, en la década del 30 por razones obvias debió dejar su tierra y emigrar a Estados Unidos, donde con mucha dificultad tuvo que abrirse camino en la competitiva industria del cine, siendo el idioma el primero pero no el mayor de los problemas que tuvo que enfrentar en un medio hostil con cualquiera y más aun con los extranjeros.
Discípulo del gran cineasta y genio de la comedia, el alemán avecindado en Hollywood Ernst Lubischt, autor de obras maestras como “Ninotchka” (1939) y “To be or not to be” (1942), Billy Wilder logró a lo largo de los años desarrollar un estilo propio en el arte de narrar historias con la cámara, pero no sin padecer a los estudios que lo contrataban.
Al igual que muchos directores jóvenes de esa época en Hollywood, Wilder se vio sometido a las restricciones que la industria solía imponer a los realizadores en orden a asegurar el retorno de la inversión, forzándolos por contrato a seguir criterios comerciales sobre los artísticos. De esta manera, muchas veces los directores tenían que renunciar a ver completamente realizada su visión de la historia, debiendo eliminar planos y secuencias completas, muchas veces alterando incluso el desenlace de sus películas. Así las cosas, un buen director debía recurrir al ingenio para lograr mantener, aunque fuera pasando de contrabando, lo esencial de su visión en el corte final de la película. Billy Wilder era un maestro en ello, pudiendo desarrollar un estilo propio en sus películas, a pesar de ser concebidas para generar ganancias a los grandes estudios.
Las peripecias de su ascenso en la industria en los años de la Segunda Guerra Mundial y especialmente en la post guerra, al igual que las deliciosas anécdotas del oficio de guionista y director en el Hollywood de esos años, constituyen un festín para cualquier cinéfilo. Afortunadamente al señor Wilder le gustaba hablar de estas cosas y dio muchas entrevistas y charlas, siendo algunas de ellas verdaderas cátedras de cine (es posible encontrar una de las charlas que dio en el American Film Institute en el siguiente vínculo).
En el libro “Nobody is perfect”, de Hellmuth Karasek, cuyo título proviene de la frase genial con la que concluye “Some like it hot” (“Una Eva y dos Adanes”, 1959), una de las mejores comedias de todos los tiempos, es posible deleitarse con una larga entrevista en la que Wilder se explaya sobre su oficio y cuenta muchísimas anécdotas, algunas relacionadas con las dificultades que tuvo tratando de controlar a la difícil Marilyn Monroe en el rodaje de “The seven year itch” (“La comezón del séptimo año”, 1955) o “Some like it hot”, o la experiencia completamente diferente de trabajar con Marlenne Dietrich en películas como “The foreign affair” (1948), o su entrañable relación con Jack Lemmon, actor que lo acompañó en comedias geniales como “Irma la dulce” (1963) y “The apartment” (“Departamento de soltero”, 1960).

"La comezón del séptimo año".

"La comezón del séptimo año".

No obstante ser reconocido como uno de los pilares en el desarrollo de la comedia, también fue uno de los precursores y creadores del género del film noir, con obras maestras como “Witness for the Prosecution” (“Testigo de cargo”, de 1957, “una de las mejores películas de Hitchcock, sólo que la hizo Wilder”, según palabras de Hellmuth Karasek) y “Double indemnity” (1944), o películas como “Ace in the hole” (1951), en la que se hace una ácida crítica a la falta de valores en el mundo del periodismo industrial y la sociedad de consumo.
Esta última película puede resultar muy atingente para el público chileno, puesto que el relato se articula en torno a un accidente que deja a un hombre atrapado en las profundidades de una mina en una localidad perdida cerca de la frontera de Estados Unidos con México. Este hecho desencadena un circo mediático, liderado por un periodista inescrupuloso brillantemente interpretado por Kirk Douglas, con autoridades locales corruptas y en general un despliegue de intereses que poco o nada tienen que ver con rescatar al minero.

"Ace in the hole".

"Ace in the hole".

Finalmente, una de las mejores películas de toda su filmografía como director y sin duda una obra maestra del cine universal es “Sunset Boulevard” (“El ocaso de una vida”, 1950) con William Holden en una de sus mejores interpretaciones, la estrella del cine mudo Gloria Swanson y el legendario director de cine Erich von Stroheim, con cameos de Cecil B. de Mille y Buster Keaton. La película, ambientada en los años cincuenta, es a la vez un homenaje a la era gloriosa del cine mudo y un relato sobre la decadencia y la locura ocasionados por la fama y el exceso de glamour, todo ello personalizado en Norma Desmond, una ex estrella del cine mudo que se cree inmortal y espera recluida en su mansión en Sunset Boulevard el pomposo retorno a las pantallas de la mano de su director, Cecil B de Mille.
La película es un racconto narrado por el cadáver del protagonista, William Holden, quien interpreta a un periodista venido a menos, el cual yace flotando boca a bajo en la piscina de la mansión de Norma Desmond, con un disparo en la espalda. Aquí mejor que nunca Billy Wilder aplica el principio de cautivar al espectador desde el primer cuadro de la película, cosa que nunca dejó de hacer.

"El ocaso de una vida".

"El ocaso de una vida".

Maestro en el relato hábil, la construcción de personajes atractivos y el uso de las posibilidades narrativas propias del cine, características que compartía con el genial Hitchcock, Wilder y su cine no pierden vigencia a pesar del paso de los años.
Aun cuando las películas del apogeo de su carrera fueron realizadas hace más de cincuenta años, éstas hablan de valores universales y la gente de esos años no era muy distinta a la de hoy, excepto porque ellos tuvieron la suerte de vivir en una época en la que se hacía cine como el del señor Wilder.

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