El cine y su ineludible reflexión sobre el mundo
En categoría(s): Libros de Cine por cabarca el 27-11-2011
Tiendo a colegir que el título de este libro, “Cine condicionado por el mundo contemporáneo” (La Crujía, Buenos Aires, 2011), asume la premisa de que las películas no pueden sino dar cuenta de lo que ocurre con las personas, con las comunidades, con el mundo en definitiva.
Así, el cineasta, al concebir y poner en escena un relato fílmico, no podría estar ajeno a las realidades humanas y sociales, a las transformaciones en nuestras culturas, y tendría que dar cuenta de ello.
Suscribo esa premisa.
Aun el cine fantástico o una cinta aparentemente banal no pueden sino decirnos algo acerca del mundo, de las ideas y de las representaciones sociales. Sus historias, por inverosímiles y ridículas que parezcan, y sus personajes, por superficiales y unidimensionales que sean, más de una reflexión despiertan. Algo dejan.
Citemos sólo un ejemplo. Algunos ensayistas y críticos advirtieron en “Rambo”, la cuestionable saga protagonizada por Sylvester Stallone, un instrumento de propaganda de la administración Reagan. Para ellos, asimismo, el filme ponía en evidencia, de una forma bastante gruesa, las secuelas individuales de haber participado en la guerra de Vietnam.
Es sólo un ejemplo, pero sin duda hay muchos más en esta línea. Vale decir, incluso un filme de mediocre expresión genera lecturas y análisis respecto de una cuestión actual.
Volvamos ahora al punto anterior.
Puesto que el cine no puede situarse, en tanto relato, al margen de lo que sucede con la gente y en el mundo, deviene una fuente no sólo de sensaciones y emociones, sino también de ideas, reflexiones, interpretaciones y hasta interpelaciones, a nosotros mismos, a la élite política, al sistema educativo, al poder económico, a las instituciones en general; al presente.
Entonces, el cine, que para muchos es sólo un vehículo de evasión o un medio de entretención (al punto de que hay gente que compra una entrada e ingresa a una sala sin saber cuál película verá y que una vez que finaliza la proyección, no se cuestiona nada acerca de lo que vio y escuchó), se convierte en un poderosísimo dispositivo de representación y también en un espejo de nuestras vidas, de nuestras ideas, de los imaginarios que construimos, de los sueños que albergamos -y también de las pesadillas-, de las cosas que nos suceden. En el mundo y en el cine de hoy, nos reconocemos en la pantalla en temáticas tan centrales como la incomunicación, la desigualdad, la globalización, la discriminación, la violencia o la crisis de las instituciones.
No desconozcamos, eso sí, que una película es una apariencia; no es la realidad misma. Como bien escribe Esteban Mizrahi en el prólogo del libro, “el cine es una paradoja, que gira en torno a la cuestión de las relaciones entre el ser y el aparecer”.
El cine, en este sentido, es un engaño. Y, sin embargo, en ese aparecer que es, en ese engaño que es, cuando muchos creen que viendo un filme están situándose fuera de la realidad o en una suerte de realidad paralela -aunque sea meramente por buscar entretención-, el mundo se nos aparece a través de sus innumerables manifestaciones y situaciones, las que el arte cinematográfico transforma en historias dotadas de imagen y movimiento.
“Cine condicionado por el mundo contemporáneo” viene, por lo tanto, a reafirmar las infinitas posibilidades que nos proporciona el séptimo arte considerado como plataforma representativa y como agente, fuente y producto de reflexión.
A partir del cine, y a través de él, podemos pensar, como afirma Esteban Mizrahi, en las transformaciones sociales y culturales que tienen lugar en la actualidad.
Así, por ejemplo, la hermosa película “El señor Ibrahim y las flores del Corán” (2004) da pie, en el primer artículo, a una relación sobre la centralidad del libro en nuestra cultura y el cuidado por el otro; la cinta argentina “Leonera” (2008) provoca un análisis de la institución penitenciaria (las relaciones de poder y de solidaridad dentro de una cárcel, la estética carcelaria, etc.), y de la relación madre-hijo en un espacio y una condición tan particular como son un recinto penal y el presidio de la madre; “Pizza, birra, faso” (1998) sirve de pretexto para hablar de la ausencia de futuro de los jóvenes en muchas de nuestras ciudades y de cómo vagan sin destino, así como del propósito de la educación y de nuestra aproximación a las duras realidades de los otros; “25 watts” (2001) es el punto de partida para pensar en el tedio vital de los jóvenes, en su relación con el trabajo y el estudio, y también en la falta de oportunidades para ellos; el artículo acerca de “Los niños del cielo” (1997) nos recuerda la importancia del juego en los niños e indaga en la construcción y la representación social de la infancia a través de la historia; el texto que refiere a “Estación central” (1998) invita a reflexionar sobre temas como el cuidado de la infancia, el rol de la educación, la precariedad del trabajo, el concepto de familia y la fragilidad de las relaciones familiares; “Machuca” (2004) genera una lúcida indagación en el supuesto carácter histórico de la película y en los servicios que prestó a los grupos políticos dominantes en Chile en la época en que fue exhibida; y “Tierra de Avellaneda” (1995) mueve al autor del artículo, que cierra el libro, a examinar la desaparición de personas y la relación con los muertos cuando éstos corresponden a personas desaparecidas forzadamente.
La revisión del listado de películas examinadas nos permite celebrar, además, su elección por parte de los autores de cada artículo. Se trata de películas profundamente humanistas, que miran con atención y sensibilidad al hombre y a lo que a éste le sucede.
Se reitera, en varias de las cintas escogidas, el mundo de la niñez y de la juventud, observado, mostrado y relatado en las películas desde una óptica de cuidado, al menos en términos de lo que debiere ser, coherentemente con lo que varios de los artículos rescatan y destacan.
Estamos ante cintas altamente efectivas, pues logran empatía con el espectador. Quizás nos trasladan a lugares remotos y desconocidos, e incluso a realidades ajenas, pero nos conmueven y nos mueven hacia la reflexión.
De modo que las obras seleccionadas y analizadas, que no son precisamente filmes latosos (fastidiosos) ni pretenciosos, y menos constituyen lecciones de moral, comprueban que el cine, en su materialización narrativa y expresiva, no puede estar al margen del mundo contemporáneo.
Aun más: en tanto más genuinamente responda a lo que sucede en su entorno y con los hombres, más efectiva, necesaria y pertinente será una película.
No cabe sino agradecer, en consecuencia, a Esteban Mizrahi y el resto de los autores por mirar, desde el cine y a través del cine, al mundo actual, a las personas, a las culturas, a las transformaciones que vivimos.
Ellos, y acá parafraseo a Jean-Claude Carrière, el gran guionista de Buñuel y Tati, entre otros, han visto la película que no se ve. No se trata de ejercicios hermenéuticos antojadizos, sino de miradas e indagaciones que rescatan y valoran aquella película que está latente, la de contrabando, como dice Martin Scorsese. Aquella que no necesariamente vemos cuando estamos en la sala de cine o frente al televisor.
Así, nos invitan a pensar en nosotros y en la actualidad, a través de un placentero y provocador camino como es el cine.


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