Cierta justicia, ciertos recuerdos

En categoría(s): Estrenos por cabarca el 27-01-2010

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Por Christian Malebrán

 

Hace ya algunos años, en una tarde de verano de mis tiempos de estudiante, caminando por las calles de Barcelona, me disponía a cumplir con el tradicional rito de entrar a una sala de cine a gozar de la generosa cartelera europea, viendo alguna película que seguramente no tendría oportunidad de ver en Chile.

En ese momento, estaban dando una película argentina que me resistía a ver, porque como buen aficionado al cine europeo, solía despreciar al cine latinoamericano por feo, de mal gusto y de mala calidad. Así que opté por entrar a ver lo último de Michael Haneke o una película de Manoel de Oliveira, ya no me acuerdo.

El hecho es que aquella película argentina, que para colmo era promocionada como una comedia romántica, no me dejaba tranquilo. Estuvo más de un año en cartelera y no paraba de cosechar elogios de la crítica y del público.

Hasta que un día no aguanté más, agarré mi bicicleta de segunda mano y partí por la ciclovía de la Diagonal rumbo a la primera sala donde la estuvieran proyectando dispuesto a ver de qué se trataba tanta maravilla. La película era “El hijo de la novia” (2001), dirigida por un desconocido Juan José Campanella y protagonizada por un también desconocido Ricardo Darín.

La película no solo me gustó, sino que además me hizo sentir que descubría algo nuevo en el cine, como cuando uno recién comienza a descubrirse cinéfilo y todo es motivo de admiración. Me hizo reflexionar acerca de que con relativamente poco dinero y mucho talento, el cine aún puede cautivar.

La película era divertidísima, con muy buenas actuaciones y diálogos que ya se los quisiera cualquier guionista de Hollywood. No paraba de sorprenderme, de reírme y de emocionarme durante la proyección. “Un acierto de un cineasta argentino”, me dije. “Un caso entre mil”, “al menos una película latinoamericana que está a la altura del cine mundial”, pensé.

Después de esta experiencia, no me fue difícil entrar a ver mi siguiente película argentina, “Nueve reinas” (Fabián Bielinsky, 2001) con el mismo Ricardo Darín y un debutante Gastón Pauls. Y ¡oh, sorpresa!, la película era tan buena como la anterior. No se trataba esta vez de una comedia romántica, sino de una comedia negra, una historia de tramposos en medio de la crisis económica argentina. ¡Qué película más ingeniosa, entretenida, cautivante! Comenzaba a sospechar que el cine argentino se traía algo entre manos; así que para confirmar o disipar mis sospechas, esperé a que apareciera otra película argentina en cartelera y fui a verla, esta vez casi esperando una decepción, como a las que nos tiene acostumbrados el cine chileno.

La película, titulada “Lugares comunes” y dirigida por Adolfo Aristaraín (2002), era muy distinta a los dos filmes antes citados, siendo sus temas centrales la crisis de la sociedad de consumo, la falta de identidad de América Latina, la vejez y la relación padre e hijo. Protagonizada por Federico Luppi (actor fetiche del director), es muy coherente con el resto de la filmografía de Aristaraín, siendo un referente directo de la increíble “Un lugar en el mundo” (1992), de este mismo realizador, que por muchos años no pudimos ver en Chile.

Y entendí que definitivamente el cine argentino pertenece a otra categoría de cine, no siendo posible ni justo compararlo con el precario cine chileno, que definitivamente no cuenta con los mismos medios, ni económicos ni creativos.

Desde entonces he procurado ver cuanto cine argentino ha caído en mis manos y puedo decir que aún no encuentro la película que me decepcione. Solo por citar algunas: “Kamchatka” (Marcelo Piñeyro, 2002), “El aura” (Fabián Bielinsky, 2005), “Elsa y Fred” (un maravilloso homenaje a Fellini de Marcos Carnevale, 2005), “El frasco” (Alberto Lecchi, 2008)…

Y “El secreto de sus ojos”, la más reciente película argentina estrenada en Chile, es un buen ejemplo de este auge por el que está pasando la industria cinematográfica de nuestros vecinos. Es el octavo largometraje de su director, el ya mencionado Juan José Campanella, y si la tuviéramos que catalogar en una estantería de video club, se podría rotular como un “drama policial”. Pero más allá de eso, es una historia que se articula en torno a varios temas, entre ellos el de la justicia, la venganza, la impunidad y el olvido. Habla de la necesaria mirada hacia el pasado para poder construir futuro, estando estos temas muy presentes hoy también en la polarizada sociedad chilena.

La película es un gran racconto, es decir, la reconstrucción de hechos que ocurrieron muchos años antes y que el protagonista se esmera en recordar bajo la excusa de escribir una novela a partir de ellos. No obstante, su verdadera motivación es terminar de saldar lo que él siente son varias deudas pendientes consigo mismo y con personas que una vez fueron cercanas a él.

“El secreto de sus ojos”, en su construcción narrativa, recurre a varios de los elementos característicos del género del cine negro. Hay un protagonista solitario, un tanto apático, que ya viene en bajada tanto profesional como sentimentalmente, una mujer que en este caso no es muy fatal, un asesino escurridizo, unas instituciones corruptas y un brutal asesinato que tiene implicancias en las altas esferas del poder.

El protagonista, Benjamín Esposito, es un oficial de justicia jubilado, de Buenos Aires, separado, sin familia, que es acosado por el caso de la violación y asesinato de una joven mujer ocurrido muchos años atrás y que no pudo resolver en su momento debido a la corrupción del sistema judicial y de la dictadura militar de esos años.

Este personaje, derrotado por la vida, debe enfrentar al mismo tiempo otros fantasmas, como un romance nunca consumado con su ex jefa, Irene (Soledad Villamil), y una relación de amor y odio con su compañero de trabajo Pablo Sandoval (genialmente interpretado por Guillermo Francella), relación en la que se sustenta buena parte de la faceta cómica de la película. El talento de Campanella hace posible que “El secreto de sus ojos”, siendo un drama, tenga las dosis precisas de humor y de romance (con una muy bien lograda tensión sexual entre los protagonistas), elementos que no hacen tambalear en absoluto el drama central sino que más bien lo fortalecen al servir de contrapunto y permitir también al espectador un respiro en medio del horror y de la violencia.

La historia se nos va desvelando paulatinamente a un ritmo que no permite distracción ni aburrimiento, a medida que Espósito va excavando en el pasado. Los acontecimientos se van sucediendo en un relato donde los diálogos juegan un rol fundamental. De esta manera, nos vamos sumergiendo en la Argentina de Estela Martínez de Perón y López Rega, en la violenta década de 1970, y lo que parecía en un inicio una historia policíaca de crónica roja se va transformando en un drama político, donde los poderes del Estado se van viendo involucrados, dándole la excusa al director para hablar de la historia de Argentina de esos años y también para hacer gala de algunos elementos característicos de la cultura de nuestros vecinos, como su ácido sentido del humor.

Otra característica de los argentinos que no podía estar ausente, su pasión por el fútbol, queda plasmada en la impresionante secuencia que se inicia con una cámara aérea que se acerca al estadio donde Racing juega un partido, sobrevuela la cancha de juego en un impresionante plano cenital de los jugadores, luego de los espectadores y, finalmente, sin corte alguno, termina en un primer plano de los rostros de los protagonistas en medio de la multitud.

No deja de llamar la atención tampoco el cuidado puesto en la composición de los planos, como la secuencia en que el protagonista llega al palacio de justicia, filmado en contrapicado y luego en plano cenital dentro del edificio (representación del poder). O la secuencia en que Esposito se aleja de Irene para abordar el tren que lo lleva a un autoexilio y ella se pierde en segundo plano en el fuera de foco.

No obstante, como punto débil, podemos mencionar que, además de algunas situaciones un tanto cliché en la representación del romance no consumado de los protagonistas, hacia el final, en el momento de la resolución de la última vuelta de tuerca de la trama, hay unos minutos redundantes e innecesarios. Durante unos momentos, se siente que la película vuelve a comenzar cuando ya estaba todo resuelto y da la sensación de que no terminará nunca, aunque se trata solo de un momento que para nada empaña el resto de la película.

Tanto por su estética como por la representación del paso del tiempo, narrando hechos que transcurren a lo largo de varios años, la película me hizo pensar en “Zodiaco” (David Fincher, 2007) como referente más inmediato; y, un poco menos, en “Siete” (David Fincher, 1995) y la trilogía de la venganza de Park Chan Wook (“Oldboy”, 2003), sin los elementos de shock presentes en estas realizaciones.

Sin duda, “El secreto de sus ojos” es una muestra más de que el cine argentino se encuentra en un muy buen momento, con realizadores, guionistas, equipos técnicos y actores de primera línea que logran elaborar productos de calidad internacional.

 

Dirección: Juan José Campanella.
Países: Argentina y España.
Año: 2009.
Duración: 129 minutos.
Interpretación: Ricardo Darín (Benjamín Esposito), Soledad Villamil (Irene Menéndez), Guillermo Francella (Sandoval), Pablo Rago (Ricardo Morales), Javier Godino (Isidoro Gómez).
Guión: Eduardo Sacheri y Juan José Campanella; basado en la novela “La pregunta de sus ojos”, de Eduardo Sacheri.
Fotografía: Félix Monti.
Montaje: Juan José Campanella.
Música: Federico Jusid.

 

 

 

 

 

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