“Valparaíso, más allá de la postal. 50 años de cine chileno, 1960-2010″”
Publicado en (Libros de Cine) por cabarca el 29-02-2012
Por Pablo Aravena (*)
“La ciudad de Valparaíso es habitada visualmente”, ha sostenido el filósofo chileno Sergio Rojas a propósito de la obra fotográfica “Valparaíso Revisitado”, de Rodrigo Casanova. Significa esto que existe un Valparaíso “editado” (en calendarios, postales, afiches de turismo, ropas veraniegas y souvenirs) que ha ido conformando el imaginario visual de la ciudad, es decir, una “imaginación disciplinada, regulada”. Existen imágenes de Valparaíso que no podemos omitir, escenas obligadas para narrar la ciudad.
Acerca del origen de tales imágenes sólo podemos especular. Una posibilidad está en la “naturaleza” de la ciudad, me refiero a ese tópico tan recurrente acerca de que ésta es una ciudad que se “autobserva”. En la medida que hay miradores establecidos y reconocidos, habría también unas imágenes de la ciudad más fuertes (canónicas) que otras a la hora de armar el relato de la ciudad, imágenes de consenso (Valparaíso desde el mirador Marina Mercante de Playa Ancha o desde el mirador de Cerro Barón, en el otro lado, o desde Cerro Artillería).
Habría que indagar, en el registro pictórico y fotográfico, desde cuándo comienzan a aparecer estos paisajes como “imágenes fuertes” de la ciudad. Pero, independiente de esta investigación por hacer, resultará verosímil postular que la condición de posibilidad para la posterior masificación del “collage Valparaíso”, ha sido -nada raro, pues esa es su vocación- el cine. Es en este ámbito que el libro de Claudio Abarca es plenamente pertinente. Y pienso fundamentalmente en la potencia representativa de dos tempranas realizaciones: “A Valparaíso” (Joris Ivens, 1963) y “Valparaíso, mi amor” (Aldo Francia, 1969), a las que del otro extremo podríamos integrar “La luna en el espejo” (Silvio Caiozzi, 1990) y “Fuga” (Pablo Larraín, 2006). Pero, con todo, se trata de “cine arte” chileno, o simplemente de cine chileno, y como tal de una circulación y difusión restringida. De hecho es más probable que en el asentamiento de ese imaginario visual de los habitantes porteños tengan más que ver las caricaturas de “lo pintoresco” que Lukas regó mediante El Mercurio de Valparaíso, o con las postales que todavía se pueden escoger en los puestos de la feria del muelle Prat. Insisto, hay que hacer este trabajo crítico para entender de qué manera los porteños construyen sus narraciones de la ciudad. El cine -hemos dicho- es un medio muy potente, pero más atrás está la pintura, la fotografía, los diarios de viajeros, las canciones y toda una literatura nostalgico-turística difundida principalmente por editorial RIL (obras de Sara Vial, Manuel Peña, etc.)
El trabajo de Claudio Abarca lo entiendo como una enorme contribución a esta investigación de largo aliento. Investigación que estimo necesaria no por mera curiosidad o “delimitación identitaria”, sino porque el relato predominante sobre el Valparaíso que hacen los propios habitantes guarda una estrecha relación con la viabilidad de los proyectos sociales que se puedan pensar para la ciudad. Mi tesis es que todo este imaginario de Valparaíso (romántico, guachaca, nostalgico, “cultural”, exótico) funciona como un relato hegemónico que limita la posibilidad de un relato que haga pensable otro Valparaíso. He aquí el motivo de embarcarse en proyectos críticos como el de Claudio Abarca. En otras ocasiones he apelado a la misma cita de autoridad para plantear esta cuestión. Paul Ricoeur sostiene: “El poder siempre se encuentra vinculado al problema de la identidad, ya sea personal o colectiva. ¿Por qué? Porque la cuestión de la identidad gira en torno de la pregunta ‘¿quién soy?’ y dicha pregunta depende esencialmente de esta otra: ‘¿qué puedo hacer?’, o bien, ‘¿qué no puedo hacer?’. La noción de identidad se encuentra, por tanto, estrechamente vinculada a la de poder” . No da lo mismo que se acentúe en los relatos esa dimensión “cultural” (pintoresca, exótica, esteriotipada) de la ciudad, que el Valparaíso obrero portuario. El primer relato se pliega sin problemas a la gestión patrimonial y el turismo (sobre el que no se puede montar un verdadero plan de desarrollo), el segundo se constituye como una contramemoria y camina en dirección de un proyecto que reclama trabajo de calidad y una verdadera relación de la actividad portuaria con la ciudad, que corrija el actual modelo de enclave.
Según mi lectura, el trabajo de Claudio Abarca se encamina hacia el desmontaje de este primer relato: romper con la postal no es un gratuito acto iconoclasta, es el trabajo previo para la construcción de una verdadera alternativa para Valparaíso, es limpiar un espacio para la imaginación política.
El presente libro recoge un trabajo efectuado con rigor. En sus siete capítulos recorre los tópicos más fuertes que componen el relato-postal: el mar, la vida de barrio, el puerto exótico-cosmopolita, el destierro, la marginalidad, la pobreza, la bohemia, los espectros. Desde luego ciertas películas se disponen más claramente para trabajar la elaboración de cada tópico. Pero no da lo mismo tampoco qué hace cada director con el mismo tópico. Es distinta la pobreza o el mundo popular de Aldo Francia al de Mariano Andrade. Su rango de tópico no significa que no pueda ser tratada de un modo que permita deshabitar la postal y comenzar a plantearse cosas no muy cómodas para una ciudad que quiere blanquear su larga problemática económica y social reinventándose “cultural”.
Recordemos cómo comienza Valparaíso mi amor: avisándonos que hay una vida detrás de los cerros que miran la bahía, los pobres de Valparaíso se mueven entre un Valparaíso rural y otro portuario. Valparaíso está hecho de muchas piezas. Pero el relato turístico-cultural lo recorta deliberadamente, lo encuadra y limita. Es por eso que en esta empresa de deshabitar la postal también es recomendable ver cine, pero buen cine, que es aquel que abre la realidad, la amplifica y ramifica haciéndonos ver lo que antes no podíamos. ¿Qué tipo de cine sería aquel que no nos interpela, sino que nos confirma en nuestros mismos juicios, el que reverbera el discurso de los burócratas de la cultura de turno? Es este un cine absolutamente inofensivo, funcional (sirve a su autor para hacer carrera y conseguir fondos). Pero no estamos en tiempos en que podamos darnos el lujo de escribir, pintar o filmar para masajear nuestras conciencias o entretener al turista.
Las preguntas que el autor realiza al corpus de filmes analizados son duras: “¿Son simplemente películas que se han sumado a la reproducción de clichés visuales y temáticos? ¿Carecen todas ellas de un punto de vista propio original, que modifica el espacio porteño y se aparta de la ya conocida historia de marginados, bohemios o nostálgicos?” (página 151). Salvo casos muy abusivos, la respuesta de Claudio Abarca es no. Películas como “Amelia Lopes O’Neill”, “A Valparaíso” o “Valparaíso” (de Marcela Said) lograrían, según el autor, ocupar igualmente los tópicos como módulos cuya original disposición permite una construcción distinta, original y finalmente desconcertante. “He aquí el logro: crear una ciudad sin volverla anónima”, sostiene Claudio Abarca, redistribuir las imágenes de Valparaíso sin que este se nos pierda. Si la construcción es absolutamente radical, no nos podrá decir nada de la ciudad. Creo que la postura final de Abarca se acerca a la consideración del crítico argentino Eduardo Grüner, pero con un importante matiz -que personalmente comparto. Sostiene Grüner: “el arte contrasta con el mundo presente y se transforma en su crítica más radical justamente cuanto más contrasta con él: el ‘arte autónomo’, el que menos ‘refleje’ la realidad, es por ello mismo el más insobornablemente político”. El matiz naturalmente es que si no nos ofrece ningún lazo con lo real no nos puede decir nada de él, exceptuando a “los iniciados” que pueden comprender ese arte autónomo. Para una crítica del presente es necesario decir algo de él.
* El autor de este artículo lo presentó en el lanzamiento del libro comentado. Es profesor de Historia y magíster en Filosofía, actualmente cursa el Doctorado en Estudios Americanos de la Universidad de Chile, y ha escrito libros y artículos acerca de Valparaíso, el patrimonio, la memoria y otros temas propios de la historiografía.













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