“El juramento”: por la salvación del alma

En categoría(s): Cine en su Casa por cabarca el 03-04-2010

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thepledgePor César Iturra

Desde una perspectiva general, el cine comercial estadounidense de hoy siempre es rápido, pocas veces barato, y por lo general está fuera de control. Acudimos a caudales de remakes, secuelas, comedias burdas, efectos especiales apabullantes y explosiones gigantescas. Bajo estos conceptos, las películas, entonces, se van consumiendo junto con su propio avance promocional. Suena lógico que, a partir de estas intuiciones, algunos estudiosos sugieren que la producción cinematográfica de Estados Unidos entró, desde 1960, en un período “post-clásico”, radicalmente distinto al de la época de los estudios. Sostienen que el high-concept blockbuster, el éxito de taquilla que viene acompañado de videojuegos, muñecos y camisetas, y que se exhibirá una y otra vez en la televisión, ha creado un cine de incoherencia narrativa y fragmentación estilística.
Sin embargo, estos juicios no suelen estar basados en el escrutinio de las películas. Quienes han analizado una serie de filmes argumentan de manera convincente que, en muchos aspectos importantes, la narrativa de Hollywood no ha cambiado fundamentalmente desde la era de los estudios. Si examinamos el estilo visual a lo largo de los últimos cuarenta años, estaremos obligados a sostener la misma conclusión. Las películas de hoy se adhieren a los principios de la cinematografía clásica en lo que concierne a la representación del espacio, el tiempo y las relaciones narrativas. Sin embargo, sí se han dado algunos cambios estilísticos significativos durante los últimos cuarenta años. Los recursos técnicos cruciales no son nuevos -algunos datan de la época del cine mudo-, pero en tiempos recientes se han tornado muy notables y se han fundido en un estilo claramente distinto. Lejos de rechazar la continuidad tradicional en nombre de la fragmentación y la incoherencia, el nuevo estilo apunta a una intensificación de las técnicas establecidas. La continuidad intensificada es una continuidad tradicional amplificada. Hoy por hoy, la continuidad intensificada es el estilo dominante de las películas estadounidenses de gran audiencia.
Aparentemente, “The Pledge” (”El juramento”, conocida en Chile como “Código de honor”), tercera película como director de Sean Penn, tuviese todos los ingredientes necesarios y habituales para haber sido tratada como una de estas películas destinadas a la grandes audiencias: pertenecer a un género muy visitado y repleto de clichés, la idea de asesino serial, actores de renombre, el haberse basado en una exitosa novela, etc., reúnen ingredientes para pensar que se trata de un thriller policiaco más.
Sin embargo, Penn ofrece un estilo personal, inteligente, conmovedor, presenta giros genuinamente inesperados y una resolución única que aunque no dejará satisfechos a muchos, de acuerdo a lo que la industria nos ha ido empalagando, representa un valeroso intento por alejarse de lo acostumbrado y presentar una historia más enfocada al aspecto humano de los personajes y menos deseosa de convertirse en una película de acción, como comúnmente ocurre.
Mientras Jerry Black (Jack Nicholson, en un memorable trabajo interpretativo) celebra la fiesta de su jubilación, llega la noticia de la aparición del cadáver de una niña de ocho años, violada y degollada. Ante la madre de la víctima, el detective hace la promesa de que no cejará hasta hallar al culpable. La intriga criminal y la investigación policíaca pasan a un segundo término en favor del proceso de muerte vital -que no orgánica- de este policía de oscuras motivaciones que acaba confundiendo su trabajo con su vida privada de forma algo atípica. El descenso a los infiernos de la locura de un hombre que no sabemos muy bien si se encuentra en su sano juicio o que simplemente lleva su tenacidad a extremos insospechados, a riesgo de cruzar esa delgada línea roja que hace de frontera entre la cordura y la locura, a pesar de haber seguido la pista correcta.
Lo más interesante de la película radica, entonces, en saber alejarse de aquella fragmentación pirotécnica que, si bien aporta a la acción, resta a la contemplación. Quizás sea una cuestión de escuelas o gustos, pero lo más maravilloso del cine sigue siendo la imagen y necesitamos de aquel valioso tiempo para poder recorrer aquella gran pantalla de luz. Por esto, existe en “El juramento” una gran preocupación y dedicación por los detalles en el trabajo de cámara, de fotografía, de musicalización, pero sobre todo, y lo reitero, sobre todo, en el montaje.
Acudimos a mundos y ambientes riquísimos en información, que complementan o, mejor dicho, elevan el relato a alturas insospechadas y nos permiten presenciar, por momentos, escenas de gran calibre emocional, a modo de ejemplo, cuando el protagonista da el aviso a los padres de la niña muerta mientras se encuentran en la granja de pavos. Existe acá un gran manejo de cámara, de la utilización del sonido, más bien su supresión, en cuanto a color, ritmo, y en cuanto a sus significado.
Así pasa en muchas escenas y secuencias, donde el montaje cumple un rol fundamental. Basta con ver el inicio de la película para ir develando el cariz, la precisión e intensificación de este recurso. Vemos un personaje balbucear, buscando respuestas, bandadas de aves en el cielo, cámaras que vuelan, la música de Hans Zimmer y Klaus Badelt muy simple pero que cobra gran poder al entremezclarse con sonidos y vibraciones que perfectamente puedan venir del ambiente externo o del interno, el del alma de los personajes.
La circularidad estará siempre presente, de hecho así está presentada la historia. ¿Partir del final, partir del origen, llegar al final o llegar al origen? He ahí la más pura acción. En el cine hay una circularidad entre objetividad y subjetividad (del autor y del espectador). El cine participa de la realidad hasta el punto de reproducirla en toda su densidad y consistencia. Como decía Pasolini, “leer un filme equivale a leer el mundo”. Desde esta perspectiva, el cine hace presentes los cuerpos (incluso cuando están ausentes).
Lo interno y lo externo vienen a ser los conceptos más importantes en el estilo de Penn para contar esta historia. Hace un especial cuidado por su diferenciación a lo largo del relato en el sentido visual, pero también sonoro. Se esmera en ello y sin duda logra provocar que la espacialidad, sus paisajes, objetos, colores y temperaturas, hilen a favor, o en contrapunto, de percepciones internas de los personajes o de cómo las exterioricen, es decir, como aporte narrativo además del estético.
Diversas críticas y comentarios mencionaban que “El juramento” es “una película lenta”. Ese es, de todas maneras, un vicio que hemos adquirido del cine estadounidense que solventa su función bajo el concepto de la fragmentación y la intensificación de su continuidad, y tiene malamente acostumbrado a una parte del público a ver o querer ver muchas cosas en poco tiempo; a ver acciones, pero no imágenes (ya es sabida la influencia de la televisión y su esmero por no descuidar en ningún momento la atención de su público).
Si se quiere, mejor que se hable de ritmo, eso sí que es parte del gran cine. Es ritmo visual de la imagen, ritmo auditivo del sonido y ritmo narrativo de la acción. Es decir, los efectos que se puedan lograr bajo el manejo de la duración del material y psicológica de los planos, con los elementos visuales encuadrados y con los elementos de la banda sonora. He aquí las claves para entusiasmarse con “El juramento” y disfrutar de su espacial y emotivo estilo.
Barthes mencionaba que hay un tercer sentido en el cine. Más allá de lo informativo del mensaje y de lo simbólico, hay un sentido obtuso. En la dirección de excesivo e inapresable. Este sentido se refiere especialmente al reino de la emoción: “una emoción que designa lo que se ama, que quiere defenderse, una emoción-valor, una valoración”.
Con un lenguaje hipnótico, enajenado, Penn ayuda a crear un tono pesimista y desapacible, un clima derrotista y desolado que la envuelve y que consigue contagiar inmerso en una fría (no helada) Norteamérica, profunda y rural, desangelada, aislada, devotamente religiosa, que roza la insanía. No hay ni un signo de esperanza en esta película, todo ocurre de forma coherente e inevitable, imprevisible, demoledora.
La peculiaridad del cine de hoy parecería instar a los espectadores a dar por hecho un alto grado de obviedad de la narración, a dejar que unos cuantos recursos familiares amplifiquen cada momento y a deleitarse en muestras cada vez más espectaculares de técnica, todo mientras se dejan llevar por la corriente subterránea de la historia. No sería la primera vez que se le pide al público disfrutar el juego patente con las formas sin sacrificar la profundidad emocional. Películas como “El juramento” vienen a demostrar que, de todas formas, desembocamos en el mismo punto de vista: el arte de ver se transforma con cada estilo y así como Jerry Black jura encontrar al asesino “por la salvación de su alma”, tengo la serie sospecha de que Penn y muchos otros autores y en muchas otras latitudes, se la están jugando toda por el amor al cine, “por la salvación del cine”.

Dirección: Sean Penn.
País: Estados Unidos.
Año: 2001.
Duración: 124 minutos.
Interpretación: Jack Nicholson (detective Jerry Black), Patricia Clarkson (Margaret Larson), Robin Wright Penn (Lori), Aaron Eckhart (detective Stan Krolak), Dale Dickey (Strom), Costas Mandylor (Monash Deputy), Helen Mirren (doctora), Tom Noonan (Gary Jackson), Michael O’Keefe (Duane Larson), Vanessa Redgrave (Annalise Hansen), Pauline Roberts (Chrissy), Mickey Rourke (Jim Olstad), Sam Shepard (Eric Pollack), Lois Smith (Helen Jackson), Harry Dean Stanton (Floyd Cage), Beau Daniels (Rudy) y Benicio del Toro (Toby Jay Wadenah).
Guión: Jerzy Kromolowski y Mary Olson-Kromolowski, basado en el libro de Friedrich Dürrenmatt.
Fotografía: Chris Menges.
Montaje: Jay Cassidy.
Música: Hans Zimmer y Klaus Badelt.
Disponible en: DVD y TV pagada.

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