“Do it again”: rock, “más que un sentimiento”

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 20-08-2010

 

doitagain1Por Natalia Cariaga

Una muestra interesante del presente Santiago Festival Internacional de Cine es el espacio SANFIC Música. Si bien puede parecer “la cola” del festival In-Edit, la selección de cintas de SANFIC promete bastante y la noche del jueves se exhibió la primera de ellas: un documental de simple ejecución pero con mucho corazón, “Do it again”.

La cinta dirigida por el norteamericano Robert Patton-Spruill, sigue por meses al reportero Geoff Edgers, un melómano de espíritu, fanático declarado de la banda inglesa The Kinks, cuya misión durante esta filmación es reunir al mítico conjunto a pesar de la conflictiva disputa entre dos de sus miembros fundadores, los hermanos Ray y Dave Davies.

Siguiendo una tradición comparable a los trabajos de Julien Temple (”The filth and the fury”, “Joe Strummer: The future is unwritten”), cuya elevación de las bandas de rock de culto y sus figuras se traducen en obras imprescindibles para fanáticos de la música tal y cual como ellos, “Do it again” sigue de manera simple y honesta a un personaje con el que la audiencia melómana fácilmente se identifica: Geoff Edgers ha amado la música toda su vida y su conocimiento sobre ella es amplísimo, tuvo su banda de secundaria y sigue tocando guitarra en la cotidianidad, pero al igual que nosotros -los “mortales” no suficientemente especiales para ser artistas-, Geoff es periodista, tiene una casa, esposa y dos hijas, y un conflicto importante durante su realización es cómo perder tanto dinero de su trabajo formal y no poder pagar los cumpleaños de las nenas. Su mayor privilegio es ser reportero, lo que le da acceso a contactos para trabajar concretamente en reunir a The Kinks; contactos que consisten muchas veces en entrevistar a artistas famosos que compartan su fanatismo por la banda.

A pesar de eso, las probabilidades juegan en contra y desde el principio “Do it again” anuncia que será una batalla para nada de épica y además perdida, que no habrá grandes descubrimientos ni acontecimientos, y que, aun cuando la mayoría de las personas jamás haya oído sobre The Kinks, la importancia que el grupo tiene para sus seguidores vale más que cualquier dinero o conflicto.

Así es la esencia del rock n’ roll, algo por supuesto nunca fácil de explicar, pero que cada ser en este mundo que lo ama sabrá entender. Es ahí donde se encuentra el gran valor de esta cinta: las bandas que a mí me gustan no las pasan por la radio, no aparecen en la TV y la mayoría de las personas no las conocen. Incluso, si llego a mostrárselas (cosa que probablemente intentaré hacer), no las entenderán.

Pero no es culpa de la música, son ellos, los demás que carecen de la sensibilidad de apreciar la perfección hecha sonidos y palabras. Jamás entenderán que nuestra máxima fantasía no es acostarte con el ídolo, sino agarrar su uñeta en el concierto; para ti siempre será lo máximo en este mundo y no importa lo que digan los demás, tú sabes que es verdad. Han de saber también, que somos varios así en este extraño planeta y cuando nos encontramos tendemos a no separarnos jamás.

Por eso es fácil comunicarse con Geoff a lo largo de esta cinta, entendemos por qué es esencial reunir a The Kinks (sea tu banda favorita o no) aunque no se salven vidas con ello, nadie se hará millonario y el cambio climático siga igual, pero hay algo… Hay algo en un simple cuarentón hablándole a la cámara días antes de entrevistar a Sting cuando The Police fue su banda favorita en el cuarto grado (¡y es Sting!), hay algo en el reportero que más le preocupa que tocar guitarra junto a Paul Weller (de los míticos The Jam) que hacer bien la entrevista.

Hay algo muy especial en “Do it again” y es el encanto de su protagonista y el valor que él mismo le da a su misión, y sólo con actos nos convence a todos que es así. Lo anuncia él mismo al inicio del documental: “si no logro reunir a The Kinks, al menos no será una derrota si aprendo algo con esto, si me enseña algo”. La respuesta está en esta bella pieza de cine.

Dirección: Robert Patton-Spruill.
Guión y producción: Geoff Edgers.
Fotografía: Robert Patton-Spruill, Brad Allen Wilde, Beecher Cotton.
Montaje: Brad Allen Wilde.
Música: The Kinks, Warren Zanes, Dow Brain, Mike Gent.
Próximas exhibiciones de este documental en SANFIC: Viernes 20 a las 22 horas y sábado 21 a las 20 horas en Lastarria 90, Santiago.
Valor de las entradas: $2.000 general y $1.000 estudiantes y tercera edad.

Memoria y coherencia: una mirada a Fidocs 2010

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 19-06-2010

nosotrosdocumPor Sara Granados

A raíz del  XIV Festival de Documentales de Santiago, FIDOCS 2010, me surgen muchas reflexiones en torno a la crítica documental; al salir de cada función y discutir sobre el filme, elementos tan comunes en la ficción como el conflicto o la continuidad no eran suficientes para formar un juicio sobre el documental que había visto. Como que faltaba algo, como que no eran suficientes la identificación de personajes o la descripción de planos.
Es que la critica documental se ajusta a otro ejercicio, aquel relacionado con la observación de la realidad con paciencia científica y astucia artística. Es necesario identificar las decisiones del realizador, sus expectativas y conclusiones, recursos narrativos, incluso el dispositivo que seleccionó para abordar determinado tema.
Así fue como a medida que entraba y salía de las salas, llena de imágenes y sensaciones, empecé a encadenar los contextos de cada uno de los filmes con la relación o dinámicas que se daban lugar en su interior, tratando de hilar y encontrar de dónde me llegaban los mensajes: escuchar al realizador, más que armar una historia o de resolver un misterio.
De la gran diversidad de realizadores y géneros que presentó FIDOCS en esta versión, hubo un personaje común, con muchas caras y nombres pero inconfundible: la memoria. Existe una preocupación creciente en los documentalistas de hoy por mirar hacia atrás, tal vez en respuesta al azote tecnológico o a un cine de masas y artificios, no sé, el hecho es que los archivos recobrados, las viejas películas caseras desempolvadas ahora se nos presentan renovadas, cocidas a  mano, surgen en la pantalla con los recuerdos de días más felices, o de otros días simplemente. Dejando en manos del documental mismo la noción de futuro, de anaquel que almacenará la memoria de otros para que queden evidencias de su existencia.
Cuando asistí a la función inaugural y Patricio Guzmán abrió un telón lleno de polvo de estrellas y de arena de desierto, entendí lo diáfano del tiempo y los rastros de su paso, la nostalgia de la luz que cuando la vemos ya es pasado. Entendí que al mirar el cielo uno busca respuestas sobre su existencia, al igual que al mirar bajo la tierra uno busca evidencias de lo que fue y existió.
En “Nostalgia de la Luz” (2009, video inferior), el tiempo es el gran cantante y la memoria, la cinta que graba (recording/recuerda). No tenía por qué saber que a partir de ese día el encuentro con el pasado sería una constante en las salas del festival, no tenía por qué imaginarme que la poesía de unas cucharas chocando contra el viento en una vieja mina rodeada de restos de objetos y momias y los motores de un enorme telescopio tendrían relación con las historias de ancianos y culpas sin tregua que vería más adelante.

Y es que esa memoria que unos tratan de rescatar y encontrar a toda costa, otros tratan de conservarla como sea. Así lo muestran Marcelo Hermosilla y Cristóbal Cohen en “Nosotros” (2009, fotografía superior), ganadora del premio del jurado en la Competencia Nacional. Una pareja de ancianos mira de cerca la cámara, unos labios arrugados se llenan de pintura, una máquina destruye a golpes una casa, trozos de un pasado que no tiene lugar en el presente. Lo nuevo erradica a lo viejo y la memoria se llena de recuerdos más felices y de armas afiladas para enfrentar la soledad. A partir de los relatos de los ancianos de un centro de retiro, se arma un juego de tradiciones y costumbres que ahora hacen carcajear a todos pero que son evidencias de cómo lo nuevo se instala, olvidando.

cleighton1Sin embargo, ese pasado reliquia de algunos es la culpa misma, la condena para otros. Christian Leighton (fotografía lateral) enfrenta los rincones más oscuros de su pasado cuando se sienta por primera vez a ver un filme de la japonesa Naomi Kawase, y piensa que si ella es capaz de encarar a su madre adoptiva buscando respuestas, él también puede encarar a su memoria buscando un alivio a un dolor que no sabe de dónde viene. Por lo tanto, si el espectador fanático cree que al entrar a ver “Kawase-san” (2009) va a encontrar una retrospectiva de la realizadora, pronto queda imbuido en la memoria de Leighton, quien lo hará testigo de una carga demasiado pesada y de heridas mal curadas.
A estos trozos de historias colectivas se suman otros elementos que dan fuerza a estos documentales. Imposible no mencionar la música que crea la atmósfera adecuada para narrar estas historias: Miranda y Tobar, los artífices tanto en “Kawase-san” como en “Nostalgia de la Luz”, que entretejieron voces, sonidos, susurros, cuerdas y ecos para introducirnos en la memoria de una abuela enferma, unas mujeres en el desierto o unos científicos en el espacio.
La verosimilitud, la coherencia y la rigurosidad estética son valores ejemplares en estos tres documentales. Sin embargo, aún me pregunto si quien busca un comentario encontrará en dichos atributos un estímulo para ir a la sala y entregarse a sesenta minutos de contemplación.
Yo creo que sí y diría a cada espectador que busque los momentos para ver cine documental y se deje llevar por la poética y por las historias mínimas.
FIDOCS es una buena oportunidad. Este año las salas estuvieron concurridas y la selección de documentales para cada una de las competencias fue nutrida y diversa, lo que evidencia una creciente cultura documental. Por lo tanto, hay que esperar hasta la próxima edición y no parar de pensar en que la realidad está llena de ficción.

“Nostalgia de la Luz”.
Patricio Guzmán.
90 minutos / 2006-2010 / Chile – Francia – España – Alemania.

“Kawase-san”.
Cristián Leighton.
78 minutos / 2009 / Chile.

“Nosotros” (“Us”).
Cristóbal Cohen y Marcelo Hermosilla.
62 minutos / 2009 / Chile.

“Caliche sangriento”: provocadora y vigente

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 27-05-2010

calichesangrientoPor Claudio Abarca

Cada nación suele construir su mito y su épica a partir de hitos bélicos y unos cuantos personajes con algún rasgo memorable. En Chile, el discurso oficial ha consolidado la Guerra del Pacífico como una gesta ejemplar y que incluso ha servido de fundamento para un cierto -y tonto- aire de superioridad frente a peruanos y bolivianos.
Prat, Condell, el Combate Naval de Iquique y los Héroes de la Concepción dominan el recuerdo y parecen nublar toda reflexión sobre este conflicto bélico, que dejó miles de muertos y cuyo origen -era que no- fue la disputa entre intereses económicos por el salitre.
En la década de 1960, la novela épica “Adiós al Séptimo de Línea” ya era un gran éxito de la literatura nacional y “pintaba” para clásico. La obra de Jorge Inostrosa, que incluso originó el disco homónimo del grupo musical Los Cuatro Cuartos en 1966, alimentó el mito de la Guerra del Pacífico y contribuyó, en gran medida, a fortalecer el patriotismo de los chilenos asociado a esta conflagración.
De modo que cuesta imaginar, en el cine chileno de la época, un ejercicio más polémico y que respondiera tan notoriamente a una visión contracultural como la película “Caliche sangriento” (1969), en cuya historia diecisiete soldados pertenecientes al Regimiento Santiago pierden el rumbo e intentan alcanzar a las tropas en medio del árido desierto de Atacama.
Su director, el abogado y cineasta Helvio Soto, se atrevió a desmitificar la “gloriosa” guerra en su segundo largometraje, el que sería interpretado como un filme de connotaciones políticas: eran los revueltos últimos años de la década del 60. Subrayaba, asimismo, el inflexible apego a la disciplina en el mando militar, la violencia contra los peruanos y la continua insubordinación.
La cinta provocó polémica de inmediato: el Ejército, que originalmente la respaldó, manifestó su disgusto a las autoridades políticas nacionales por la visión expuesta sobre los militares chilenos y la guerra acaecida entre 1879 y 1883.
El 1 de septiembre de 1969, el Consejo de Censura Cinematográfica declaró “rechazada” la película. Tras una apelación de los productores, se mantuvo dicha calificación, aunque sujeta a revisión del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Luego de hacer concesiones en la promoción del filme, éste finalmente pudo ser exhibido sin cortes. Al parecer, la polémica ayudó: la cinta logró llevar a las salas 115 mil espectadores, una cifra que incluso hoy varios directores querrían.
En 1970, la cinta fue mostrada en Cannes. En los años siguientes, Soto continuó haciendo cine, ya con un claro sello ideológico, y tras el golpe se radicó en Francia. Entretanto, la copia de “Caliche sangriento” se perdió y sólo quedó la versión en video que compró la televisión alemana tras su exhibición en Cannes.


El extravío del filme y el prácticamente imposible acceso a él durante casi tres décadas (fue restaurado en el 2008, aunque la versión que circula actualmente no es precisamente de calidad), contribuyeron a que primara la visión según la cual “Caliche sangriento” es una cinta política y antimilitarista. Incluso, para los fanáticos de la visión heroica de la Guerra del Pacífico, una cinta antipatriota.
Ni lo uno ni lo otro.
La tesis argumental del filme apunta a una lectura económica del conflicto: para Soto, quien se proyecta en el personaje del abogado Gómez, quien forma parte del batallón cumpliendo el rol de teniente (Jaime Vadell), la Guerra del Pacífico no se trata de chilenos contra peruanos y bolivianos. Es, en cambio, una guerra movida por los intereses de las compañías salitreras estadounidenses, inglesas, alemanas y francesas, que empujaron a ella a las tres naciones, cuyos soldados y pobladores son más bien víctimas del enfrentamiento.
Es en los diálogos entre el capitán (Héctor Duvauchelle) y el teniente donde el director plasma su visión de la guerra y plantea una tesis revisionista de ésta. Su intención argumental es reforzada a través de muy obvias secuencias de planos y contraplanos, como sucede mientras discuten en un caserío.
En tales diálogos, donde la perspectiva crítica que introduce el capitán Gómez resulta irrelevante y fuera de lugar, el filme pierde expresividad visual y se vuelve predecible. Sobra discurso y falta cinematografía.
Además, la construcción del personaje del capitán es algo estereotipada: a Soto le interesa mostrar un militar muy estricto, vertical, que rechaza a los políticos y no trepida en asesinar a uno de los suyos si éste busca escaparse o ya no resiste la desesperante situación.
Sin embargo, si la película se deja ver con vivo interés en sus casi dos horas de metraje, es porque la propuesta visual de Soto es rica en matices, metáforas, alegorías y significativos ejemplos.
El paisaje que sirve de fondo en la mayor parte del filme, el árido e interminable desierto, es también la desolación del batallón perdido. Y es, al mismo tiempo, un gran espacio abierto donde, sin embargo, esos hombres parecen estar atrapados: por el quemante sol, por la falta de agua, por el acentuado frío de las noches y por la imposibilidad de comunicarse con el resto de las tropas. La incertidumbre no los deja en paz.
Soldados que intentan huir, soldados que celebran cada gota de agua como si fuera la última y soldados que se aferran a lo que puedan encontrar en un caserío o sobre unas mulas.
Acá no hay épicas ni héroes, ni siquiera música que ensalce el ánimo patriota; sólo hay un puñado de hombres desesperados, perdidos en medio del desierto. La condición humana expuesta a las inclemencias del ambiente y al riesgo permanente del asalto enemigo. La guerra librada al límite de la resistencia y rayando en el delirio o el desvarío.
Es la angustia y la sinrazón de la guerra y en eso Helvio Soto no se pierde, porque lleva la cámara a los rostros desesperanzados y aterrados de los soldados, nos los muestra pequeños e irrelevantes en medio del inconmensurable desierto, y los despoja de valentía, tenacidad y resolución.
La representación de las duras condiciones alcanza uno de sus mejores momentos cuando los soldados, al amanecer, lamen sus rifles para saciar un poco su sed con el rocío de la camanchaca: la precariedad es absoluta.
Tras el asalto a un caserío, donde los dos hombres y las dos mujeres que hay en la casa son tratados con violencia por la tropa, Helvio Soto, secundado por un siempre fino Silvio Caiozzi en la dirección de fotografía, brinda varios pasajes de muy bien lograda cinematografía.
La llegada de unos montoneros tiene la visualidad propia de un western y el director administra con destreza la tensión previa a la balacera en que caen soldados chilenos y peruanos.
Incluso en medio del enfrentamiento, Soto y Caiozzi demuestran su agudeza visual al encuadrar el rostro de una de las mujeres (Elvira, interpretada por Patricia Guzmán) rodeado por las latas que sirven de paredes en la casa y disponer algunos planos de un loro que circula por el caserío, imágenes estas últimas que dosifican levemente el relato.
Poco después, el teniente Gómez debe enfrentar a un oficial peruano a quien la cámara muestra al borde de la locura. Los primeros planos y el comportamiento de este nuevo personaje remarcan la irracionalidad de la guerra, al mismo tiempo que el director desarrolla una secuencia cuyos códigos son los propios del spaghetti western (zoom, teleobjetivos, desorientación espacial, entre otros).
La escena final no es más que la confirmación de cuán injusta y estúpida es la guerra, y de cómo puede llevar, incluso al más sereno y racional de los hombres (el abogado y teniente Gómez), a una expresión cercana al delirio.
Son esos tópicos los que dominan “Caliche sangriento”, cuyos méritos trascienden la provocación argumental de desmitificar la epopeya de la Guerra del Pacífico: el acertado manejo de la tensión, la más que eficiente administración de códigos visuales propios del western, la destreza para moverse entre el genuino realismo y la metáfora y la parábola, y la expresiva puesta en escena del extravío y la angustia de soldados llevados a una guerra que apenas comprenden y despojados de todo espíritu y rasgo heroico.
Así, “Caliche sangriento” se constituye en una obra fílmica no sólo provocadora para nuestra memoria y el discurso institucional, sino también de plena vigencia, gran fuerza expresiva y lograda puesta en escena y cinematografía.

Dirección y Guión: Helvio Soto.
País: Chile.
Año: 1969.
Duración: 128 minutos (versión original).
Interpretación: Héctor Duvauchelle (capitán), Jaime Vadell (teniente), Jorge Guerra (corneta), Jorge Yáñez (sargento), Arnaldo Berríos (oficial peruano) y Patricia Guzmán (Elvira).
Fotografía: Silvio Caiozzi.
Montaje: Carlos Piaggio.

“El Valparaíso de Aldo Francia no es de postales”

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 11-05-2010

aberrios1Por Claudio Abarca (*)

Nacido en Valparaíso el 25 septiembre de 1928, Arnaldo Berríos ha vivido siempre en Playa Ancha, uno de los más poblados y conocidos sectores de la ciudad.
Comenzó su carrera de actor en la década de 1950 y ha destacado sobre todo en el teatro, donde ha participado en la puesta en escena de piezas escritas por grandes autores extranjeros y nacionales. De estos últimos: “Topografía de un desnudo”, de Jorge Díaz; “La remolienda” y “Tres tristes tigres”, de Alejandro Sieveking; “Lautaro”, de Isidora Aguirre; “Pueblo del mal amor”, de Juan Radrigán; “La niña en la palomera”, de Fernando Cuadra; “Nos tomamos la universidad”, de Sergio Vodanovic; y “Lo crudo, lo cocido, lo podrido”, de Marco Antonio de la Parra, entre otras.
En el 2005, obtuvo el Premio Altazor por su interpretación en la obra “Copenhague” y el Premio Agustín Siré de la Academia Chilena de Bellas Artes. El año pasado, destacó en la puesta en escena de “Pana”, junto a grandes de la interpretación como Ramón Núñez y Alejandro Sieveking.
En el cine, ha actuado en filmes como “Caliche sangriento”, “Estado de sitio”, “Sussi”, “Mi último hombre” y “Un ladrón y su mujer”. Y, por cierto, en “Valparaíso, mi amor” (1969) y “Ya no basta con rezar” (1972), los dos largometrajes de Aldo Francia y el motivo por el cual lo entrevisté en su casa en octubre del 2006.

- ¿Cómo conoció a Aldo Francia?
“Es bien curiosa y especial la historia de cómo comenzamos a trabajar juntos. Él quería grabar un aviso para la Liga Chilena contra la Epilepsia y estaba buscando un actor para interpretar a un epiléptico. Le habían hablado de mí y fui el elegido para el papel. Lo grabamos en pleno centro de Viña del Mar, en la plaza José Francisco Vergara, un domingo a mediodía. Yo tenía que cruzar la calle hacia la galería del Cine Arte y allí me tenía que dar un ataque de epilepsia. Aldo estaba grabando todo desde el techo del edificio. Para que me saliera real, un doctor me dio clases de cómo son estas crisis. La gente empezó a socorrerme; incluso una persona me abofeteó reiteradas veces. Escuché una voz de una niña que decía: ‘Está bien, déjenlo, es doctor’. Ella se refería a su padre médico que me estaba ayudando. Él pensaba que se trataba de un ataque de histeria. De repente se escuchó la voz de Aldo que decía ‘corten’ desde la azotea del edificio. Así fue como empezamos a trabajar juntos”.

- ¿Cómo era Aldo Francia?
“Una persona muy especial. Tenía un gran sentido social. Como era doctor, muchas veces atendía a niños gratis, porque los padres no podían costear el tratamiento. Era muy agradable trabajar con él. Había que poner mucha atención cuando hablaba, porque siempre lo hacía con un tono muy bajo”.

- A propósito del sentido social que usted menciona, en los dos largometrajes se ve pobreza, miseria, incluso decadencia…
“Sí, es lamentable, porque los porteños y quienes la dirigen maltratan la ciudad. No cuidamos Valparaíso. Duele ver la dejación. Basta con mirar la basura en las quebradas, que en el verano se incendian. Lo otro lamentable son los ascensores, que son cada vez menos. Algunos están preocupados pues podrían desparezcan los troles, pero yo creo que también deberíamos preocuparnos por los ascensores”.

- Usted habla de los habitantes de Valparaíso. ¿Cómo son los porteños?
“Para mí, los caracteriza la lucha diaria por la supervivencia. Y el panorama es el mismo desde hace décadas. Los porteños siguen luchando por sobrevivir a diario con trabajos inventados, como los cuidadores de autos, los que cargan las bolsas en la feria y los estudiantes de teatro que hacen malabarismo en los semáforos”.

- Muchos han dicho y escrito que esta ciudad es especial. ¿Usted lo cree así?
“Valparaíso es único. Hay muchos otros puertos y ciudades hermosas en el mundo. Yo no he podido viajar tanto, pero a partir de lo que he conocido, puedo decir con certeza que Valparaíso es único y no tiene nada que envidiarle a otros lugares. Una vez estuve en Río de Janeiro, por ejemplo, y al volver me di cuenta de que Valparaíso no tiene nada que envidiarle a Río. Valparaíso hay uno solo, no como Viña del Mar, que nada tiene de especial. Hay miles de Viña en el mundo. A mí me molesta cuando estoy en Santiago y debo regresar, y algunos me dicen ‘ah, te vas a Viña’. No es así, pues yo me vengo a Valparaíso, que no es lo mismo”.

- Ese Valparaíso que usted considera único, ¿qué rol juega en “Valparaíso, mi amor”?
“Es protagonista, no es sólo un telón de fondo. Aldo supo interpretar muy bien Valparaíso desde el interior hacia afuera. Hay otras películas que retratan Valparaíso y lo hacen muy bien desde la mirada externa del director, pero Aldo Francia es difícil de igualar, porque él captó la esencia. El Valparaíso de Aldo no es el de las postales ni el de los turistas que vienen en los cruceros de lujo. Eso también es Valparaíso, pero sólo una parte. Aldo se concentró en lo que ocurre en los cerros, donde está el más genuino y verdadero Valparaíso”.

- Tanto se concentró en los cerros, que prácticamente no mostró el mar. ¿Qué le parece esa opción?
“Aldo se concentró en lo que estaba pasando en los cerros, en todo ese mundo de miseria que ocurre allí. Los habitantes de los cerros porteños tienen tantos problemas y necesidades, que no se detienen a contemplar el mar. A mí me pasa también que cuando no estoy en Valparaíso extraño el mar, me hace falta, pero cuando estoy acá puedo pasar veinte veces al día al lado del mar y no me doy cuenta. Sin embargo, sé que está ahí. En las películas de Aldo, el mar no tiene importancia. La lucha diaria por la supervivencia es más relevante”.

- Esa mirada de la ciudad que hay en “Valparaíso, mi amor”, ¿está vigente, le parece actual?
“Sí, pues Valparaíso no ha cambiado tanto respecto de cuando se rodó la película. El porteño sigue enfrentando día a día la miseria, ayudándose con trabajos inventados. En la cinta, de hecho, vemos cómo los niños se enfrentan a una dura realidad luego de que al padre lo llevan preso. La niña de 12 años se prostituye, los niños de 14 y 11 se involucran en la delincuencia, situaciones que podemos seguir viendo en la actualidad”.

- Y en “Ya no basta con rezar”, ¿es nuevamente Valparaíso un protagonista?
“Es distinto lo que pasa en esa película, porque en ella la historia es la que mueve la narración. Hay un predominio de la acción y la ciudad no es tan determinante, pero de todos modos podemos ver un Valparaíso real, ‘de carne y hueso”.

(*) Entrevista realizada en la casa del actor Arnaldo Berríos en octubre del 2006, con motivo de una investigación sobre la representación de Valparaíso en el cine de Aldo Francia.

Michael Haneke o el genio de un provocador

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 01-05-2010

michaelhanekePor Christian Malebrán

Existen ciertas reglas o convenciones no escritas en el cine de masas, e incluso en el cine de autor, según las cuales durante décadas a nosotros, el público, se nos ha educado al punto de que toda persona que va a una sala de cine a ver, digamos un drama, un thriller o un film noir, sabe más o menos qué esperar.
Todos sabemos, por ejemplo, que en una película de terror, por brutal que esta sea, no veremos a un niño ser baleado frente a sus padres, o a un adolescente con síndrome de Down ser golpeado casi hasta la muerte por otros niños de su misma edad, o el suicidio colectivo de toda una familia.
A Michael Haneke, realizador austríaco, no le importan demasiado estas convenciones y se atreve a filmar escenas como las antes descritas, habiendo escandalizado en más de una oportunidad a las audiencias de Europa en los festivales de cine y sacado aplausos de la crítica especializada y del público.
Nadie puede salir indemne luego de ver películas como “Benny’s video” (1992) o “Funny games” (1997), siendo esta última seguramente una de las cintas más violentas que se han filmado, no sólo por lo explícito de ciertas escenas, sino por la crudeza en el tratamiento de las mismas, dejando la cámara estática por interminables minutos para mostrarnos las consecuencias de la violencia, sin cortes, sin edición, como si fuera una sesión en vivo de puro dolor. El dolor de unos padres frente al cadáver de su niño recientemente asesinado en esta película es la secuencia más estremecedora que me ha tocado ver.
En “Caché” (2005), el suicidio del inmigrante argelino frente al burgués francés es filmado en un único plano general muy largo, como si el hecho estuviera ocurriendo delante nuestro en una habitación cerrada de la que no podemos escapar.

Las películas de Haneke no son clasificables dentro de ningún género que permita a la audiencia situar a los protagonistas en un contexto donde los horrores que se suceden sean esperables o anticipables y, por otro lado, Haneke no nos ofrece respuestas ni justificaciones para entender esta violencia. Esto le ha valido fama de provocador, siendo precisamente ésta una de las intenciones del cineasta, como él mismo ha reconocido en más de una entrevista: “Benny’s video’ y ‘Funny games’ son diferentes tipos de obscenidad, en el sentido en el que me propuse una bofetada en la cara y una provocación” (1).
¿Cuáles son las obsesiones de este cineasta?, Los tópicos más evidentemente reconocibles en sus películas son varios; uno de los más recurrentes es la incomunicación como origen de diversos trastornos que afectan no tan sólo a sus personajes, sino a todo el entorno en el cual se desenvuelven, lo que también convierte a sus películas en un instrumento de crítica política y social donde se alude a problemas presentes sobre todo en el Viejo Continente.
Haneke nos habla, por ejemplo, de la incomunicación entre personas de distintos estratos sociales, culturales y de los problemas derivados de la inmigración en Europa (Caché, Code Inconu, 2000), la incomunicación entre distintas generaciones como origen del mal (”La cinta blanca”, 2009), la violencia como elemento alienante de la cultura moderna y la crisis de los medios de comunicación (”Funny games”, 1997 y 2007), la irrelevancia de las estructuras sociales fundamentales como la familia, la que suele ser sujeto de destrucción para Haneke. Podemos ver esto último en películas como “La profesora de piano” (2001), donde madre e hija padecen el mal que la una ejerce sobre la otra, o en “Funny games”, donde literalmente la familia es destruida, al igual que en “La hora de los lobos” (“Le temps du loup”, 2003). De hecho, su primera película, “The seventh continent” (1989), es el crudo relato de una familia completa que decide quitarse la vida ante la permanente crisis que se ven obligados a enfrentar.
En el cine de Haneke siempre hay destrucción, siempre se habla de una caída, de la muerte de algo mayor que la de sus protagonistas. Siempre hay victimas de una maldad ejercida por alguien que a simple vista no constituye una amenaza.

En “Funny games”, los asesinos son dos jóvenes desconocidos vestidos con ropa de tenis quienes sin justificación inician una masacre; en “La cinta blanca”, la maldad la ejercen los niños del pueblo, quienes a su vez son víctimas del mal ejercido por las respetables autoridades del lugar. En “La hora de los lobos”, en un escenario post apocalíptico provocado por algún evento que Haneke no se molesta en explicar, los personajes no sufren por las consecuencias físicas de la debacle, sus padecimientos provienen de la maldad ejercida por quienes una vez fueron sus bien educados vecinos.
La sensación que como espectador se tiene ante todo esto, es que estas son películas que encierran una alerta, como si fueran la crónica de un atento observador que quiere advertirnos sobre algo que anda mal, muy mal. Haneke dice al respecto: “A la gente no le gusta que la confronten con la realidad. Les gusta que los confronten con una realidad de consumo. Aún la más brutal violencia es mostrada en una manera que se puede consumir y sentirse entretenido, no conmovido. Yo siempre trato de que la gente se sienta conmovida” (2).
Esto nos lleva a otra de las grandes obsesiones de Haneke, la crisis de los medios o, mejor dicho, la crisis de contenido de los medios, es decir, la televisión, el cine, Internet.
“Funny games”, la cinta que le valió fama internacional y que le permitió entrar como realizador al mercado norteamericano, funciona también como una lúcida reflexión sobre la violencia en los medios y la frivolidad con la que esta suele ser presentada y consumida. Haneke ha dicho que esta película fue hecha como respuesta a la cinta de Oliver Stone “Asesinos por naturaleza” (“Natural born killers”, 1994) y que estaba dirigida sobre todo al público estadounidense, quienes padecen más que ningún otro la violencia mediática.
A diferencia de la cinta de Stone, quien tratando de hacer una crítica sobre la violencia en la cultura de masas, termina haciendo un ejercicio de propaganda sobre esa misma violencia, la cinta de Haneke nos hace reflexionar sobre la verdadera violencia y sus devastadoras consecuencias, que no tienen nada que ver con lo que los medios nos muestran todos los días. Busca hacer cómplice al espectador, cuando por ejemplo uno de los asesinos se dirige hacia la cámara o cuando la cinta es retrocedida por uno de ellos.
La puesta en escena de casi todas las películas de Michael Haneke contrasta fuertemente con los temas que trata, al preferir paisajes rurales, tranquilos, en un ambiente aparentemente calmo y feliz. Esta tranquilidad no es más que un síntoma de la fase terminal de una enfermedad que viene gestándose desde hace tiempo. Sus películas son de contrastes y contrapuntos, donde la violencia física y psicológica toma por sorpresa al espectador, con lo que se logra un efecto muy eficaz. Para lograr esto se vale de otros trucos como la mencionada cámara estática prolongada o el fuera de campo, pero sobre todo, mediante una muy buena dirección de actores, quienes logran representar una escena como si se tratara de la filmación de un hecho real.
En las películas de Haneke no suele reconocerse los elementos típicos del relato clásico, héroe (heroína), conflicto, aprendizaje y desenlace; el suyo es más bien un cine que se identifica con la corriente del distanciamiento y de la alienación, en la cual no hay siempre un objetivo que motive las acciones de los protagonistas y estos no controlan su destino.
Es difícil evitar establecer algunos paralelos entre el cine de Haneke con el de otros provocadores del cine, como Lars Von Trier e Ingmar Bergman. El primero por la enfermedad que resuma desde bajo la piel de los personajes que presenta, seres desesperados, con almas podridas, reflejo de una sociedad enferma.
En el caso de Bergman, por el vacío existencial, el pesimismo de quien se sabe solo en el universo y a quien ya no interesan las respuestas y está cansado de plantearse siempre la misma pregunta. Hay una relación entre “La cinta blanca” (“The white ribbon”, 2009) y “El huevo de la serpiente” (“The serpent’s egg”, 1977) y otras cintas de Bergman que tratan sobre la hipocresía en una sociedad conservadora.
Por otro lado, la frialdad en el tratamiento de las emociones de sus personajes, las que son muy contenidas y reprimidas, junto con una exacerbada racionalidad puesta en la construcción de estas películas, hace pensar en el cine de Stanley Kubrick.
Finalmente, es inevitable establecer cierto paralelismo entre “Caché” y la cinta de David Lynch “Carretera perdida” (“Lost Highway”, 1997), sobre todo por el protagonismo que tienen en ambas cintas las misteriosas grabaciones de video voyerista.
En suma, el de Haneke es un cine que, no siendo apto para almas muy sensibles, vale la pena revisar aunque solo sea para recibir una bofetada en el rostro y despertar por un rato de este adormecimiento al que nos tiene sometidos el cine de masas.

(1) Entrevista realizada por Christopher Sharret en el año 2002.
(2) http://www.timeout.com/film/features/show-feature/3658/michael-haneke-interview.html

Amor, justicia y amistad en “El secreto de sus ojos”

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 19-04-2010

secretojos1Por Triple B

Juan José Campanella, director de “El secreto de sus ojos”, nos propone nuevamente una historia cargada de humanidad, así como lo había hecho anteriormente con “El hijo de la novia” (2001) o “La luna de Avellaneda” (2004), a través de dos historias paralelas, una de amor entre Benjamín Espósito e Irene Menéndez, y la policial, que relata el asesinato de la bella joven Liliana Coloto, desde su consumación hasta la insólita condena del asesino.

Campanella es un tipo cercano, lo sentimos cercano, así como un amigo de siempre, con quien te juntas después de un tiempo, desde su última película, y te cuenta en qué ha andado. En ese trayecto, esta historia, este cuento potente, que nos hace reflexionar sobre el amor, la justicia y la amistad. 

El amor: Benjamín e Irene

Benjamín es agente judicial en un tribunal argentino e Irene viene llegando de su doctorado en leyes a hacerse cargo de la secretaría de justicia del distrito 18: es la nueva secretaría del juzgado, la jefa de Benjamín.

Ambos jóvenes, Irene y Benjamín, trabajando juntos y enfrentados al desafío de la falta de justicia, en una Argentina que se aproximaba a uno de los pasajes más oscuros de su historia reciente, como fue el período de Isabel Martínez de Perón, quien fuera derrocada por la dictadura militar encabezada por Jorge Videla, de lamentable desempeño y atroces atropellos a los derechos humanos. Es en ese escenario que se desarrolla el amor de Benjamín e Irene, explícitamente  en torno al asesinato de Liliana Coloto, bella joven salvajemente violada y asesinada por un ex novio de juventud.

La bella Irene, joven, inteligente, estructurada, de la clase alta argentina, “más dispuesta a casarse que la Susanita”, estereotipo de ese tipo de jóvenes agraciadas, a las que les va bien en la vida, que fueron a buenos colegios, hablan inglés, con estudios en el extranjero, vida quién sabe si elegida por ellos o por sus padres, vida exitosa a vista de muchos, burguesa… Sin embargo, en este caso una vida más bien plana y aburrida que se reivindica por la historia policial y política, pero sobre todo por este amor con Benjamín. Este adulto de clase media un poco desencantado de la vida, “cansado de ser feliz” como dice el personaje, solitario, de treinta y algo, un poco retraído y alejado de los placeres del argentino medio, como el amor por el fútbol, las ‘minas’, los bares, el rock, etc. Nada de eso se ve en la vida de Benjamín, finalmente un ser curioso, serio, poco exitoso, pero con un gran sentido de justicia y responsabilidad social y ética, cuestión que lo lleva a indagar hasta el final el asesinato de Liliana Coloto, caso del que se hace cargo el tribunal en el cual trabaja.

El amor de Benjamín e Irene es un amor silencioso, de miradas, de secretos en la mirada, que todo lo dice sin decir nada, pero nos conmueve y también nos exaspera, ya que deseamos verlos juntos, que se acerquen y concreten su complicidad.

Benjamín es  un escéptico, un lobo estepario, un tipo poco contento con su vida, mil veces distraído como dice el personaje, distraído por la ‘pega’, matrimonios fallidos, romances ligeros, y que encuentra, ¿al principio del fin?, luego de su jubilación, este amor que no ha querido reconocer durante 25 años, pero que finalmente le ha vencido y convencido, y que nos lleva a recordar la hermosa canción de Silvio: “lo más terrible se aprende en seguida y lo hermoso nos cuesta la vida…” (”Canción del elegido”).

Debo decir que Campanella y/o Sacheri tal vez exageraron la nota, ya que el personaje de Espósito aparece como un pelotudo, sobre todo si Irene siempre estuvo ahí dispuesta a dar el paso, a jugársela, a escucharlo “a puerta cerrada” y a estar con él, todo un “pánfilo” como le dice ella, luego de leer el borrador de la novela que Benjamín está escribiendo.

Finalmente, descubrimos que Campanella también tiene su veta romántica: la escena en la estación, cuando ella va a dejar a Benjamín al tren, donde se despiden, y él sube al tren y ella se queda en el andén, y empieza a correr cuando el tren comienza a moverse, y corre y corre y alcanza su vagón, y juntan sus manos a través de una ventana empañada, y él se dirige hacia la parte trasera del vagón para terminar mirándola mientras ella corre y corre, llorando y llorando. Una escena que se inició con un plano de detalle de sus ojos (¿el secreto de sus ojos?… ¿Cuántas veces hemos visto esta escena?, ¿muchas, cierto? Pero esta es de las buenas y quizás se convierta en un clásico, como la despedida de Bogart y Bergman en “Casablanca”). Campanella se la juega, no teme al estereotipo ni a la sensiblería; la escena es austera, calza perfectamente con el tono de la película y finalmente la agradecemos. 

La justicia: Morales y Gómez

Vaya, la justicia… Esa justicia humana tan compleja, siempre escasa y escurridiza para las víctimas, y tan bien aprovechada por los victimarios, justicia violada y asesinada por los victimarios, una y otra vez. Justicia siempre benévola con el poder económico o político, ya sea el gobierno (el que sea), la Iglesia, los militares, la prensa y distante del pueblo, de las personas comunes y casi siempre de los pobres. Una historia conocida, reciente, de todas las épocas, historia de los pueblos americanos, de dictaduras, que siempre nos violaron y nos asesinaron como a Pablo Sandoval (compañero de Benjamín Espósito), o nos relegaron como a Espósito, o nos aterraron como a Irene.

Dice un crítico que Liliana Coloto representa a la nación. Estoy de acuerdo con esa interpretación: las dictaduras nos violaron y asesinaron a todos, y Liliana Coloto somos todos, y también somos Benjamín, Irene y Pablo, somos y fuimos todos víctimas, pero también somos y fuimos Isidoro Gómez, el asesino, y el policía Romano, el funcionario medio, ese que se pasó toda la vida haciendo “pelotudeces”, cuando nadie daba un céntimo por él, un tipo sin preparación alguna que ahora, dictadura mediante, tiene poder y lo practica, recibiendo órdenes de quien todos sabemos y sabíamos, arbitrario, déspota, un picante que no le ha ganado a nadie y que posiblemente llevaba una vida de frustraciones. Ahora él tiene el poder y dispone de la vida y muerte de otros: “la Argentina que se viene no se aprende en Harvard”, le dice el personaje a Irene; “¿le pido un favor? No se meta”, continúa.

¿Podían Benjamín y Liliana hacer algo al respecto, enfrentarse al poder, desafiarlo? La muerte de Pablo los aterroriza y el mensaje es claro, así lo entendemos quienes vivimos en este lado del mundo, pues así fue en los tiempos de nuestras dictaduras.

¡Qué terrible es la falta de justicia! ¿Qué podemos hacer cuando es el Estado el que nos agrede? “No se meta”, dice el policía Romano. ¿Qué hacer contra la arbitrariedad, qué hicimos contra ella? Quizás lo que hace Ricardo Morales, el marido de Liliana: hacer justicia por nuestras propias manos. No nos gusta su determinación, incluso nos sorprende, pero es una salida, que algunos considerarán atroz, pero que quizás guarde cierta dosis de justicia.

La metáfora del caso es que salimos de la noche, salimos al menos de las dictaduras que terminaron y, a través del amor de Benjamín e Irene y de la aplicación de justicia de Morales (no diré cómo, porque es el final de la película), estamos de vuelta a la democracia y tratando como sociedad de hacer justicia respecto de los crímenes cometidos y de hacer justicia en nuestro orden institucional. Estamos tratando de mejorar nuestras democracias, despertando. Como el amor de Benjamín: aunque nos hayamos demorado, siempre tenemos la opción de amar, compartir, solidarizar antes de odiar, matar, torturar o robar.

La amistad: Espósito y Sandoval

“¿Aló?, ¿banco de sangre? Equivocado”.

Así contesta el teléfono Pablo Sandoval. ¡Qué personaje, qué humanidad, qué honestidad y qué autenticidad! Un hombre de evidentes defectos y genuinos afectos, capaz del sacrificio mayor por su amigo…

Siempre parece ser que cerca del odio y la injusticia, viven el amor y la amistad. Al lado de Romano y Gómez, están Benjamín y Pablo, Benjamín e Irene.

Notable Sandoval, leal con Benjamín hasta la muerte, y Benjamín con él hasta siempre también, intercediendo por su amigo ante la esposa de éste, cuidándolo en sus huidas al bar. Y Pablo acompañándole en la investigación, Benjamín pidiéndole que no beba, pero Pablo diciéndole: “es mi pasión, me gusta, es mi pasión”. Así como Irene es la de Benjamín y Racing -el club de fútbol-, la de Isidoro Gómez.

Pablo y Benjamín, y también Irene, eran amigos, muy amigos, y eso Campanella lo celebra, destaca y valora. Lo agradecemos.

“¿Aló, comando táctico revolucionario? Ordene, compañero”. El humor es otra gran característica de Sandoval. Aunque nos estén matando, el humor es vida y no nos puede faltar, como a Pablo y Benjamín, siempre dejando un espacio para reírse, brindar una risa al otro y lanzar un piropo.

“¿Aló, banco de espermas, sección préstamos?”. Todos tenemos amigos, todos conocemos a Pablo, a lo mejor somos Pablo para otros y éste es un gran tema: seres como Pablo, como diría Brecht, son los imprescindibles.

El errante explotado y excluido

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 29-03-2010

chacalPor Claudio Abarca

“El chacal de Nahueltoro” (1969), primer largometraje del cineasta chileno Miguel Littin, alude a temas recurrentes -y preferentes- de diversas cinematografías de América Latina a lo largo de su historia: la pobreza, la explotación y la exclusión social.
Ya sea representadas en “huachos”, mujeres abandonadas y prostitutas; en menores y jóvenes que delinquen; en esclavos, campesinos, peones y trabajadores maltratados; o, más recientemente, en los niños, jóvenes y adultos que forman parte de las redes del narcotráfico, y en los inmigrantes ilegales explotados y que trabajan en vulnerables condiciones, la pobreza, la explotación y la exclusión han sido retratadas por cineastas desde México a Chile como algunas de las manifestaciones más patentes y duras del subdesarrollo de esta región.
El filme de Littin cuenta la historia de Jorge del Carmen Valenzuela Torres, un afuerino enjuiciado y fusilado por el asesinato de una mujer y sus cinco hijos. Un analfabeto, errante, explotado en su infancia y que parece condenado a la marginalidad desde pequeño.
La figura de Valenzuela responde a uno de los cinco caracteres aparentes que marca la crisis de la imagen-acción y el surgimiento de una nueva imagen en el cine, según el filósofo francés Gilles Deleuze. Se trata del vagabundeo: “…la acción o la situación sensorio-motriz ha sido reemplazada por el paseo, el vagabundeo (balade), el ir y venir continuo (…) Se vagabundea por necesidad, interior o exterior, por necesidad de escape…” (1).
Valenzuela deja a su familia cuando tiene ocho años y entonces comienza un trayecto marcado por la búsqueda de alimento y cobijo a cambio de su trabajo, así como por robos menores y borracheras. Lo vemos deambular como un “huacho” y luego como un gañán por el campo, los fundos, las cantinas, los rieles y otros rincones de la zona de Ñuble.
Littin enfrenta al protagonista a un derrotero de pobreza e inhospitalidad, en el que no encontrará un trabajo digno y menos afecto, educación y seguridad.
La historia está determinada no sólo por el origen pobre de Valenzuela, sino también -y en buena medida- por una de las acciones más decisivas que el personaje lleva a cabo en la película: errar. Cuando el “Chacal”, una vez apresado por los crímenes que cometió, relata sus primeros recuerdos de infancia, la cámara nos los muestra diminuto en medio del paisaje sureño. No vemos su rostro, pero el plano es contundente: el niño camina sin destino conocido, es ahora un vagabundo y enfrentará un entorno oscuro -la iluminación subraya este aspecto. En sucesivas secuencias, lo veremos siempre sucio, andrajoso, vagando por un paisaje frío, duro, hostil.
Valenzuela deambula por necesidad: quiere trabajar, pero no halla un empleo donde el trato sea justo; desea comer, pero prácticamente nunca lo vemos alimentándose y más bien se subraya su condición de bebedor; anhela asentarse, pero nadie se hace cargo de él y, en su adultez, se le rechaza y excluye.
La acción de Valenzuela tiene varias direcciones: es un escape del origen vulnerable, la búsqueda de trabajo y comida, y, paradójicamente, un nuevo escape de las condiciones injustas que va encontrando.
A dicha acción se opone la del entorno. Acción de indiferencia, representada en el alcalde y subrayada por la cámara que presta particular atención al desayuno de la autoridad municipal -soslayando la presencia del niño-; de explotación, retratada en la escena en que un adolescente protagonista se echa al hombro un pesado saco y subrayada por Littin a través de un montaje de repetición inmediata del acto; de rechazo y marginación, en la escena en que la encargada de una quinta de recreo bota al suelo a un borracho Valenzuela para echarlo del lugar; y de exclusión, en el plano en que Valenzuela camina por la ruta con unos pocos pertrechos, mientras cuenta que buscó trabajo por 25 días.
La acción como disposición social -de lugareños, capataces, latifundistas y autoridades- entra en conflicto con la acción errante y vagabunda de Valenzuela.

Pero no será la única. La acción como dispositivo institucional enfrentará también al “Chacal” y, por otro lado, lo educará y lo incorporará al sistema social. Represión y ajusticiamiento; rectificación e integración.
Represión en el desalojo del que son objeto Valenzuela, la mujer que lo acogió y los cinco hijos de esta. Littin plantea la injusticia de la acción policial al mostrar un desalojo de inusitada violencia y la subraya al intercalarlo en dos nuevas oportunidades.
Ajusticiamiento en la decisión del juez y en el fusilamiento ejecutado por gendarmes.
Rectificación en el corte de pelo y en sus nuevas vestimentas: el “Chacal” ya no luce sucio ni andrajoso. Integración en la educación que recibe (le enseñan a leer y a escribir, también historia de Chile), en la inculcación de la fe católica y en la enseñanza de un oficio.
Esta vez, el dispositivo institucional sí funciona. La escena en que el profesor de la cárcel de Chillán habla a los reos sobre la gesta heroica de Arturo Prat es mostrada a través de diversos planos, que ponen énfasis -entre otros aspectos- en la atención que presta Valenzuela. En un minuto y 59 segundos, el protagonista, antes esquivo ante los dispositivos institucionales (el niño que rechaza la oferta del sacerdote de hacer la primera comunión), esta vez acepta pasivamente su instrucción y su incorporación al sistema social, quizás sintiendo ser parte de una cultura oficial chilena. Pertenencia antes inexistente e imposibilitada por su condición de excluido.
Cavallo y Díaz: “…lejos de erigirse como un rebelde, un iconoclasta o un símbolo de su clase, José (2) acepta pasivamente su ingreso en la cultura oficial, aun sabiendo que será eliminado por ella” (3).
La contraposición de las acciones del protagonista y de las acciones institucionales y sociales constituyen el principal motor dramático de “El chacal de Nahueltoro”: el niño que vagabundea encuentra explotación e indiferencia; el joven que asesina es detenido, encarcelado y condenado; el reo educado, capacitado y rehabilitado por la sociedad es eliminado por esta.
Sin embargo, el tono documental de la primera parte -construido sobre todo por el uso de la cámara en mano y la superposición de pasado y presente a través del uso de una voz en off- cede ante el dominio de una narrativa lineal y puesta al servicio de una de las principales tesis de Littin: la injusticia de condenar a la pena de muerte a una persona efectivamente rehabilitada.
Si en la infancia y el andar de Valenzuela el cineasta es más bien un observador, la acción central está en el trayecto errante del protagonista, y la película es una indagación del fenómeno del “huacho”, de la relación madre-hijo y del pobre y atrasado mundo campesino; en la etapa carcelaria el realizador se encarna en el periodista y cuestiona la justicia y la pertinencia de condenar a muerte a un hombre que ahora sabe leer y escribir, tiene un oficio y cree en Dios. La acción pasa del vagabundeo de Valenzuela a la búsqueda de una respuesta por parte del autor; la mirada se vuelve alegato, representado por las preguntas del periodista y las reflexiones del “Chacal”.
El montaje es empleado para enfatizar la crítica al sistema: los deseos de Valenzuela de ser indultado y su nueva conciencia son contrapuestos a la frialdad de la preparación de los fusileros, a las escuetas explicaciones del juez, a la preocupación del responsable de la cárcel y del jefe del pelotón por la tranquilidad de quienes fusilarán al condenado, e incluso a la resignación del capellán.
Son acciones del sistema institucional que refuerzan la oposición entre este y Valenzuela. El protagonista nunca estuvo del todo integrado a la cultura oficial y, cuando parece estarlo, la condena es inminente y luego se hace efectiva. La expresión dialéctica del montaje (tanto entre planos como dentro de cada plano) refuerza esta tesis, incluso desde el inicio: ya sabemos que ha sido apresado y que la sociedad -encarnada en los lugareños que le gritan, los policías y el juez- lo ha condenado; después sabremos por qué y cómo llegó a ello.
La integración de Valenzuela a la sociedad es, por tanto, una ilusión; jamás ha dejado de ser un afuerino, un marginal, un paria. Su andrajosa apariencia, su habla lenta y propia de quien no ha sido instruido, y su cabeza gacha no son más que expresiones de su condición.

(1) DELEUZE, Gilles, La imagen-movimiento. Estudios sobre cine 1. Barcelona: Paidós, 1984, página 289.
(2) Ascanio Cavallo y Carolina Díaz hablan de José y no de Jorge del Carmen Valenzuela Torres. José es uno de los nombres por los que también se conocía al protagonista, según indican los títulos que dan inicio a la película.
(3) CAVALLO, Ascanio, y DÍAZ, Carolina, Explotados y benditos. Mito y desmitificación del cine chileno de los 60. Santiago: Uqbar, 2007, página 134.

Dirección: Miguel Littin.
País: Chile.
Año: 1969.
Duración: 93 minutos.
Interpretación: Nelson Villagra (Jorge del Carmen Valenzuela, “El chacal”), Shenda Román (María), Marcelo Romo (periodista), Héctor Noguera (sacerdote de la cárcel) y Luis Alarcón (juez).
Guión: Miguel Littin.
Fotografía: Héctor Ríos.
Montaje: Pedro Chaskel.
Música: Sergio Ortega.

El Oscar y la contienda de las bandas sonoras parte 2

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 16-03-2010

dtiomkin4Por Milenko Karzulovic

Dimitri Zinovievich Tiomkin nació en 1894 en Ucrania, entonces parte del Imperio Ruso. Estudió en San Petersburgo con el connotado profesor y compositor Aleksandr Glazunov y comenzó su carrera musical en algunas salas de cine locales, tocando el piano para acompañar películas mudas. Tras la revolución rusa, emigró a Berlín en 1921 y, más tarde, en 1925, se trasladó a Estados Unidos, donde comenzó su carrera en el cine a partir de la década de 1930.

Destacó por su lucha respecto de la mejora salarial y los derechos de los compositores en Hollywood, y fue uno de los más fructíferos y connotados creadores de bandas sonoras durante casi cuatro décadas. Se le llegó a identificar de manera especial con el western, género en el que, además de ser partícipe de muchos clásicos, creó y desarrolló un estilo personal. También incursionó en la creación de melodías populares, algunas de las cuales perduran hasta hoy.

Obtuvo 22 nominaciones al Oscar (ocho de las cuales fueron por mejor canción), el que consiguió en cuatro oportunidades.

La música de “The Alamo”

Tiomkin compuso una banda sonora de carácter sinfónico, bastante tradicional y muy en su estilo. Algunos ejemplos.

En la Obertura (presentación de créditos), destaca el bello tema de introducción que, interpretado en un inicio sólo con cornos franceses, impone una atmósfera de solemnidad. En la misma obertura, también muestra la melodía de la canción “The green leaves of summer” (que se convertiría en un sonado éxito), que será usada en las escenas de pérdida y melancolía. Para los invasores (el dictador Santa Ana y su ejército mexicano), utiliza un motivo de tres notas que desarrolla con variaciones y, por lo general, sobre una marcha; con gran despliegue de bronces y una base rítmica de cajas y tambores (si se escucha con atención, se puede percibir atisbos de la marcha imperial de “El impreio contraataca”, de John Williams).

La banda sonora de Tiomkin es funcional y no sorprende con audacias o contrapuntos sonoros; no obstante, se amolda como anillo al dedo a las imágenes, además de aportar un par de melodías al registro de clásicos de la música de cine.

Como dato anecdótico, la banda sonora de “The Alamo” se ha mantenido en listas de venta desde el estreno de la película, hace cincuenta años.

Las posibilidades de Tiomkin

A favor:

- Al igual que Previn, era un compositor ya consagrado y también se hallaba en la cima de su carrera.

- Tenía dos nominaciones por “The Alamo”, mejor canción (”The green leaves of summer”, la que fue muy popular ese año) y mejor partitura por película dramática o comedia.

- En plena Guerra Fría, el filme recreaba la famosa batalla de “El Álamo”, en la que un pequeño grupo de voluntarios estadounidenses resistió hasta la muerte la invasión de un dictador en Texas, y era la ópera prima, como director, del entonces actor más taquillero y norteamericano: John Wayne.

- El filme fue un éxito y, a decir verdad, el trabajo de Wayne como director fue más que digno; la dinámica y el ritmo de la película nunca decaen, algunas de las escenas de batalla son de lo mejor de la época (algo se aprende al trabajar durante décadas bajo la dirección de dos los más grandes: John Ford y Howard Hawks) y el apoyo sonoro de Tiomkin en estas escenas, y en todas en general, es impecable.

En contra:

- Ganador reciente. El año anterior había recibido el premio a mejor película dramática o comedia por “El viejo y el mar”.

- Mala publicidad. Para realizar lobby antes de la entrega de los premios, el agente de prensa del actor Chill Willis (nominado como mejor actor secundario por su papel de Beekeeper) envió correos a los miembros de la Academia invocando al patriotismo, para procurar de esa manera sus votos hacia su cliente. Estas misivas se filtraron a la prensa y causaron el rechazo y la burla de Hollywood (un periódico publicó una graciosa respuesta de Groucho Marx).

 

 

 

El Oscar y la contienda de las bandas sonoras parte 1

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 08-03-2010

André Previn, compositor.

André Previn, compositor.

Por Milenko Karzulovic

En ciertas ocasiones, la premiación anual de la Academia de Ciencias de Artes y Ciencias Cinematográficas (Oscar) conlleva sorpresas: una película de bajo presupuesto se impone sobre una superproducción; un novel director supera a un autor consagrado; a una actriz o actor se le entrega el galardón por una actuación menor (por lo general, como tardío reconocimiento a la trayectoria), en desmedro de interpretaciones mucho más destacadas.

También ocurre lo contrario, con nominaciones certeras de las cuales pocos dudan y que, por supuesto, se cumplen: Anthony Hopkins y su Oscar como mejor actor en “El Silencio de los Inocentes”, en 1991, o el galardón como mejor director de Clint Eastwood por “Los Imperdonables”, en 1992 (en ambos casos, al salir al escenario a recibir el premio, les aplaudieron de pie).

Los posibles adjetivos de este premio, una vez entregado, son muchos (válido, olvidable, merecido, injusto, político, decepcionante), como también los ejemplos. No obstante, existe una situación en la que es difícil encontrar un calificativo adecuado para el premio ya otorgado. Me refiero a aquellos momentos en que todos lo nominados son estupendos y razonables candidatos. ¿Cómo definir de justo o injusto a un vencedor cuando éste y todos los postulantes merecían ganar?

En el caso de las bandas sonoras, ha habido años en que tal escenario se ha dado y, a través de las siguientes líneas, pretendo exponer y analizar algunos ejemplos.

La pelea de 1960

En 1960, el Oscar a la mejor partitura musical (en drama o comedia) tuvo, como siempre desde 1943, cinco candidatos. En aquella oportunidad, la competencia fue más dura de lo habitual, toda vez que cada una de las bandas sonoras aspirantes al galardón poseía méritos de sobra para ganar. Veamos quiénes eran los compositores, sus respectivas obras y sus posibilidades.

André Previn, por “Elmer Gantry”

Previn arribó a Estados Unidos en 1938, proveniente de una familia judío alemana (al igual que Franz Waxman, cinco años antes), con el nombre de Andreas Ludwig Prewin, el que, por supuesto, americanizó como Andre Previn en 1943, al adquirir la nacionalidad estadounidense.

Destacó no sólo en la música de cine, sino también en muchas otras variantes del arte sonoro; gran pianista de jazz, director de importantes orquestas sinfónicas y filarmónicas (Sinfónica de Londres, Sinfónica de Pittsburg, Filarmónica de Los Ángeles), y compositor de música docta.

Su labor en la creación de bandas sonoras no fue tan prolífica como la de muchos otros músicos (abarcó no más de cuarenta películas), aunque sí sobresaliente: trece nominaciones al Oscar, siendo cuatro veces ganador.

La música de “Elmer Gantry”

Para este filme de Richard Brooks, Previn desarrolló una partitura sinfónica de carácter enérgico, remarcando en forma constante el tono dramático de la obra, más que la sátira a la sociedad y al fundamentalismo religioso que hay en el filme o a la ironía del personaje principal, el predicador charlatán y oportunista interpretado por Burt Lancaster (Elmer Gantry) en uno de los roles de su vida (por este papel recibió su único Oscar).

Previn tampoco creó temas de carácter religioso en la música incidental (aunque abundan en el filme las atmósferas sonoras diegéticas a través de spirituals, himnos y cánticos tradicionales), salvo en determinados momentos muy específicos y de manera muy fugaz (un par de acordes en una cadencia).

Las posibilidades de Previn

A favor:

- En 1960 se hallaba en la cima de su carrera, era un compositor ya consagrado con cinco nominaciones y dos Oscar.

- Además de la nominación por “Elmer Gantry” (mejor partitura por película dramática o comedia), Previn tuvo ese año otras dos postulaciones (mejor canción por “Faraway part of town”, de la película “Pepe”, y mejor partitura de musical, por “Bells are ringing”).

- La cinta había sido un éxito y se basaba en la famosa y popular novela homónima del escritor Sinclair Lewis (primer norteamericano en recibir el Nobel de Literatura en 1930).

En contra:

- Los dos Oscar recibidos antes habían sido consecutivos y en los dos años previos; por “Gigi”, en 1958 (mejor partitura de musical), y por “Porgy and Bess”, en 1959 (mejor partitura de musical).

- Tener tres nominaciones el mismo año diluye los votos en direcciones diferentes, en vez de encausarse en una sola.

 

Breve reminiscencia de la obra de Franz Waxman

Publicado en (Gran Angular) por cabarca el 31-01-2010

Por Milenko Karzulovic

noviafrank

A medida que las luces disminuyen, el ruido y el bullicio varían; en un glissando a murmullos y en cosa de segundos a mudez total. La pantalla se ilumina con las imágenes del corto noticioso de la Universal; Hitler y Alemania comienzan su rearme, resquebrajando el tratado de Versalles de 1919; se pone en marcha la Ley de Seguridad Social, pieza fundamental del New Deal, propuesto e impulsado por el presidente Roosevelt en 1933; Mussolini, ante la sorpresa del mundo, invade Abisinia. Luego, una elipsis fugaz y el conocido símbolo de la compañía de Carl Laemmle; el mundo girando, circundado por un monoplano. Entonces surgen las primeras notas, dispersas en un tremolo in crescendo de violines y arpegios de arpa, apoyando la primera imagen: “Carl Laemmle presents, Karloff, in…”. Un par de segundos después, en el cenit de las cuerdas, el segundo cuadro, con el esperado título: “Bride of Frankenstein”, respaldado con uno de los motivos principales de la música que acompañará al film (el que identificará a la criatura). A partir de entonces se sucede la presentación de créditos, mientras el tema central, de la que será una de las bandas sonoras más famosas del cine, se libera por primera vez al público.

El compositor

Franz Wachsmann nació el 24 de diciembre de 1906 en Königshütte, ciudad perteneciente al Imperio del entonces Kaiser Guillermo II (hoy Chorzów, Polonia), y fue el menor de seis hermanos en el seno de una familia judía. Su infancia se desarrolló en un período de calma, el que antecedió a la tormenta de la Primera Guerra Mundial y el último que conocerían los germanos en mucho tiempo. Tomó clases de piano a partir de los siete años y fue el único de los Wacshmann con tendencias musicales, las que desarrolló desde entonces. En los años iniciales de la década de los 20s, en una Alemania ya derrotada y desgastada por la guerra y con persistentes eclosiones sociales y enfrentamientos ideológicos, el joven músico comenzó a trabajar (aconsejado por su padre), como cajero de un banco, con cuyo sueldo costeó clases de armonía, piano y composición. Luego de algo menos de tres años decidió viajar y probar suerte, primero en Dresde y más tarde en Berlín, en donde pudo continuar sus estudios y ganarse la vida, tocando el piano en clubs nocturnos y con una popular banda alemana de jazz, la Syncopaters Weintraub. Para este grupo también realizó arreglos, al mismo tiempo que se introducía en la orquestación de filmes, gracias a lo cual conoció al compositor Frederick Hollander, quien, además de arreglar temas para los Syncopaters Weintraub, componía música para películas. En momentos en que el nacional socialismo se hacía del poder, Hollander es quien ofrece a Wachsmann su primera gran oportunidad; orquestar y dirigir la partitura que está componiendo para una importante producción, que tutela uno de los más famosos directores del momento en Alemania, Josef von Sternberg. La película se estrena en 1930 y se titula “El ángel azul”, siendo un éxito que lanza a la fama a su protagonista femenina, la actriz Marlene Dietrich. Poco después, en 1932 y posiblemente frente al inevitable acrecentamiento del nazismo y al igual que muchos otros artistas e intelectuales, el naciente compositor se traslada a Francia, en donde continúa trabajando con cineastas germanos, orquestando y componiendo. También es en este período cuando cambia su apellido, de Wacshmann a Waxman.

En 1934, y aún hallándose en Francia, Erich Pommer, quien se había desempeñado como productor en “El ángel azul”, le ofrece a Waxman  un nuevo y mayor desafío; componer la música para la película “Liliom”, de Fritz Lang. Poco después, ese mismo año, le invita a trabajar con él en una nueva producción que se llevará a cabo en los Estados Unidos; es la ocasión de trasladarse a la meca del cine y, al mismo tiempo, escapar de un continente que se apresta a la mayor conflagración que sufrirá en su historia.

Ya en Norteamérica, no tarda en cultivar la gran oportunidad que todo nuevo compositor de música de películas (inmigrante o no) sueña; conocer un famoso director que le contrate para una ingente producción. El cineasta es James Whale y la película, “La novia de Frankenstein” (”The bride of Frankenstein”, 1935).  El éxito es tan inmediato como colosal y, a partir de ese instante, Franz Waxman se convierte en uno de los compositores más solicitados y activos de la industria cinematográfica. Firma un contrato por dos años con la compañía de Carl Laemmle, como director musical y compositor, comenzando a intervenir en variados géneros; “Magnífica obsesión” (1935, drama), “Al este de Java” (1935, escenarios exóticos), “La chica de la portada” (1936, comedia), “Conflicto” (1936, drama de boxeo), “Diamond Jim” (1935, biográfica), “El rayo invisible” (1936, ciencia ficción).

fwaxmanAl término de esta fase no renueva con Universal y firma con Metro Goldwyn Mayer, donde permanecerá por siete años, bastante fructíferos y exitosos. En esta nueva etapa recibe sus primeras nominaciones al premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas; en 1938, una doble postulación, a mejor banda sonora y a mejor música original, por “Jóvenes de corazón”; en 1940, a mejor música original por “Rebeca”; y en 1941, otra doble nominación, ambas a mejor banda sonora, por “El doctor Jekill y el señor Hyde” y por “Sospecha”. En este paso por MGM, y además de las producciones aludidas, destacan sus composiciones para “Furia” (1936), “Capitanes valerosos” (1937), “Edison, el hombre” (1940) y “La mujer del año” (1942), cuatro grandes éxitos protagonizados por Spencer Tracy, y “La historia Filadelfia” (1940).

En 1943, abandona la productora del león y se traslada a las filas de Warner, compañía con la que obtendrá más nominaciones; en 1945, a mejor banda sonora por “Objetivo Birmania”, y en 1946, en la misma categoría, por “Humoresque”. A fines de la década de 1940, se halla trabajando con Paramount, compañía con la cual gana, de manera sucesiva, sus dos únicos Oscar: en 1950, por “El crepúsculo de los dioses” (“Sunset Boulevard”), probablemente su obra cumbre, y en 1951, por “Un lugar en el sol”, ambas en la categoría de mejor banda sonora de película dramática. Durante varias décadas, Waxman conservaría el récord de ser el único compositor ganador del premio de la Academia en dos años consecutivos.

A lo largo del decenio de los 50, compone tanto para productoras independientes como para las grandes, sobresaliendo en este lapso: “Mi prima Rachel” (1952), “El príncipe valiente” (1954), “La ventana indiscreta” (1954), “Demetrio y los gladiadores” (1954), “El cáliz de plata” (1954), nominada a mejor banda sonora de película dramática, “Señor Roberts” (1955), “El espíritu de St. Louis” (1957), “Sayonara” (1957), “La caldera del diablo” (“Peyton Place”, 1957), e “Historia de una monja” (1959), también nominada a mejor banda sonora de película dramática.

La siguiente década la inicia con otra postulación al Oscar, por uno de sus trabajos más reconocidos, “Taras Bulba” (1962). No obstante, a partir del siguiente año sólo compone para series de televisión, destacándose también en este ámbito y en el cual continuaría hasta su muerte en 1967.

Franz Waxman participó en 174 películas como compositor, obteniendo doce nominaciones y dos premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

El primer filme: Frankenstein

En el pasado siglo, en los primeros años de la década de 1930, el cine intentaba acomodarse al cambio más radical de su historia; la incorporación del sonido a las imágenes en movimiento. La innovación conlleva transformaciones de todo tipo; necesidad y desarrollo de cámaras más pesadas y elementos que las transporten, como grúas y carros sobre rieles, abriéndose con ello nuevas posibilidades estilísticas y estéticas; los costos de producción suben y las salas deben ser reacondicionadas, para los nuevos proyectores y equipos y para rellenar los proscenios que ya no albergarán una orquesta; junto a las primeras palabras nace de inmediato un nuevo género, el musical, y con éste las coreografías, los compositores y los bailarines y cantantes actores; de manera abrupta son desterrados los que no logran ajustarse, como los histriones con mala dicción o voz inadecuada, y bienvenidos los nuevos y necesarios talentos, como los guionistas y los directores teatrales.

De entre estos últimos, emerge James Whale, un inglés contratado como director de diálogos para la superproducción de la Paramount de 1930 “Hell´s angels”, del excéntrico y millonario Howard Hughes. Un año después, Whale es contratado por la Universal para hacerse cargo, esta vez como director, de alguno de los proyectos en preparación. El británico se decide por la que será la segunda incursión de los estudios de Carl Laemmle en el género del terror.

En 1931, y sólo pocos meses antes, la misma productora había estrenado “Drácula”, bajo la dirección de Tod Browning y, encarnando al inmortal noble transilvano, un actor de origen rumano, que se había destacado los últimos años en la versión teatral de la misma obra: Bela Lugosi. El filme de Browning obtuvo tal éxito que la Universal intenta repetir la fórmula: un famoso personaje literario, por ende ya conocido por el público, proveniente de una novela gótica y traspasada a la gran pantalla, pero al estilo Hollywood. Por supuesto, la elección fue Frankenstein.

La recreación de la receta implica contar con Lugosi en el papel del nuevo monstruo; sin embargo, este declina, argumentando que el personaje, al no pronunciar palabra alguna en todo el filme, no le permitiría mostrar sus dotes de actor. Whale no pierde tiempo y contrata a un actor secundario, de origen inglés como él, al que considera muy adecuado por sus facciones y físico: Boris Karloff.

Jack PierceEn el resto del elenco se repiten algunos de los actores de Drácula, como también uno de los integrantes más importantes de ambas producciones, el maquillador Jack Pierce (en la foto), quien crea el famoso maquillaje de la criatura; cabeza plana, ceño recto y muy abajo, párpados de goma sobre los verdaderos de Karloff, para que los ojos se abriesen sólo un poco, una cicatriz en la sien derecha y una grapa de metal en la izquierda, mejillas hundidas, exageradas ojeras y los famosos electrodos en su cuello, por los que, se supone, ingresaba la electricidad a su cuerpo.

El compositor Bernhard Kaun compone el tema musical que acompaña la presentación de créditos inicial y que casi no se repetirá en el resto del filme, pues éste se destaca por la ausencia de música. Esta carencia permite un mayor realismo, al verse destacados los sonidos diegéticos de la película (los palazos de tierra cayendo sobre un ataúd, los instrumentos del laboratorio en plena acción), como también el silencio (el descubrimiento del cadáver de Fritz en la celda del monstruo). No queda claro si este verismo es producto de la creatividad de Whale o un efecto del novel modus operandi en la sonorización de películas de los estudios en aquellos años. Esta falta de claridad se percibe de mejor manera al considerar ciertos aspectos:

Si bien se suele reconocer a “El cantante de jazz”, de fines de 1927, como la película sonora inaugural, es importante destacar que sólo lo era en parte. El primer filme completamente sonoro es de 1928, “Luces de Nueva York”, y la película considerada como el primer musical es “Melodía en Broadway”, de 1929. En 1931 aún no se desarrollaban con plenitud las posibilidades técnicas ni estéticas del sonido, como apoyo a las imágenes.

Por lo mismo, a principios de la década de 1930 no existe aún el compositor de música de películas, como lo conocemos hoy. No obstante, los estudios cuentan con el director musical o director del departamento musical, el que tiene la función, entre otras, de decidir qué trozo, tema u obra (más que por lo general de un compositor clásico romántico) debe asistir al filme. En “Drácula” (1931), un claro ejemplo, se empleó el segundo movimiento de “El lago de los cisnes”, de Tchaikovsky, como acompañamiento musical durante el transcurso de toda la película.

No será hasta 1933 que un compositor creará una partitura completa y exclusiva para un film, con secciones ideadas para apoyar las imágenes de determinadas escenas y pensadas ya no como una obra musical en si misma, sino como parte integral de una obra cinematográfica. El compositor es Max Steiner y la película, “King Kong”.

“Frankenstein” alcanza, si no igual, superior éxito al obtenido por “Drácula”, desbordando con ello una serie de inesperadas consecuencias: Boris Karloff conquista el estatus de estrella en forma instantánea; James Whale adquiere renombre y es considerado para nuevas e importantes producciones en Universal; la criatura del film, o mejor dicho, el maquillaje creado por Pierce, se transforma en un ícono cultural que perdura hasta nuestros días; y la productora de Laemmle comienza lo que, con posterioridad, será conocido como “el ciclo de oro de los monstruos de la Universal”, entre cuyos primeros proyectos se halla “El retorno de Frankenstein”.

Una continuación excepcional: La Novia de Frankenstein

Universal tenía contemplada una secuela para Frankenstein, desde el momento en que ésta se había transformado en un magno triunfo de público e ingresos. Durante poco más de tres años, la productora pretendió persuadir a Whale para que aceptase la dirección de “El retorno de Frankenstein”, pero el británico  siempre declinó; él se consideraba a sí mismo, y lo era, un artista, y, en Hollywood, los filmes de terror pertenecían al área de presupuestos menores e inferior calidad. No obstante, a principios de 1935, finalmente accede, al reparar en las regalías que se le ofrecen junto con el proyecto; gran libertad de acción y poder de decisión, y un abultado presupuesto de 300 mil dólares (que se dispararía a los 400 mil), muy poco habitual para la época, para la Universal, y en especial para el género del terror. Es el primer punto el que quizás más influye en el cambio de postura del inglés; añade ideas fuera de guión (como la escena inicial con Lord Byron, Percy Shelley y Mary Shelley, concepto original de él), agrega nuevos personajes, repite actores de la primera película, escoge el elenco y los escenarios, añade humor (casi inexistente en la película anterior), resuelve respecto de la fotografía y la música, y cambia el título original de “El retorno de Frankenstein” por el de “La novia de Frankenstein”. En relación a esta permuta de designación, es importante advertir que, tras el suceso del primer filme, el público asoció de inmediato el apellido del doctor con el nombre del monstruo, bautizando a este último como Frankenstein.

El director vuelve a contar con Boris Karloff y Colin Clive en los mismos protagónicos de la película original, la criatura y el doctor Henry Frankenstein, respectivamente, además de cederse una licencia; el actor Dwight Frye, que en la adaptación anterior interpretaba a Fritz, el ayudante jorobado del doctor y quien era asesinado por el monstruo, en esta continuación aparece como Karl, un nuevo asistente, aunque esta vez sin giba. El resto del elenco es nuevo: Elsa Lanchester, en el doble papel de la creación femenina del científico y de Mary Shelley; Valerie Hobson como Elizabeth, rol que en la versión anterior interpretaba Mae Clarke; Ernest Thesiger personifica al doctor Pretorius; y Una O’ Connor en el papel de Minnie (y, en una breve aparición inicial, como ama de llaves).

Whale retoma la técnica expresionista, utilizada en Frankenstein; el contraste de luz y oscuridad intensas, con muchas sombras (a diferencia de la iluminación plana que entonces acostumbraba el cine norteamericano); escenografías con elementos en declive y enormes fondos pintados. La atmósfera que se creaba con el estilo europeo, en especial en el género del terror, era muy superior a la hollywoodense. También recurre una vez más al talento del maquillador Jack Pierce, y su ya célebre maquillaje sobre el rostro de Karloff, además de otros técnicos participantes del primer filme. No obstante lo anterior, el director anglosajón da rienda suelta a su imaginación y creatividad, aportando vida a una película mucho más rica que la primera en cuanto a diálogos, ritmo, dinamismo, originalidad y matices en personajes, escenas y actuaciones. Elementos todos perfectamente entrelazados, gracias a una estupenda banda sonora.

La música

La composición creada para “La novia de Frankenstein” contemplaba un tratamiento clásico romántico, y bastante wagneriano, esencialmente sobre la base de diversos leitmotivs (uno para cada personaje importante). Esta utilización de motivos podría ser considerada exagerada hoy en día, toda vez que resulta demasiado evidente, e incluso, sobrecargada; no hay contrapuntos dramáticos entre la partitura y las imágenes. Sin embargo, se trata de los inicios de la música de películas (aún no hay teoría, técnicas o fórmulas establecidas), y del primer trabajo importante del, a la sazón, joven compositor. Y, por otra parte y lo más importante, la relación música / filme, en su conjunto como obra integral, funciona a la perfección.

 

Waxman dividió la banda sonora en doce secciones:

1. Bride of Frankenstein (Main Title)  /  La Novia de Frankenstein (Tema de Título Principal) (1:25)

Escucha el Título Principal

En esta unidad, el compositor muestra todos los motivos que acompañarán a los protagonistas principales, como también el tema del Finale. Comienza con una muy breve introducción de cuerdas y arpa, de carácter misterioso e incressendo, mientras asoman los carteles preliminares que anuncian productora, productor y el nombre de Karloff. En el apogeo de las cuerdas, y en perfecta sincronización con la aparición del título de “The Bride of Frankenstein”, resuena el leitmotiv del monstruo, compuesto de cinco notas, que, en el aspecto rítmico de las cuatro primeras, es idéntico al famoso motivo de la quinta sinfonía de Beethoven. Este tema, casi siempre interpretado con bronces, es de fuerza y, si bien no infunde por si solo la idea de terror, sí alcanza la cota de temor. Aparecerá siempre con Karloff, de manera casi majadera, aunque muy efectiva para la época. La mayoría de las veces le sigue un consecuente, también de cuatro notas y de igual factura rítmica.

Acompañando el resto de la introducción, y en 1:20 minutos, el compositor retoma el motivo del monstruo, para destacar, de manera un poco exagerada, el nombre del director. Luego fluyen los temas de El Dr. Pretorius, usado en este lapso como atmósfera de dócil misterio para algunos créditos secundarios, y el de La Novia, mostrado por primera vez en el instante en que surgen los nombres de los actores y sus papeles, al final de los cuales se indica el personaje femenino, The Mate, seguido de un signo de interrogación, amparando en la incógnita el nombre de la actriz que personificará a la creación femenina. Este modus operandi se repetirá a lo largo de la película; en cada ocasión que se haga mención de La Novia, ya sea de manera tácita o no, su tema musical brotará.

Terminando los créditos asoma el Finale, que se irá disipando con el último cartel de presentación, hasta quedar, por un breve instante, en negro.

Es de destacar que Waxman no crea motivos para todos los personajes importantes; el doctor Henry Frankenstein (Colin Clive), la novia de éste, Elizabeth (Valerie Hobson), e incluso el ayudante Karl (Dwight Frye), carecen de tema propio.

2. Prologue - Menuetto and Storm  /  Prólogo - Minueto y Tormenta (3:53)

Al terminar los créditos de presentación, y con el Tema de Título Principal apagándose, comienza la primera escena del filme: un acercamiento a la ventana de una mansión, en una noche de tormenta, con el viento y la lluvia como única escolta sonora. Tras unos segundos y un fundido, la enorme e iluminada habitación colma la pantalla, incidiendo en ella los dos hombres, la doncella sentada y la sirvienta que sale de escena, llevando consigo dos mastines. En forma paralela, manan las notas de un minueto, interpretado principalmente con cuerdas; tradicional, suave, con un tema muy sencillo y melódico. Es una estructura que no se volverá a escuchar en el transcurso de la película, creado por Waxman para este único momento. Los personajes visten a la usanza de principios del siglo XIX y representan a los poetas Lord Byron (George Gordon) y Percy Shelley y su esposa Mary Wallstonecraft Shelley, la autora de la novela Frankenstein o el Moderno Prometeo. James Whale se toma una licencia nunca antes vista en el cine, creando como preludio una representación del verdadero origen literario de la novela en la que basa su obra cinematográfica. Mientras Lord Byron se refiere a la tormenta y a sí mismo, el minueto no cesa de apoyar la escena, en cuanto a una pequeña y amena reunión social de época. Pero, al aludir a la presente Mary Shelley como la creadora del monstruo de Frankenstein, se produce un flash back con escenas de la primera película y, en tanto transcurren, la música empieza a variar y a disminuir su sonoridad, hasta quedar muy por detrás de la descripción que realiza el poeta. El grato minueto se transforma; acelerando el hermoso tema, variando el modo y agregándole consecuentes oscuros y tensos y cuerdas que emulan el viento. Todo apoya las palabras y las efímeras imágenes del anterior filme; el robo de tumbas, la creación en el laboratorio, el monstruo y su persecución por una turba enardecida, el aldeano cargando el cadáver de su hija, el enfrentamiento final en el molino y el incendio de éste. Acabado este racconto, y junto con los personajes de Mary Shelley, Byron y Percy Shelley, regresa la suave forma original.

3. Monster Entrance  /  Entrada del Monstruo (2:14)

Luego de la introducción aparecen en escena las últimas imágenes de la película de 1931; el molino incendiándose, y los aldeanos alrededor, alcanzando con ello la idea de una continuación lineal. Los lugareños se retiran, cargando el supuesto cadáver del Barón y científico Henry Frankenstein, para entregarlo a su progenitor y a su novia. Queda sólo una pareja sobre los restos del trapiche; son los padres de María, la niña asesinada por el monstruo en el primer filme. Mientras discuten (el padre quiere ver con sus propios ojos los despojos del homicida), la música apoya con sutileza el instante, con una flauta cuya melodía se desenvuelve más en el misterio que en la tristeza (Waxman, en vez de realzar el drama de la pérdida, crea la atmósfera previa a la presentación de Karloff). El hombre, a pesar de la desaprobación de su cónyuge, escarba entre los escombros, cayendo a un pozo (el compositor apuntala la caída a través del arpa, instrumento que utilizará a lo largo de la película, en especial para lograr un  ambiente etéreo y misterioso). El aldeano nada en el fondo y a un costado de él, detrás de una pared rocosa, se aprecia un brazo alzándose. El movimiento es acompañado por timbales marcando el pulso, a los que se suman pizzicatos graves, con igual ritmo y escalando de manera cromática, aunque aumentando poco en intensidad. Se incorporan bronces con una tensión contenida y, al descubrirse el cuerpo de la criatura tras el brazo, reaparece el tema del monstruo, también con bronces, afianzando la toma en un primer plano de éste. La baja intensidad de los instrumentos se explica pues acentúa la aparición de Karloff y no la acción de éste, como también el temor que produce y el reencuentro del público con su rostro; las mejillas hundidas, las cejas y el cabello ahora reducidos por el fuego del molino, las grapas de metal en la sien (el maquillador Jack Pierce adicionó un par extra), la lividez de cadáver y, en forma destacada, uno de los electrodos de su cuello. Es un momento clave del film y Waxman consigue respaldarlo hábilmente.

Habiéndose manifestado el personaje principal, la escena varía al ataque de éste sobre el caído, instante también cubierto por el músico alemán, acrecentando la intensidad y velocidad de la instrumentación e intercalando el motivo del monstruo un par de veces. Ya fuera del foso, el ente lanza a la mujer del fallecido, oyéndose por tercera vez, y en la misma escena, el tema de cinco notas. La criatura inicia su escape, encontrándose con Minnie (Una O´Connor), protagonista menor e identificada con una flauta algo errática, que da pie a un momento de humor, el que termina con la mujer huyendo despavorida.

4. Processional March  /  Marcha Procesional (2:16)

Dos caballos cruzan un pequeño puente y entran al castillo del Barón Frankenstein, anunciados por un breve motivo de tres notas en trompas y su duplicación en trompetas. Tras ellos, los pueblerinos que, a paso lento, cargan los restos del joven noble y doctor, el que entregan a su esposa Elizabeth (Valerie Hobson). Ingresado el cuerpo en el castillo, y situado sobre la mesa del gran salón, la joven descubre que se encuentra vivo. Toda la escena es envuelta por una pausada marcha, de notorio carácter mortuorio (es innegable la hermandad de esta pieza con la marcha fúnebre de Chopin). Al igual que con el minueto en la introducción, este tema sólo será utilizado en esta escena.

5. Strange Apparition / Pretorius’ Entrance / You Will Need a Coat (2:58)  

Extraña aparición / Entrada de Pretorius / Usted necesitará un abrigo

Es de noche y Henry Frankenstein (Colin Clive) reposa en su habitación, lugar al que se acerca Elizabeth, para, luego de una efímera discusión de carácter religioso y ético, comentarle que desea se recupere con prontitud, para así abandonar ese lugar. Él pregunta el porqué y la joven comienza a hablar y a delirar sobre una aparición que suele ver y que intenta apartarlo de ella. Durante esta descripción y desvarío, el compositor retoma algunos de los temas de acompañamiento del Main Title (principalmente el Finale), pero sin abordar los motivos de los personajes principales. La música va in crescendo, hasta un clímax en que decae rápidamente y es reemplazada por fuertes golpes provenientes de las puertas de entrada.

Ante los portones se observa un hombre mayor, delgado y vestido de negro, acompañado sólo por sus reiterados toques y el viento. Minnie, el ama de llaves, se apresura a abrir y, a medida que se aparta la puerta, surgen el rostro del Dr. Pretorius (Ernest Thesiger) y las notas de su motivo; un tema de cuatro notas, por lo general, con un consecuente de seis; misterioso e indefinido, muchas veces con el color de los contrabajos. El personaje es mefistofélico (convencerá a Henry Frankenstein de volver a jugar a ser Dios), y bastante amanerado, lo que es resaltado con este motivo algo neutro. La aparición de Pretorius es muy similar a la del monstruo; un primer plano a un rostro duro y frío, con efectos de luz y sombra muy expresionista y su motivo musical anunciándolo. Tal paralelo se repetirá una tercera y última vez al aparecer en pantalla la criatura femenina, y, en todos ellos, Waxman realzará la presentación en escena, logrando que cada una de las tres entradas sea un pequeño momento estelar del film.

Luego de una conversación sin fondo musical alguno, el Dr. Pretorius persuade al Barón Frankenstein de acompañarle a su morada, para así mostrarle sus propios experimentos. Antes de salir le indica: You will need a coat (Usted necesitará un abrigo), enunciado que da origen al tercer y último momento musical de esta quinta unidad. Dicha la frase se produce una elipsis, aparecen ambos científicos descendiendo de un carruaje, entran a una posada y suben las escaleras para ingresar a un pequeño cuarto. Toda esta acción es apoyada por Waxman; un corto y tenso tema de cuerdas con trémolo, en altura aguda, al arribar y bajar del coche; cuerdas con pizzicato, mas bajas, en tanto suben los escalones y caminan hacia el cuarto, en un engañoso pero eficiente Mickey Mousing. Ya dentro de la habitación se mantiene el pizzicato, pero como acompañamiento de fondo, hasta el brindis en que el anfitrión pronuncia una de las oraciones más conocidas de la película: “To a new world, of gods and monsters” (Por un nuevo mundo, de dioses y monstruos). En todos estos apoyos se entremezcla el motivo del Dr. Pretorius, dejando en claro así que no sólo es el terreno de éste, sino que se trata del protagonista dominante en la escena.

6. Bottle Sequence  /  Secuencia de las botellas (2:15)

Realizado el brindis, Pretorius entra a un cuarto contiguo y regresa con un cofre rectangular, en el que carga los experimentos que desea mostrar a Henry Frankenstein. Una vez más se escucha su motivo en los contrabajos y apoyado por violines con gran tensión, llegando a un clímax al ser depositado el baúl en una mesa. El científico se explaya respecto a sus tentativas, sin apoyo orquestal, mientras extrae botellas cubiertas con una capucha negra y las deposita sobre la tabla. Al tiempo que retira el capuz de uno de los frascos, presenta a su primera creación: una pequeña reina, vestida como tal y tan humana como cualquiera, pero de unos pocos centímetros de tamaño. La reducida majestad se levanta, ejecuta una reverencia y vuelve a sentarse en su diminuto trono. La acción es apoyada con una trompeta, en una inconfundible y breve fanfarria de presentación, muy típica de escenas de corte real. De ahí en adelante, la escena versa sobre la presentación de los distintos homúnculos de Pretorius ante su invitado, todos identificados y apoyados por Waxman: inmediato a la reina surge el rey, también con una corta fanfarria de trombón y, como un puente entre ambos, el compositor dispone de un relleno musical muy libre, gracioso y casi infantil (se trata de una música muy similar a la utilizada en dibujos animados), añadiéndose además sonidos de voces aceleradas, lo que produce el efecto de frecuencias agudas, siempre relacionadas a seres pequeños. El tercer ente es un arzobispo dormitando, que, al despertar, sermonea y tutela a los otros, siendo su apoyo sonoro una sucinta aparición de órgano, el que le otorga el carácter eclesiástico. A continuación, Pretorius revela a un demonio de caballerosa apariencia y vestido de frac (por quien confiesa cierta auto identificación), sobre el que se posa una melodía irregular de flautas disonantes. La escena continúa con el monarca huyendo de su botella, para acercarse a su emperatriz, y el arzobispo reprendiendo a sus congéneres (todo apoyado por el constante relleno musical antes mencionado), mientras el anciano científico ostenta la siguiente creación, una bailarina, a quien describe como “muy aburrida”, ya que sólo se mueve al son de La canción de la Primavera, de Mendelssohn, de la que se escucha un trozo, en tanto la danzarina se mueve al compás. Esta melodía se mantendrá con la siguiente y última criatura, una sirena encerrada en una botella con agua.

Terminada la presentación de las creaciones de Pretorius, comienza una discusión entre éste y su invitado, el Barón Henry Frankenstein, sobre la cual no hay apoyo sonoro, concediendo así, más realismo a la disputa.

Es significativo destacar en esta unidad la creatividad y humor de James Whale, muy bien apuntalados por Waxman, al introducir una escena con tales elementos de carácter fantástico, inexistente en la obra literaria y, por supuesto, en las versiones teatrales.

7. Female Monster Music / Pastorale / Village / Chase (4:30)

Música de la Mujer Monstruo / Pastorela / La Villa / La Persecución

Previo a finalizar la discusión planteada en la unidad anterior, Pretorius establece que la creación a la que darán vida él y el Barón Henry Frankenstein debe ser una mujer. Es la primera vez en el film, sin contar con la apertura de créditos, en que aparece el motivo musical de la criatura femenina y, en este caso, de manera tácita, lo que se repetirá a lo largo de la película; cada vez que se mencione a la entidad femínea, o se haga alusión a ella, se oirá el tema. Es un motivo de sólo tres notas, suave y grácil, no obstante enigmático, con cuerdas en una tesitura aguda que dan la idea, a ratos, de trocar en voces femeninas. El tema desborda sensualidad y misterio y, tras las cuerdas, casi siempre habrá un arpa reforzando tal carácter.  

Acabada la escena en que se decide la realización del nuevo experimento, y producido un fundido a negro, se ve al monstruo huyendo por una hermosa campiña en pleno día. Se detiene en un riachuelo para beber, descubriendo su faz en un reflejo y renegando de éste. En este lapso, el compositor recurre a un acompañamiento de pastoral tradicional, de línea melódica sencilla y apacible, en flauta y cuerdas, además del arpa (imposible no efectuar la analogía con el Amanecer de Peer Gynt, de Grieg). El instante de revelación del propio rostro es enfatizado con un fugaz y disonante toque de bronces; Waxman recurre al timbre del motivo de Frankenstein, y no al tema en si, para recalcar el auto descubrimiento y también, en cierta forma, la discordancia de la criatura en el ambiente campestre. 

A unos pasos del ente, sobre una pequeña cascada, una pastora ronda con su rebaño. El monstruo se dirige hacia la joven, ella se asusta y cae al agua. La criatura se arroja al reducido estanque y le auxilia a salir, pero la mujer, al verle de cerca, empieza a gritar. Él intenta hacerla callar y, al no conseguirlo, se enfurece. Dos cazadores que se encuentran cercanos ven la escena y le disparan, hiriéndole en el brazo izquierdo y logrando su huida Toda la acción es apoyada por la música del compositor alemán; la pastoral se mantiene hasta la caída en el agua, luego de la cual comienza un cortejo sonoro de acción, tenso e in crescendo (llegando al clímax junto con el disparo), y con la tenaz intermitencia del motivo de cinco notas del monstruo, por cierto, con bronces. La huida es destacada con un breve y repetitivo fondo con cuerdas y redoble de timbales, cuyo consecuente es siempre el tema ya aludido. Se produce una cadencia final con trompetas y se funden las últimas imágenes de la huida con las primeras de las calles de la aldea, lugar al que llega uno de los perseguidores para dar aviso. De inmediato se percibe un acompañamiento musical de acción y bastante movimiento, pero a la zaga de la algarabía y los presurosos diálogos de la muchedumbre y el burgomaestre, la autoridad en la villa. Sólo al acabar el intercambio verbal sobresaldrá la escolta sonora, en una táctica simple y básica que ya había sido utilizada antes de Waxman y que continúa en práctica hasta el día de hoy; en los coloquios la música disminuye o desaparece, en los silencios se hace presente.

El oficial organiza a los aldeanos, forma un grupo e inicia una persecución. Al ponerse la multitud en movimiento, armada con herramientas de labriego y palos, la música varía, de manera brusca, a una marcha de corte marcial. Esta última tiene una duración menor (de hecho, son sólo ocho compases de dos cuartos), en comparación con otras secciones, como el minueto del prólogo, aunque ésta sí se volverá a escuchar. Esta breve marcha refuerza en pantalla las ideas de determinación, seguridad y, quizás lo más relevante, unión y fuerza (caminan al ritmo, en un grupo compacto), de la tropa. En la toma siguiente, y como contraposición, se revela a la criatura; asustada, huyendo de manera errática en un bosque mustio, cuyos árboles son troncos sin ramaje y con un cielo oscuro y nublado asomando atrás. La marcha transmuta a una sonoridad dramática y de acción, en cuerdas increscendo, con el tema de la criatura brotando a ratos en los bronces, ya sea de la manera usual o con variaciones. También se yuxtapone el motivo de la marcha, como identificación de la enfurecida tropa. A medida que la distancia entre cazadores y presa se acorta, la intensidad musical aumenta, como también el volumen sonoro (se van añadiendo instrumentos), enfatizando con ello la creciente tensión del momento y anunciando el desenlace a devenir; la captura del monstruo. Indudable que esta ocurrirá en el clímax de la música.

8. Crucifixion / Monster Breaks Out (3:12)             

La Crucifixión / El Monstruo se libera

Consumada la captura, y en tanto amarran a la criatura, se produce un breve vacío musical, dejando sólo los sonidos diégeticos; el rumor y movimiento del gentío, las órdenes del burgomaestre para que sea atado el monstruo, los gruñidos de éste y las acotaciones de Minnie, quien también ha participado de la persecución. Los aldeanos cargan un tronco en el cual han asegurado al cautivo, dirigiéndose a una carreta en la que le transportarán. Entonces se incorpora la música, en una mezcla de creciente fanfarria con una variante del motivo de Frankenstein como un repetitivo consecuente, que culmina al ser izado el poste al borde del carromato, distinguiéndose al ente en aparente crucifixión. Tal imagen marca un clímax visual y musical, escuchándose el motivo de cinco notas completo y su consecuente, con gran fuerza, luego de lo cual cae el poste en la paja del vagón (acción afirmada por un arpa), iniciando el traslado del prisionero, con el tema de la marcha de los aldeanos como fondo sonoro. Esta escena no responde a la casualidad, muy por el contrario, se trata de una más de una serie de críticas veladas hacia la sociedad imperante y la religión, desplegadas a lo largo de la película; las discusiones de carácter ético religioso entre Henry Frankenstein y Pretorius, en las que se cuestiona más de algún dogma; el monstruo derribando la estatua de un obispo en el cementerio; la misma crucifixión, clara analogía de una comunidad intolerante y marginadora con los infrecuentes; la aparición de los homúnculos, como parodia de arquetipos sociales (la reina que sólo sabe saludar, el rey cuya única actividad es el intentar poseer a su cónyuge, el noble caballero como el diablo, la aburrida bailarina que no varía de canción, el arzobispo dormido, que al despertar sermonea y dirige a sus acompañantes).

Ya dentro de los calabozos, y en tanto acarrean al detenido entre pasadizos, el refuerzo sonoro se basa en una variante de la marcha anterior; ahora es una forma lenta y apagada, sin el característico pulso marcado, con su tema bastante disminuido en intensidad y entrelazado, a ratos, con el motivo de la criatura. La atmósfera de sometimiento complementada por el compositor es fehaciente.

Escogida la celda que guardará al monstruo se da paso a su inmovilización, sentándole en una gran silla y encadenándole. A cada golpe de martillo sobre los clavos que aseguran sus cadenas, el ente deja escapar un gruñido de aparente dolor y, en este caso, el mínimo de contorno musical y el silencio fortifican la idea de realidad.

Habiéndose retirado los guardias, el cautivo fragmenta sus cadenas una por una, acción reforzada por Waxman con una larga nota en violines, con trémolo, y que aumenta de altura con cada rompimiento. Liberado comienza su escape, golpeando a un par de guardias y arrancando la puerta de su celda y luego la principal. De inmediato se le observa corriendo por las calles de la aldea, en tanto los lugareños huyen despavoridos y una mujer, que llama a su hija en la confusión, encuentra el cadáver de ésta, oculto tras unos matorrales. Para toda esta secuencia el compositor dispone de temas ya utilizados; la música de la persecución de los aldeanos y, sobre ésta y a intervalos, variaciones del motivo de la marcha marcial, formando un ambiente sonoro de mucho dinamismo y tensión, no así de terror. La escena, y la música, culminan con el descubrimiento de los restos de la niña.

A continuación hay una breve secuencia, de bajo perfil sonoro, en la que se descubren los cadáveres de un matrimonio, parientes de Karl, el ayudante del Barón. 

9. Fire in the Hut / Graveyard (2:08)                      

Fuego en la Choza / El Cementerio

Posterior a la huida, y en medio de la noche, el monstruo se topa con un pequeño grupo de gitanos, que acampan. A través de gestos pide de la comida que se halla al fuego, pero los zíngaros se espantan y uno de ellos, en una fugaz pelea, acaba por herir con una antorcha al intruso. Esta secuencia no tiene acompañamiento musical alguno, lo que resulta ser, más que una búsqueda de realismo, una falencia; en ciertos instantes (la contienda, por ejemplo), se percibe una tensión y dinamismo exiguos.     

La criatura merodea por el bosque, cuando se detiene magnetizado por el sonido de un violín, proveniente de una choza cercana, dentro de la cual se encuentra un anciano ciego que interpreta el Ave María de Franz Schubert. El monstruo, luego de observarle escondido, entra con cierta violencia, sin embargo es recibido amablemente por el no vidente. Toda esta sección es acompañada sólo por el sonido diegético del violín, el que, además de resaltar la atmósfera de soledad y aportar cierto realismo, avanza algo de las ideas religiosas y dogmas que surgirán a lo largo de la escena; redención, caridad, piedad.

El ciego atiende al prófugo, percatándose de sus cicatrices y aparente mudez, tratándolo de manera amistosa y caritativa; le alimenta, le abriga y le consuela. A medida que la criatura es atendida se va sumando el mismo Ave María, aunque en forma paulatina y creciente, con notorio carácter eclesiástico (sólo con órgano), y como apoyo sonoro incidental. La escena lo amerita no sólo por la atmósfera antes descrita, sino que, además, por los diálogos: “…I have prayed many times for God to send me a friend” (“…he rezado muchas veces a Dios, para que me enviase un amigo”), reconoce el anfitrión y, más tarde y muy emocionado, agradece a Dios. El monstruo también libera algunas lágrimas.

Llegada la mañana ambos seres comparten algo de comida y el no vidente enseña a la criatura a fumar, a no temer al fuego y algunas palabras (pan, fumar, bueno, malo, amigo, beber). De improviso, y mientras el viejo interpreta un tema popular con el violín, aparecen dos cazadores, momento hasta el cual no hay apoyo musical alguno. Da inicio una pelea y la cabaña se incendia, no obstante todos lograr escapar. Aquí, Waxman retoma el apoyo sonoro, iniciando con el motivo del monstruo y continuando de inmediato con un tema breve, no obstante dinámico y tenso, que cambia repentinamente a una sonoridad infantil y suave, al surgir un grupo de niñas. Al toparse estas con el fugitivo en su huida, vuelve por un instante el tema dinámico y tenso.

Una elipsis y el monstruo deambula, ya de noche y gruñendo, por un cementerio. La escena es totalmente expresionista (fondos pintados con cielo y nubes oscuras, tumbas y crucifijos inclinados, efectos de sombra, un paisaje yermo, algo de neblina), y destaca el momento en que el ente derriba la estatua de un obispo, con lo que se revela una catacumba a la que accede, ocultándose y evitando así a una turba con antorchas y herramientas de siembra, como armas, que le persigue. La caminata por la necrópolis es apoyada musicalmente a través de notas largas, de baja intensidad, con maderas y cuerdas que arrastran un carácter sombrío y lánguido, muy apropiado para el paisaje. Por el contrario, al mostrar a la muchedumbre, la música varía a un tema dinámico y tenso, remarcando la idea de persecución. Dentro de la misma escena, y en el mismo espacio, Waxman remarca primero el tétrico ambiente físico y luego la saña de la multitud.

10. Dance Macabre / Danza macabra (2:10)

Dentro de la catacumba, el monstruo observa a Pretorius y dos secuaces (uno de ellos Karl, el ayudante de Henry Frankenstein), vulnerar la sepultura de una mujer y extraer el cadáver. La escena no tiene apoyo musical alguno, resaltando con ello los sonidos diegéticos de la acción; la conversación entre el doctor y sus ayudantes, el martilleo para abrir la lápida y el roce de ésta al ser removida.

Los asistentes se retiran y el doctor queda solo, tomando asiento y disponiendo, sobre una tumba y al costado de una calavera, una botella de vino, algunos alimentos y un par de candelabros. El monstruo, quien le ha observado desde su llegada, se acerca y es saludado e invitado por el científico, dando inicio a una charla. Entonces comienza la Danza Macabra, un tema musical que se matiza por las suaves variaciones del motivo de Pretorius, sobre un fondo instrumental sencillo y repetitivo, aunque bastante mecánico y algo curioso, muy apropiado para la gótica y excepcional tertulia. El apoyo sonoro no diminuye ni varía durante la conversación, hasta que la criatura pregunta a su anfitrión si puede construir un hombre como él, a lo que éste le responde: “No. Woman. Friend for you” (“No. Mujer. Amiga para ti”), escuchándose en ese instante, y sobre la misma base sonora, el sensual motivo de tres notas de La Novia. Una vez más, uno de los personajes centrales (sino el medular), aparece en pantalla de manera virtual, gracias al tema de Waxman. El motivo se repite un par de veces, luego de las cuales, y siempre con la misma armonía e instrumentación detrás, surge una de las más célebres frases del filme: “I love dead… hate living” (Yo amo a los muertos… odio la vida). La escena acaba con un primer plano del monstruo pronunciando las palabras “friend, woman, wife”, junto con un último motivo de La Novia, como cadencia final de la Danza Macabra.

11. Creation  /  La Creación (10:14)

Esta es la sección sonora más extensa de todo el filme, aunque antes de llegar a ella hay otras escenas musicalizadas, no consideradas en la grabación oficial de la banda sonora. Comienza junto con las imágenes del laboratorio instalado en la torre, en el que se dará vida a la criatura femenina (casi diez minutos después de la Danza Macabra), y con la llegada de Karl y el corazón que trae consigo, obtenido luego de asesinar a una mujer. Henry Frankenstein interroga al asistente, intentando averiguar como ha conseguido el órgano y, frente el nerviosismo de éste, Pretorius desvía la atención y el tema. La sonoridad reinante es un timbal que marca un débil pulso, clara alusión al corazón que trae el ayudante y por el que se produce un momentáneo instante de falacias; Frankenstein se engaña a si mismo, pues, producto de su constante inseguridad (ostensible durante todo el filme) y aparente contrición, duda de su sirviente y sabe que el órgano es producto de un crimen, sin embargo, se deja convencer por el científico más viejo, rápidamente y sin batallar; Karl miente al asegurar que ha pagado a un oficial por un cadáver, cuando la verdad es que ha asesinado por las mil coronas que le han prometido; Pretorius, una vez más en su rol mefistofélico, asegura que la versión del ayudante es cierta y que no se debe perder más tiempo, y, aunque también intuye la verdad, su arrollador deseo de crear una fémina es, de manera paradojal, enérgico y oportuno, como inexistente el reparo ante la muerte de otra. En este escenario sólo el tempo del timbal se mantiene perenne, símbolo axiomático, más que del órgano causante de tales contradicciones y autoengaños, de la vida humana.

Ingresa al laboratorio la criatura y, sobre la percusión mencionada, su motivo de cinco notas; con bronces, algo destemplado y redundado luego de algún gruñido o palabra. El monstruo es adormecido por Pretorius y comienzan los preparativos para la creación, asistidos por Ludwig, un segundo ayudante. El pulso del timbal continúa y sobre éste aparecen cuerdas altas y planas, con muy poco movimiento, aunque revisten cierta tensión. Tal atmósfera sonora es la que se mantendrá mayormente durante toda la escena, la que también destaca por la iluminación expresionista y los persistentes planos inclinados que utiliza Whale.

Una pequeña elipsis y aparece Karl, anunciando la tempestad que empieza a arreciar y que se precisa. Ambos científicos retiran la cubierta que resguarda una camilla, revelando la cabeza amortajada de un cuerpo; el momento es secundado por el motivo musical de la criatura femenina, sensual y misteriosa, de sólo tres notas en cuerdas altas. A partir de este momento el tema de La Novia no cesará de resurgir en esta sección, en ocasiones sustituyendo al timbal y su tempo constante, en otras sobre éste, alcanzando en ciertos instantes una atmósfera sonora impresionista. En toda esta Creación se producirá el sostén musical ya anunciado, además de variaciones de algunos temas con mayor tensión, mezclados principalmente con los sonidos diegéticos de la tormenta y de los aparatos del laboratorio; al subir la camilla con el cadáver a la atalaya, al desplegar las cometas que transmitirán el flujo eléctrico o al despertar el monstruo y lanzar a Karl desde las alturas.

Ya descendido el soporte que porta el cuerpo vendado (anunciado con redoble de timbales en una cadencia final), este muestra el movimiento de una mano y un quejido, a lo que los dos hombres responden retirando la venda que cubre los ojos, momento apoyado con un tenso tutti orquestal de un par de segundos, para, de inmediato, volver a escucharse en los labios de Henry Frankenstein la célebre línea: “She`s alive, she`s alive”.

La secuencia termina con otro momento culminante de la película (probablemente el mayor de todos), cuando, tras una rápida elipsis, se muestra a Elsa Lanchester introduciendo por primera vez las características del personaje que tornaría en otro ícono de las películas de terror de la Universal; vistiendo el largo y vasto camisón blanco, con movimientos rígidos de su cabeza, con suturas que no disminuían su pálida belleza y dos rayos blancos atravesando los costados del amplio y, aún hoy, popular peinado. Por supuesto, Waxman consigue robustecer tan importantes imágenes con su música; extendiendo el motivo de tres notas de la criatura femenina con gran despliegue instrumental, junto con un acompañamiento de campanas, muy ad hoc para la presentación que realiza Pretorius: “The Bride of Frankenstein”. El ambiente nupcial conseguido por el compositor, además del realce del tema musical de la protagonista femenina, son dos de los cimientos que convierten a esta escena en el verdadero clímax del filme.

12. Tower Explodes and Finale  /  Explosión de la Torre y Final (3:15)                  

El monstruo ingresa al laboratorio, su tema en bronces le anuncia, encontrándose con la criatura femenina. El ente desea comunicarse con la que cree será su compañera, acercándose y tomándole la mano. En esta toma se oye en pleno el motivo musical de la criatura femenina como una cadencia, al final de la cual ella le resiste, gritándole y apartándose. Un creciente redoble de timbales advierte de la decepción e ira que germina en el rostro del rechazado, anticipando además el cercano desenlace. La acción se acelera; a las puertas de la torre arriba Elizabeth, quien clama por Henry; este último protege a la creación femenina y Pretorius es acosado por el ente, el que se posiciona de una palanca que, al bajarla, destruirá la atalaya. Waxman impulsa la escena, de rápido montaje, acrecentando el acompañamiento sonoro, tanto en intensidad como en densidad, y llegando a la explosión de la torre con el motivo del monstruo repetido de manera continua en bronces. Al mostrar a la pareja de Valerie y Henry, que observan la destrucción desde una altura, se percibe la cadencia del motivo de la criatura femenina, con una larga nota final de toda la orquesta y toque de timbales.


El Festival de Música de Los Angeles y La Canción de Terezín

Si bien Franz Waxman será recordado por sus bandas sonoras y como uno de los padres de la música de cine, compartiendo honores con Steiner, Tiomkin, Newman y Korngold, es de justicia reseñar su labor en otros ámbitos musicales y humanitarios.

Fue un difusor y defensor de la música docta en general, siendo invitado, de manera constante durante su carrera, a dirigir orquestas en Europa y Estados Unidos y a componer música de concierto, sobresaliendo en esta última: la “Fantasía Carmen”, sobre la base de temas de la obra de Bizet; la “Obertura para trompeta y orquesta”; y la “Sinfonietta para orquesta de cuerdas y timbales”.

En 1947, creó, organizó y dirigió el Beverly Hills Music Festival, que en 1949 cambió de nombre a Festival de Música de los Ángeles, en el que demostró una gran visión y sapiencia, al aunar, dentro de los mismos programas, obras maestras clásicas con estrenos y a compositores clásicos con contemporáneos. Es así como se estrenan, en Estados Unidos, obras de Britten (Réquiem de Guerra, 1964), Honneger (Preludio, Arioso y Fugehetta sobre el nombre de BACH, 1951; El Rey David, 1952; Sinfonía número 5, 1952), Stravinsky (Edipo Rey, 1954; Canticum Sacrum, 1957; Agon, 1957) y otros. En este festival se dieron cita los más grandes compositores, intérpretes y directores de la época, tanto de la música docta tradicional como de la música de Cine, en una amalgama desbordante de talento y excelsitud musical pocas veces vista.

A mediados de la década de 1960, y a pesar de que ya no creaba para el cine ni en la cantidad que solía hacerlo para otros géneros, Waxman compuso una de sus obras más importantes, pero no por los premios o mercedes económicas que ésta le pudo retribuir, sino por el significado humanitario que envolvió: La Canción de Terezín. Esta obra, un oratorio, se basaba en poemas escritos por los niños judíos encerrados en el ghetto de Terezín, en República Checa, durante la Segunda Guerra Mundial. Franz Waxman la estrena en 1965 en Estados Unidos y dos años después, el 24 de febrero de 1967, muere el compositor en Los Ángeles, California. Casi cincuenta años más tarde, en 2004, la obra es interpretada por primera vez en Praga, asistiendo en esta ciudad una de las niñas autoras sobrevivientes, Alena Munková-Synková, y el hijo del músico, John Waxman.