En este mundo absurdo, el delito es amar

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 06-11-2010

ajamiPor César Iturra

Al parecer, una tierra tan conflictiva como Israel es más que capaz, a pesar de sus conflictos étnicos y religiosos, económicos y culturales, de producir un cine que acapara premios en cuanto festival se presenta, además de hacerse con nominaciones a los Oscar para competir como película de habla no inglesa casi todos los años.
De hecho, los tres últimos años esto ha ocurrido; el 2008 con “Beaufort”, el 2009 con “Vals con Bashir” y este 2010 con “Ajami”. Esta última, dirigida por Yaron Shani y Scandar Copti, judío y palestino respectivamente, viene a ser un producto de diversos frentes culturales, una historia marcada por la convivencia y el enfrentamiento de las distintas sensibilidades, integradas en un todo por ambos realizadores.
Ajami es uno de los barrios más duros la ciudad de Jaffa, en Israel. Omar y su hermano pequeño Nasri son el objetivo de la venganza de un clan criminal después de que su tío disparase a uno de sus miembros. La venganza puede terminar, pero es cara y Omar necesita juntar una gran cantidad de dinero de forma rápida. Malek trabaja de forma ilegal en un restaurante y también necesita dinero para poder pagar una operación a su madre. Dando es un policía israelita obsesionado por la desaparición de su hermano soldado en manos palestinas. Los tres conviven en la misma zona y sus historias se entrecruzan inevitablemente.
En su voluntad documental, que viene siendo casi una constante en el cine mundial hace varios años y con muchos ejemplos, independiente de las latitudes, géneros, historias o lo que sea, el filme nos conduce por una ciudad devastada, teñida por sangre, paralizada por el miedo, pero donde los personajes se mueven por un acto de amor, ya sea a una mujer de distinta religión, el amor por el hermano que lucha por su liberación, por el de la madre enferma, por el hermano desaparecido o por una creencia, sea cual sea. Será el amor, como fuerza motora, el que extraerá lo mejor de cada personaje, pero también lo peor.

Gracias a las distintas herencias culturales de los directores, éstos logran desarrollar una historia en la que conviven árabes, judíos y cristianos, sin representar una sociedad vista desde un particular prisma. Lo que importa es la historia y poder desplegar los diferentes hilos narrativos sobre una situación social, más que hacer lecturas meramente políticas; no reside acá el asunto.
A través de los ojos de diversos personajes y gracias a su original estructura narrativa, experimentaremos viajes por distintos tiempos y seremos testigos de los estragos que ocasiona esta lucha territorial motivada por la religión, pero sin el objetivo de dejarnos acorralados en aquella situación.
Gracias a lo audaz de su montaje y su frenetismo, siempre bajo el telón de fondo de dolor y violencia, vamos en busca de una interpretación más elevada, que guarda relación con la condición humana, con nuestros comportamientos y sentimientos a consecuencia de esos actos violentos.

La desoladora violencia en las calles de Ajami.

La desoladora violencia en las calles de Ajami.

No se trata de simplemente mostrar atentados, sino cómo todo ello convive con la cotidianidad y cómo esto se funde con el temor constante de la gente, de sus vidas sombrías, áridas, que son entrelazadas en cinco historias expuestas en distintos arcos temporales y que vienen a convertir lo cotidiano en una constante tragedia, en un dolor punzante e inevitable, pero queramos o no, fiel reflejo de la realidad.
El cine israelí tiende a interiorizar el terrible conflicto que asola el país. Otras naciones también lo hacen, guardando las proporciones, con sus respectivos dramas: Brasil con “Ciudad de Dios” o Italia con “Gomorra”. Filmes que, en definitiva, nos vienen a decir que si existe algo que necesitan las cinematografías emergentes que narran historias inmersas en sus conflictos (países en guerra, ciudades ocupadas, poblaciones devastadas por la delincuencia), es la imposición de una mirada que no sea sesgada y que, por el contrario, sea capaz de meterse de lleno en la descripción de lo real y dejando los juicios morales al espectador.
He aquí otra belleza del cine: hacernos partícipes, cómplices, permitirnos reflexionar sobre temas que nos afectan a todos.
Entonces, la virtud de “Ajami” es que no desgasta su par de horas en indagar sobre posicionamientos políticos, orígenes de los enfrentamientos religiosos o razones de la condición en que se encuentran ciudades como Ajami. Su virtud es que conforma un potente retrato de vidas basadas en el temor y que nos pone ante preguntas sobre la identidad y hacia dónde vamos con todo el maldito conflicto.
Una gran película, originalmente armada, contada desde las entrañas, tratada desde el temor y la desolación, sentida desde la desesperanza. De hecho, como antecedente definitorio en relación a la visión de los directores, tiene que ver con que si existe un mínimo esperanzador, encarnado en el rol del niño Nasri como visionario y protector, como símbolo de lucha por un mundo mejor, aquel mínimo simplemente llegará a cero producto de un hecho crudo y descorazonador, que cierra el círculo, pero no la herida. Como la vida en poblaciones, como la vida en Ajami, como la vida misma.

Título: “Ajami”.
Dirección y Guión: Scandar Copti y Yaron Shani.
País: Israel y Alemania.
Año: 2009.
Duración: 120 minutos.
Interpretación: Fouad Habash, Nisrine Rihan, Elias Saba, Youssef Sahwani, Abu George Shibli, Ibrahim Frege, Scandar Copti, Shahir Kabaha, Hilal Kabob y Ranin Karim.
Disponible en: DVD.

La ropa sucia… no se lava en la sala de clases

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 24-10-2010

elmurosPor César Iturra

Por estos días, se agudiza la crisis en Francia: los noticiarios revelan imágenes de caos, las huelgas están afectando a distintos sectores del comercio y, sobre todo, al pueblo. Sumémosle la historia ya conocida de conflictos raciales, agravados recientemente con la expulsión de gitanos, en fin, multitudes que salen en protesta, expresiones que invitan a no callar el grito, a pelear por lo justo.
Todos debemos tener aquella lista interminable de películas que guardamos en nuestro estante sin aún ser vistas, pues bien, a raíz de lo que les comentaba, terminó de despertar mi curiosidad y puse play a una película de la cual tenía muy buenas referencias. No necesariamente por seguir una temática en relación directa con lo mencionado, sino más bien porque soy un convencido de que una de las bellezas del cine tiene que ver con que siempre, conciente y/o inconscientemente, las películas llevan implícitas y/o explícitas ideas, emociones o sensaciones del tiempo, lugar o espacio en el que se realizaron y así, detrás de ellas, hay siempre ideales, personas, pueblos.
Barriendo con el glamour, la celebridad y las superproducciones, el filme francés “Entre los muros” se alzó con el premio mayor en el Festival de Cannes del año 2008. Más que las memorables actuaciones, el poder del montaje o la efectividad de sus textos, se trata de su adorable simpleza y del cándido efecto que consigue como un todo, como una realidad.
Laurent Cantet, el director de “Recursos humanos” (1999) y “El paso del tiempo” (2001), en esta oportunidad establece una mini sociedad con François Bégaudeau, profesor de Lenguaje y quien escribió a partir de su experiencia esta historia, y además la protagoniza en conjunto con sus alumnos. Nos instalamos en la sala de clases de una escuela de un barrio obrero y multiétnico parisino, que nos invita a reflexionar acerca de los fundamentos de ser profesor y de ser alumno. Ahora bien, más que eso, aquel microcosmos que se quiso crear en cada escena plantea tan claramente un paralelo con la ciudad, en este caso París, aunque se aplicaría perfectamente a Barcelona, Nueva York, Rio de Janeiro o Santiago, cada urbe con sus propias particularidades y diversidades. Odié el colegio por su forma y sistema, pero amé la diversidad que allí existía y el espíritu que allí se generaba.

En este falso documental, todo está diseñado y direccionado para alcanzar un grado alto de realidad. La cámara una vez que entra entre los muros del aula, difícilmente va a salir; más aun, ahoga, asfixia, contrae, la utilización de planos cerrados todo el tiempo nos reseña a la idea de lo carcelario, donde al final de las pocas escenas que tiene la película, siempre se escapará un suspiro de desahogo, de liberación, de calma. Las escenas están tratadas de tal forma que la tensión no amaina, sino que se eleva cada vez más y nosotros, los espectadores, vamos subiendo de intensidad junto a los personajes, viaje que terminará, casi siempre, en una explosión, en una catarsis. Como dato, en la película se trabajó con actores que, si bien no eran profesionales, al estar Cantet trabajando con ellos durante un año, cada uno pudo poner su impronta al respectivo personaje y no cabe duda de que lograron grandes resultados: siento que es de los aspectos mejor trabajados, minucioso, riguroso, hermoso.
“Entre los muros” trata de una “contención”, de la emoción contraída al límite, de una sociedad que se siente amenazada, donde todos son ajenos, incluso los franceses, donde no hay opción de elegir el camino del medio, sino de defender y/o atacar. El aula es espejo de una sociedad marcada por los problemas ligados a la inmigración, diferencias lingüísticas, culturales, religiosas, emocionales. Allí los docentes se encuentran en la disyuntiva entre el deseo de atender y entender las demandas de los alumnos y la necesidad de enseñar ciertos contenidos disciplinares y de cumplir con las exigencias institucionales; he aquí la dificultad, porque el ritmo de cambio no se adecua fácilmente a lo que ocurre más allá de los muros, desde el mundo en el que deben vivir sus vidas, la vida de verdad.
Olvidémonos del optimismo y facilismo de películas como “Mentes peligrosas”, de John N. Smith, o de la imagen que proyecta Truffaut con “Los 400 golpes” en relación a una institución altamente inflexible y severa, o la idea de Richard Brooks en “Semilla de maldad” para reflejar la clásica historia de la imposición sobre las rebeldías “sin causa”. En “Entre los muros”, los conflictos nunca se resuelven de manera definitiva. Cantet rechaza la idea fácil de la educación como salvación social y opta, sin ser meloso, por la esperanza de la integración, camino representado por el personaje del profesor. Acudimos a una metáfora social bien tejida y que, en sus hilos, arroja verdades sociales y trazos de genuina humanidad, que el cine actual pocas veces puede ofrecer.
“Entre los muros” juega con la idea de un universo paralelo que aparenta ser limitado, arbitrario, disciplinado y que, sin embargo, se consolida como fiel espejo de lo que sucede allá afuera, en el seno de una sociedad definida por limitaciones, arbitrariedades y sanciones que funcionan como consecuencia a un sistema en crisis. Es cierto, más allá de los alumnos y de los profesores, nadie más sabe qué sucede exactamente en la escuela, pero hace algún tiempo también fuimos alumnos, también estuvimos entre los muros y cada uno, con sus distintas experiencias, sabemos cómo funciona.

Título: “Entre los muros”.
Dirección: Laurent Cantet.
País: Francia.
Año: 2008.
Duración: 125 minutos.
Intérpretes: François Bégaudeau, Nassim Amrabt, Laura Baquela, Cherif Bounaïdja Rachedi, Juliette Demaille.
Dirección: Laurent Cantet.
Guión: Laurent Cantet, François Bégaudeau, Robin Campillo.
Fotografía: Pierre Milon, Catherine Pujol, Georgi Lazarevski.
Montaje: Robin Campillo, Stéphanie Léger.
Disponible en: DVD.

El alucinante aprendizaje de una adolescente

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 29-09-2010

an_education2Por Claudio Abarca

El tránsito de la adolescencia a la adultez considera un período difícil para toda persona: queremos hacer “cosas de grande” pero hay reglas en casa por obedecer, reivindicamos el derecho a pensar por nuestra cuenta a pesar de que los padres todavía esperan modelar los sueños y las ideas, y estamos abiertos a vivir experiencias nuevas aun a riesgo de que éstas nos dañen.
Es ése uno de los temas centrales de “Enseñanza de vida” (”An education”), película del año 2009 basada en un relato autobiográfico de la periodista Lynn Barber y cuyo guión pertenece al conocido escritor Nick Hornby, el mismo de la novela “Alta fidelidad”, llevada al cine por Stephean Frears con John Cusack en el rol protagónico.
En esa representación, la de la adolescente que desborda pasión por la vida y el arte, y que quiere despojarse de las ataduras que le significan su monótona vida hogareña y su formación en el colegio, la cinta -dirigida por la danesa Lone Scherfig, la de “Italiano para principiantes”- ofrece su mejor rendimiento.
Ello, porque el filme nos permite acompañar a Jenny (Carey Mulligan), una inteligente y bella joven británica de 16 años que, en 1961, parece destinada a continuar sus estudios en la distinguida Universidad de Oxford. Un personaje fresco, intenso y que en cada mirada parece descubrir algunos de los aspectos más maravillosos de la vida: el romance, la música que empezaba a sonar en aquella década, los viajes, la aventura. Scherfig acierta plenamente al capturar la mirada vívida, luminosa e inquieta de Jenny, quien descubre un mundo nuevo de la mano de David (Peter Saarsgard), un hombre de 35 años y del que poco sabe.
En esos planos, donde Jenny hace evidente su deseo de “devorar” el mundo, el filme brinda algunos de sus momentos más hermosos: bastan la mirada y la sonrisa de Jenny para conectarnos con ella y querer volver a ese período de la vida.
Pero el personaje es más que su asombro y sus nuevas experiencias. Es también rebeldía e inteligencia, porque Jenny, aun en una época en que el hogar y el colegio imponían estricta obediencia a patrones de conducta, tiene la claridad y el desparpajo necesarios para plantear -con convicción y buenos argumentos- sus propios puntos de vista, aunque éstos revolucionen el entorno educativo y las reglas en casa.
Reside, al respecto, otro mérito del filme. El “nuevo mundo” que Jenny descubre es de colores vivos e intensos, y es representado a veces en encuadres menos formales, como el que Scherfig emplea para mostrarnos a Jenny y David tendidos sobre el césped en París. La cámara se revela más lúdica e inquieta para dar cuenta de todo lo que ahora maravilla a la joven.
En cambio, el entorno tradicionalista y rígido de la escuela y del hogar, sobre todo de este último, es mostrado a través de encuadres y colores más conservadores.

De modo que “Enseñanza de vida” brinda un muy bien logrado contrapunto entre los dos entornos en que se mueve Jenny, entornos que en un momento se vuelven incompatibles, lo que la lleva a tomar una radical decisión.
Aun mejor es el retrato de la protagonista, porque es un personaje encantador, tierno, cándido, y a la vez provisto de carácter e integridad. En síntesis, un personaje complejo, tan complejo como los años sesenta: una época en que se deja atrás ciertos convencionalismos para abrazar ideas nuevas, frescas, y sobre todo para abrirse a experiencias estimulantes en la vida, la educación, la política y el arte.
El pertinente trabajo de vestuario y en el arte del filme, la sugerente y apropiada banda sonora, y los efectivos diálogos, permiten a Scherfig configurar un filme hermoso, fresco, tan atractivo y luminoso como su protagonista.
Quizás se haya equivocado en cómo filma y monta el desenlace de la historia, pues queda la sensación de que la tristeza, la desilusión, el aprendizaje y la recuperación de Jenny pudieron narrarse sin tanto apresuramiento. Aun así, “Enseñanza de vida” cautiva y nos permite concluir algo que no se puede decir de muchas películas hoy: que no sólo es un pertinente punto de partida para la reflexión y la conversación, sino también un honesto y sentido viaje por un período alucinante de una joven, un viaje del que -a pesar de los avatares- quisiéramos ser protagonistas.

Dirección: Lone Scherfig.
País: Inglaterra.
Año: 2009.
Duración: 95 minutos.
Interpretación: Carey Mulligan, Peter Sarsgaard, Alfred Molina, Cara Seymour, Dominic Cooper, Rosamund Pike, Olivia Williams y Emma Thompson.
Guión: Nick Hornby.
Fotografía: John de Borman.
Música: Paul Englishby.
Disponible en: DVD.

¿Guerra de los sexos otra vez? No, por favor no

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 27-08-2010

theuglytruthPor Claudio Abarca

Cuando en una película se apuesta por lógicas trilladas, como es el caso de la “guerra de los sexos”, el camino se pone cuesta arriba y el desafío es mayúsculo: ofrecer un relato original, que le dé una “vuelta de tuerca” al tópico. O, al menos, concebir un filme donde cada pieza está inteligente y eficientemente trabajada y pulida, de modo que al verlo nos quedemos con la sensación de que la hora y media o dos horas no han sido perdidas.
Para ello, un cineasta puede echar mano a la ironía, la sátira, o bien hacer una propuesta que cumpla con lo esencial: un guión ágil y chispeante, protagonistas carismáticos y con química, y una dirección eficaz.
Desafortunadamente, en “La cruda verdad”, Robert Luketic (”Legalmente rubia”, “21″) pone acento en el chiste que va de la cintura hacia abajo y desperdicia la llamativa disparidad entre la mujer y el hombre que protagonizan la historia.
Las diferencias de Abby y Mike, los personajes que llevan la historia, son evidentes: ella, productora de un matinal televisivo, es perfeccionista, neurótica y soñadora: quiere encontrar a un buen hombre que la ame y que cumpla con al menos ocho de los diez requerimientos de la lista que ha establecido para la pareja ideal. Él, en cambio, parece simplemente “vivir la vida” y, sobre todo, no cree en el romance. Esta cínica y descarnada visión la proyecta cada noche en “The ugly truth” (”La cruda verdad”), un programa de televisión nocturna donde habla con mujeres y les hace ver la extrema simpleza de los hombres: lo que ellos básicamente buscan es tener sexo con ellas.
La baja sintonía del espacio que Abby produce llevará a sus ejecutivos a contratar a Mike, quien llega a desordenar los esquemas no sólo del programa sino también de ella.

El guión no sólo enfrenta y reúne a Abby y Mike, sino que además los vincula de una singular manera: él, inicialmente rechazado por Abby por su grosero lenguaje y cínica mirada de las relaciones, la convence de apoyarlo si él logra que un médico por quien la periodista se siente atraída se fije en ella.
Como era de esperar, Mike lo consigue y, a medida que el romance entre Abby y el médico va avanzando, la productora y el panelista comienzan a sentir algo especial el uno por el otro.
No es una historia particularmente original, pero al menos cada personaje tiene características que los hacen atractivos y opuestos.
El problema es que esa disparidad no se traduce en un tratamiento visual que dé cuenta de ella o en un guión ágil y creativo. No se trata de añorar al maestro Howard Hawks, genial para sostener en rapidísimos diálogos la hilaridad y el disparate (es cosa de ver “Luna nueva”, con Cary Grant), pero al menos uno espera una dirección más atrevida con la cámara o, derechamente, mayor atención a las escenas de Abby y Mike, bastante predecibles y, peor aun, carentes de agudeza.
Ni siquiera Katherine Heigl, nuevamente creíble en el rol de la bella y soñadora mujer perfeccionista y muy profesional que ya representó en “Ligeramente embarazada”, salva de la puerilidad a la apuesta de Luketic, que sólo entretiene con un par de chistes.
Una apuesta errada y, sobre todo, con un excesivo e inexplicable acento en la grosería.

Dirección: Robert Luketic.
País: Estados Unidos.
Año: 2009.
Duración: 96 minutos.
Interpretación: Katherine Heigl (Abby) y Gerard Butler (Mike).
Guión: Nicole Eastman y Karen McCullah Lutz & Kirsten Smith, basada en una historia de Nicole Eastman.
Fotografía: Russell Carpenter.
Montaje: Lisa Zeno Churgin.
Música: Aaron Zigman.
Disponible en: DVD y, por estos días, el canal HBO en la TV cable.

“Mátame suavemente”, un ridículo thriller erótico

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 23-08-2010

killingmePor Claudio Abarca

Alice es una hermosa joven estadounidense que vive en Londres junto a su pareja y trabaja como diseñadora de web y software. Adam es un enigmático y heroico montañista británico que hace un par de años perdió a su novia en una expedición.
Una vez que Alice lo conoce, cae irremediable y obsesivamente rendida ante Adam, cuyo apasionado carácter y magnetismo sexual enamoran a la mujer. Esta abandona a su pareja y se casa con Adam, pero al corto tiempo las cosas se complican porque empieza a recibir cartas y mensajes sobre el pasado del deportista, los que la harán sospechar e indagar en la vida de su ahora marido.
Quizás dicho argumento no sea malo, pero el guión lo hace ver ridículo y nos conduce por un relato predecible.

Eso es lo que ocurre con “Mátame suavemente”, película dirigida por el prestigioso cineasta chino Chen Kaige (”Adiós a mi concubina”), en su primera incursión en el cine de Hollywood.
El problema es que ocurren otras cosas: aun contando con actores carismáticos que cuentan con más recursos expresivos que los que podemos apreciar en esta cinta (Joseph Fiennes y Heather Graham), los vemos reducidos a representaciones patéticas y estereotipadas: ella, la clásica rubia inocente -a ratos tonta-, y él, el hombre rudo, perturbador, misterioso, con una compleja historia anterior, que es la que desencadena el conflicto y el suspenso.
Dos personajes rígidos, que no conmueven y con los que es muy difícil identificarse. Menos aun si lo que hacen y cómo lo hacen es tan falso: en una escena, Alice sale a buscar a Adam a su casa, no lo encuentra, y entonces la vemos caminar y esperar bajo la nieve… vestida con una cortísima falda. No se cree, pero Kaige insiste en subrayar el temporal desconsuelo de Alice mostrándola por largos segundos caminar en la helada noche con un vestuario inapropiado.
Lo mismo sucede cuando, para revelar la violencia potencial de Adam, nos lo muestran casualmente a metros de Alice justo en el momento en que un tipo roba la cartera a la mujer. El hombre atlético-vigoroso-fuerte logra atrapar al ladrón tras correr como Usain Bolt y entonces le propina una golpiza de aquellas. Llega la policía, pero qué importa que casi lo haya matado, porque el hecho es dejado atrás y no se explica qué sucedió con el caso. Acá no ha pasado nada, parece decirnos el director.
Joseph Fiennes se muestra particularmente incómodo con este rol, porque la cara de enigmático-complejo-perturbado-rudo-viril le dura casi todo el filme y sólo contribuye a configurar un personaje para el olvido.
La mala música empleada (sonsa, melosa, redundante), un montaje que carece de buen ritmo para un thriller erótico como éste, y la absoluta falta de espontaneidad y de genuina intensidad en los momentos donde se supone debe haber mayor complicidad entre los protagonistas (incluyendo las escenas de sexo), no hacen más que poner la lápida a esta película, que no logra seducir ni atrapar, y que más bien parece la parodia de una cinta de suspenso.

Dirección: Chen Kaige.
Año: 2002.
País: Estados Unidos.
Duración: 100 minutos.
Interpretación: Heather Graham, Joseph Fiennes, Natascha McElhone.
Guión: Kara Lindstrom, basado en la novela de Sean French.
Fotografía: Michael Coulter.
Montaje: Jon Gregory.
Música: Patrick Doyle.
Disponible en: DVD.

La delgada línea entre el juicio y la locura

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 05-07-2010

damahonor1Por Claudio Abarca

Philippe es un joven de 25 años que está contento con su trabajo, se preocupa por los excesos de su hermana menor (Patricia), admira a su madre (Christine) y, sobre todo, parece querer llevar una vida tranquila y donde la responsabilidad es una premisa ineludible.
En la boda de Sophie, su otra hermana, conoce a Stephanie, una de las damas de honor, prima del novio y quien se hace llamar Senta.
El hombre juicioso, que viste de modo tradicional y con gran apego a la familia, en síntesis, un hombre regular, vivirá entonces una sutil pero no menos reveladora e importante transformación.
Senta, aparentemente actriz y modelo, no es una mujer usual y se obsesiona enseguida con Philippe. Él no queda ajeno a su atractivo: en pocos días, se siente atrapado por la misteriosa joven, muestra un comportamiento algo confuso y errático, e incluso viste levemente distinto. Se ha permitido alterar la rutina de sus días y se ha abierto a la aventura, pero al mismo tiempo se ha encerrado en el turbado, sensual y enigmático mundo de Senta.
El mundo de Philippe es un mundo como el de muchos: el de la normalidad, el de una familia de esfuerzo, una madre cariñosa, la rebeldía de una hermana menor, la seriedad y el compromiso en el trabajo, una boda como cualquier otra en un pequeño local.
Por eso la irrupción de Senta no puede sino cambiarlo todo: es el personaje ideal para instaurar, como es marca registrada en el cine de Claude Chabrol, el enigma, el extravío y, finalmente, el crimen.

En tal sentido, “La dama de honor” es una película con el sello argumental del maestro francés: cuando el ambiente y los personajes parecen indicar apaciguamiento y normalidad, surgen la intriga, el crimen y el mal para complicarlo todo y dar cuenta de un enrarecido ánimo en la historia y los protagonistas.
Sin duda, la historia de este filme, basada en la novela de Ruth Rendell, es interesante y proporciona dos personajes protagónicos complejos, un material que Chabrol aprovecha lúcidamente para brindar un relato entretenido y seductor, que va desvelándose sin caer en apresuramientos.
Pero, a fin de cuentas, se trata de una historia convencional sobre el desbarajuste que el misterio, la seducción y la locura provocan en seres y mundos monótonos.
Entonces, las dos mayores virtudes del filme residen, a nuestro juicio, en la descripción de ese regular y seguro mundo personal, familiar y laboral, así como en la configuración de un conflicto que no es tan evidente: el ordenado Philippe enfrentado a la ambigüedad moral y la posibilidad de dejarse llevar por el deseo y la obsesión, aun a riesgo de ser cómplice de un crimen. El deber ser ante el deseo y la tentación.
Chabrol prescinde de personajes secundarios de la novela y también de la inestable historia previa de Philippe en sus trabajos, para concentrarse en lo medular: el retrato de una familia tradicional y la tensión que supone la relación del joven con Senta, cuya irrupción desatará la confusión, el extravío y el inesperado final. Esto, porque dicho retrato sirve muy bien al propósito de reforzar el sentido de estabilidad y seguridad que tiene la vida de Philippe, y así acentuar su turbación a partir del encuentro con la intrigante dama de honor.
El cineasta francés se muestra fino e inteligente para describir el mundo familiar, laboral y hasta psicológico del joven, y también el de Senta. Para ello, se vale de significativos detalles, como el oscuro cuarto donde duerme la enigmática mujer, situado en el subsuelo de una mansión: la representación de intenciones retorcidas, de una mente enferma y de una vida que está al margen de la normalidad, es un gran punto a favor de Chabrol en la elección y la ambientación de dicha guarida.
Objetos como el busto que la madre de Philippe había obsequiado a un pretendiente que deja de llamarla, y que el joven rescata para ponerlo en su dormitorio y desarrollar con él un extraño vínculo fetichista, y la efectiva caracterización del protagonista a través de su vestuario formal y ordenado, y de su forma de llevar el cabello (propia de un buen tipo al principio, más abierta una vez que conoce a Senta), son elementos que contribuyen a la refinada descripción de lo que pasa con el ánimo y la mente de Philippe, y que dan cuenta del depurado dominio de la descripción y la representación en Chabrol.
El realizador galo filma con particular buen gusto y sofisticación, y consigue así perpetrar con gran eficacia el ejercicio de cinismo que importa este relato. Porque, detrás de la regular cotidianeidad y de un mundo donde aparentemente nada podría conducir a manifestaciones del mal, laten mentiras, obsesiones, pasiones enfermizas y locura.
El tránsito de la normalidad a la turbación y la demencia es filmado, entonces, con la sutileza que caracteriza a Chabrol.
“La dama de honor” es un fino traje cuyas costuras no se notan y que ofrece, más que un thriller, un acertadísimo retrato de personajes y ambientes, y un muy bien logrado ejercicio de estilo a partir de la delgada línea que separan a la corrección y el juicio de la obsesión y la locura.

Dirección: Claude Chabrol.
Países: Francia y Alemania.
Año: 2004.
Duración: 110 minutos.
Interpretación: Benoît Magimel (Philippe), Laura Smet (Senta), Aurore Clément (Christine), Solène Bouton (Sophie) y Anna Mihalcea (Patricia).
Guión: Pierre Leccia y Claude Chabrol, basado en la novela de Ruth Rendell.
Fotografía: Eduardo Serra.
Montaje: Monique Fardoulis.
Música: Matthieu Chabrol.
Disponible en: DVD.

“Precious”: un golpe de realismo

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 17-05-2010

precious20091Por Verónica Henríquez

Definida por muchos especialistas como “la sorpresa del 2009″, la cinta “Precious”, del director Lee Daniels, narra descarnadamente la historia de una joven negra de 16 años abusada por su padre, maltratada por su madre, víctima de un analfabetismo que la aísla y una obesidad que la aleja irónicamente del adjetivo que constituye su apodo: “Preciosa” (al menos físicamente y dentro de los cánones de belleza que todos, incluida ella misma, manejamos).

Está basada en el libro “Push”, de la controvertida escritora afroamericana Shapphire, quien no posee más obra editada que esta historia de vida extraída de su experiencia y que Daniels llevó a la pantalla grande con no poco reconocimiento de público, críticos, festivales y premios (Toronto, Sundance, Spirit, Oscar, Globos de Oro…).

Más allá de lo impactante que resulta asistir como espectador a la desgraciada vida de la joven protagonista (bien encarnada en la novata actriz Gabourey Sibide), lo que realmente remece es la sensación de impotencia que produce analizarla.

La historia se contextualiza en el Harlem norteamericano de 1987, en las postrimerías del período Reagan. Por entonces, era iluso pensar siquiera en soluciones o intentos de soluciones para situaciones como el sida, la inclusión de minorías sexuales, la integración afroamericana o los derechos de los inmigrantes. Y todos esos temas coexisten en la película, narrada a modo de documental (lo que contribuye a hacerla creíble y a potenciar la sensación de voyerismo que a todos afecta cuando curioseamos en el drama ajeno) y con aciertos fotográficos al momento de diferenciar los espacios físicos y sicológicos en que la acción se desarrolla.

Ejemplo de ello es la atmósfera oscura y agobiante de la casa materna de “Precious”, donde se desencuentran a diario ella y su desagradable madre (magistralmente interpretada por Mo’Nique, premiada como mejor actriz de reparto), la joven es violada por un padre del que sólo se perciben el brillo de la piel sudorosa y la brutalidad de su embestida constante, y la vida transcurre irritantemente en una rutina triste y desgraciada, sin posibilidad de salida y fatalmente cercana a realidades demasiado latentes -y patentes- en la cotidianeidad.

Contrario a este ambiente aparecen los espacios donde la chica es relativamente feliz y se siente acogida. En estos, el tratamiento de la luz, la definición de imagen y el aspecto de las locaciones se aleja de la oscuridad sucia de la casa original de la protagonista: la escuela especial donde es destinada a completar su educación, el hospital donde da a luz a su segundo hijo o la casa de la profesora Rain (personificada por la actriz Paula Patton), donde va a parar en un momento crucial de la historia.

La relación de “Precious” con su maestra es especialmente importante por varias razones. Una es que revisa los prejuicios sociales respecto de la homosexualidad (”No fueron los homosexuales los que me violaron”, dice a su madre en un momento de la historia). Otra es que replantea el valor de la educación y el rol del verdadero profesor, aquel que muestra un camino de desarrollo de la propia vida más que sólo un saber específico. El buen maestro parece ser, en la piel de la profesora Rain, aquel que experiencia su vocación como eje y motor de vida y la humaniza considerando al estudiante antes que todo como el ser humano que es; con su luz y oscuridad, sus bemoles, su historia y posibilidades. Con su vida.

Una vida que, en el caso de “Precious” y al menos en la primera mitad de la película, matiza su tragedia con quiebres evasivos en que se ve a sí misma hermosa, deseada, admirada, feliz y valorada. Quiebres que desencajan a quien observa, pero que a ella posibilitan “no sentir” y alejarse momentáneamente de la realidad dramática y cruda que la sacude sin tregua y de la que no parece haber otro modo de escapar.

La película muestra a Lenny Kravitz y Mariah Carey en roles pequeños pero importantes; esta última muy sencillamente caracterizada y personificando a la trabajadora social que encarna al sistema, con todos los tintes de dureza y burocracia que éste implica. Ella pasa por el asombro ante una situación que parece falsa de tan dolorosa, la tensión de encuentros en los que es necesario (pero no fácil) hacer que la verdad de la situación que afecta a Precious salga a la luz, la sorpresa ante su resistencia tenaz y finalmente la cercanía de su relación, inevitable dadas las características de la protagonista.

Porque Clarisse “Precious” Jones es realmente “Precious” y, aunque al comienzo de la película el lenguaje visual utilizado y su propia imagen provocan rechazo (sobre todo en las escenas en que se la ve comiendo y cocinando alimentos; siempre con grasa, siempre en exceso), se acaba entendiéndola y sorprendiéndose con el cambio al que accede mediante su transformación en un ser social capaz de asumir su afectividad, de mirar atrás y a la vez dar un paso adelante tan decisivo como arriesgado: un paso en que da cuenta de que en algún momento del filme, casi sin que lo notáramos, se ha convertido en una mujer capaz de construir autónomamente su dignidad.

Habrá quien critique el exceso de tragedia que cruza la película de principio a fin, pero ¿podría alguien dudar de que historias como esta nos rodean y conforman la narrativa subyacente de nuestra realidad social? Paralelo al cine de entretención, al cine arte y al dibujado por la industria, fluyen propuestas independientes que vienen a recordarnos que no todo es fantasía y que casi siempre las historias que tenemos cerca (y que nos esforzamos por ignorar) son las mejores lecciones de resiliencia, análisis social, humanidad y verdad que podemos asimilar.

En la pantalla y a partir de un libro. Pero no por eso menos reales.

 

Dirección: Lee Daniels.
País: Estados Unidos.
Año: 2009.
Duración: 109 minutos.
Interpretación: Gabourey Sibide (”Precious”), Mo’Nique (Mary), Paula Patton (profesora Rain), Mariah Carey (señora Weiss) y Lenny Kravitz (enfermero John).
Guión: Geoffrey Fletcher, basado en la novela de Sapphire.
Fotografía: Andrew Dunn.
Montaje: Joe Klotz.
Música: Mario Grigorov.
Disponible en: DVD.

“La duda”: conflictos que laten en la Iglesia

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 01-05-2010

doubtPor Claudio Abarca

Ante las denuncias de abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes católicos y el encubrimiento que de ellos ha hecho parte de la jerarquía eclesiástica, noticia de primera plana en la prensa del último mes, muchos fieles y miembros activos de la Iglesia han cerrado filas en torno a sus pastores y han planteado que tales acusaciones son infamias y constituyen una campaña orquestada contra dicha institución.

Esas personas, a las que bien podemos considerar “fanáticos” dado que defienden con una tenacidad desmedida su posición, no dejan espacio a la duda. No están abiertas a pensar siquiera un segundo en que el hombre de sotana que les habla cada fin de semana de la fe, las virtudes y los pecados, pudo haber cometido un acto abusivo y contra todo principio y moral cristiana.

Por ello, y también por sus méritos narrativos y cinematográficos, bien vale la pena ver “La duda”, un sobrio y excelentemente actuado filme que por estos días exhibe el canal HBO.

Al contrario de quienes simplemente no quieren creer que el sacerdote a quien tanto respetan haya sido capaz de violentar la integridad de un niño, “La duda” instala la sospecha, la desconfianza y la vacilación entre los propios religiosos. Más precisamente, en una monja y en el sacerdote acusado.

La película, adaptada de la premiada obra teatral de John Patrick Shanley por su propio autor, tanto en el guión como en la dirección, se sitúa en un colegio católico del Bronx, Nueva York, en 1964, donde la joven hermana James (Amy Adams) cree ver una conducta inapropiada en el padre Brendan (Philip Seymour Hoffman), párroco y profesor de la escuela: sospecha que se ha propasado con un alumno. Luego de transmitir su desconfianza a la hermana Aloysius (Meryl Streep), una mujer viuda que se ha hecho monja tras perder a su marido en la guerra, ésta inicia una silenciosa pero implacable cruzada para hallar la verdad.

De modo que el filme aborda un tema de plena actualidad: la pedofilia practicada por sacerdotes. Claro que no trata los motivos del padre Brendan para supuestamente incurrir en actos reñidos con la moral y su condición de pastor; tampoco profundiza mayormente en la relación del sacerdote con Donald, el niño con quien tiene una cercana relación; y no escarba en el complejo y machista mundo de la jerarquía y el aparato eclesiástico.

En esos caminos argumentales, Shanley, el director, tenía un material perfecto para construir un relato intrigante. Su elección, sin embargo, es radicar el conflicto en las vacilaciones -y, de paso, las contradicciones- que se anidan allí donde residen los dogmas y principios de personas para quienes precisamente las creencias, en particular las religiosas, son pilares de sus vidas y proyectos. Su elección, y en esto no hay indeterminación alguna, es colocar a la duda en el origen y el centro de la historia, e incluso traspasarla al espectador.

Duda el padre Brendan sobre cuán compatibles son su práctica de la fe y su rol pastoral con la cercanía -quizás algo excesiva- que prodiga con los niños; duda la hermana James acerca de la conveniencia de sostener la acusación aun sin tener pruebas concluyentes o quedarse tranquila con la negación del sacerdote; e incluso duda la hermana Aloysius respecto de si su lucha por encontrar la verdad ha tenido asidero en situaciones ciertas.

Shanley construye el conflicto a partir de esas posiciones y lo acentúa con el carácter y las ideas contrarias del sacerdote y de la hermana Aloysius: él plantea que la Iglesia debe ser más acogedora y cercana con los fieles e incluso con los niños cuya educación tiene a cargo, mientras ella cree en la disciplina y la autoridad; él, a diferencia de la monja, sostiene que religiosos y fieles no son distintos, sino iguales; el sacerdote se abre a incluir música popular en un acto del colegio, a lo que la hermana se opone en un principio.

El conflicto no escapa a las religiosas: mientras la joven hermana se muestra más proclive a la comprensión con el padre Brendan y a la corrección de los procedimientos para saber lo que efectivamente sucedió con el niño, la monja mayor es partidaria del castigo y no se hace problemas en vulnerar normas eclesiásticas con tal de arribar a la verdad.

Los antagonismos son evidentes y el director plantea entonces un enfrentamiento que cruza las ideas sobre la moral, la pedagogía, la protección de los niños e incluso, aunque de un modo más sutil, el rol jerárquicamente inferior de la mujer en la Iglesia (significativamente representado cuando el padre Brendan ocupa la silla de la hermana Aloysius en el despacho de ésta).

Aun así, logra dotar de matices a los personajes. Efectivamente el padre Brendan se revela afectuoso con los niños, pero al menos en lo que la cámara nos muestra no hay nada impropio, sino más bien un carácter acogedor y con porciones de frivolidad. La hermana James intenta seguir el rigor pedagógico que le inculca la otra monja, pero se siente incómoda con tal severidad, y tras ser la primera en desconfiar del sacerdote, el miedo a las consecuencias de una acusación tan seria inhibe su intento por desentrañar lo sucedido. Y a la usualmente autoritaria hermana Aloysius, Shanley le reserva algo de piedad y una perspicaz informalidad.

El guionista y realizador sabe bien que ni en la vida ni en la Iglesia las cosas son en blanco y negro, y ofrece entonces un relato donde los conflictos, las dudas y los matices configuran un cuadro complejo y ambiguo. El empleo en justas dosis de enfoques inclinados en algunos planos de los protagonistas, cierta indefinición en la expresión del sacerdote (soberbiamente lograda por la actuación de Philip Seymour Hoffman) y una puesta en escena de interiores que escogió el director para este filme, remarcan acertadamente esa ambigüedad y contribuyen a traspasar las dudas al otro lado de la pantalla.

Es innegable el origen teatral de la cinta (los muy bien estructurados duelos verbales así lo confirman), pero John Patrick Shanley ha logrado una muy buena adaptación al cine, pues construye un contenido relato, sugiere el origen del drama más que mostrarlo en forma evidente, vincula hábilmente la trama con la atmósfera intimista que confiere al filme y dispone la cámara en encuadres y planos que subrayan la ambigüedad y la duda.

No es fácil formarse juicios rápidos acerca de los protagonistas, sobre todo del sacerdote acusado, y eso no hace más que remarcar nuestras preguntas ante supuestos hechos tan condenables como los abusos sexuales de sacerdotes contra niños: ¿cuán ciertas con las denuncias?, ¿cuándo confiar y cuándo no de un religioso?, ¿qué oculta realmente la Iglesia Católica? Shanley no tiene la respuesta, porque son esas y otras dudas de las que está hecha su película. Las dudas que cruzan y laten en un caso tan difícil de asimilar como éste.

Dirección: John Patrick Shanley.
País: Estados Unidos.
Año: 2008.
Duración: 104 minutos.
Interpretación: Philip Seymour Hoffman, Meryl Streep, Amy Adams y Viola Davis.
Guión: John Patrick Shanley, basado en su propia obra teatral.
Fotografía: Roger Deakins.
Montaje: Dylan Tichenor.
Música: Howard Shore.
Disponible en: HBO (actualmente en exhibición).

Infidelidad y erotismo en la tercera edad

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 19-04-2010

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Por Claudio Abarca

En varios de los planos de “Nunca es tarde para amar” (“Nube nueve”, su título original en alemán), la cámara divide el cuadro en dos: los rostros de un hombre y una mujer. La placidez de sus miradas y sus sonrisas hacen evidente la complicidad y, sobre todo, el goce de la compañía que se brindan mutuamente.
En otros planos, Andreas Dresen, el director, nos muestra a un hombre y una mujer haciendo el amor. No hay efectismos sonoros o dados por un montaje apurado que haga aun más evidente la pasión. Es un cine que, sin estridencia ni ansiedad, pone en escena el sexo en una pura condición erótica.
Hasta acá, nada distinto a lo que una película sobre relaciones de amor podría ofrecernos. Sin embargo, digamos de entrada que el erotismo, el sexo, el amor y la complicidad corren por cuenta de Inge, una mujer cercana a los setenta años; Karl, su amante, de 76; y, en menor medida, Werner, su marido, a quien suponemos septuagenario y con quien ella suma tres décadas de matrimonio.
Inge lleva una vida tranquila y austera junto a Werner. Entre ambos se cuidan y atienden, y la cámara nos los muestra almorzando, compartiendo con sus nietos y escuchando las grabaciones de trenes que tanto gustan a él. También queda espacio y tiempo para el sexo.
Pero el tono de ese vínculo es más bien tierno. Aunque amable y atento, Werner es serio y físicamente luce más deteriorado que ella: Inge le ayuda a hacer ejercicios y, cuando está sola, se mira desnuda en el espejo y se toca en la tina.
Karl, en cambio, adora salir a recorrer en bicicleta, y disfruta tocar, ver y oler la naturaleza. Prefiere los espacios abiertos, lo que subraya sus diferencias con Werner, quien sale a recorrer caminos pero como pasajero de trenes y a quien vemos usualmente en el hogar.

La película trata, por tanto, de cómo se experimenta la etapa otoñal de la vida, en particular el amor y la relación de pareja. Pero también de las formas distintas e irreconciliables que adopta el sentimiento romántico.
“Nunca es tarde para amar” muestra cómo la disyuntiva de Inge se instala inexorablemente. Dresen narra este conflicto en forma silenciosa y pausada, quizás siguiendo el ritmo de la vejez.
Pero este es un filme de varias virtudes y una de estas es que no queda atrapado en el esquema de “una película sobre viejos y para viejos”. Aunque los protagonistas se inscriben en esta sección de la vida, lo hacen enfrentándola de manera distinta y hasta antagónica. Y este conflicto no admite barreras dictadas por la edad.
No es casual, de hecho, que el inicio del romance entre Inge y Karl esté marcado por el nerviosismo, la complicidad y la coquetería: la cámara acierta plenamente cuando nos revela a una Inge que mira, sonríe y se mueve como una quinceañera descubriendo el encanto del amor.
Claro que Dresen no está para distracciones y no olvida ni soslaya que se trata de personas que vienen de vuelta y que han arribado a la vejez: en más de una ocasión, presta detenida atención a las carnes flácidas y arrugadas de los protagonistas.
Reside en esa mirada un mérito argumental que deviene también cinematográfico: Dresen sitúa una historia de romance, erotismo e infidelidad en el período otoñal de tres personas, pie narrativo apenas empleado en estos tiempos, como si en la vejez hombres y mujeres no amaran ni sintieran pasión. Y la puesta en escena de esa historia guarda momentos de profunda belleza.
Así es que, como clara aunque burdamente reza el título en español de este largometraje, no hay edad para el amor. Pero tampoco la hay para sufrir por amor y tomar decisiones radicales ante la pérdida del vínculo romántico.
Dresen ha puesto en pantalla, por lo tanto, un filme que avanza pausadamente, pero implacable en la resolución del conflicto: la decisión de romper una relación de pareja puede provocar un desenlace tan trágico como en la más visceral adolescencia o tan desgarrador como en la más insensata juventud.

Dirección: Andreas Dresen.
País: Alemania.
Año: 2008.
Duración: 98 minutos.
Interpretación: Ursula (Inge), Horst Rehberg (Werner) y Horst Westphal (Karl).
Guión: Andreas Dresen, Jörg Hauschild, Laila Stieler y Conny Ziesche.
Fotografía: Michael Hammon.
Montaje: Jörg Hauschild.
Disponible en: DVD.

La larga y aburrida vida de un tal Benjamin Button

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 09-04-2010

bbuttonPor Claudio Abarca

Tras ver “El curioso caso de Benjamin Button” (2008), bien podemos pensar que su director, David Fincher, nunca estuvo del todo cómodo con el material literario que plasmó en escena y más bien concentró sus esfuerzos en satisfacer los objetivos de la producción, filmando una epopeya que combinara, en perfecto equilibrio, romance, alegrías, tristezas y algo de retrato social, con un recorrido por la historia estadounidense desde el fin de la Primera Guerra hasta nuestros días como telón de fondo.
Quizás el relato de Francis Scott Fitzgerald, adaptado por Eric Roth (guionista de “Forrest Gump”), definitivamente le quedó grande, y Fincher no supo filmar desde su mirada -o renunció a hacerlo-, la misma que nos sorprendió en “Los siete pecados capitales” (1995) y que confirmó, en “Zodiaco” (2007), que es una de las más lúcidas, inquietas y a ratos oscuras de la cinematografía actual.
Porque en “El curioso caso…”, donde sobra refinamiento visual, grandes decorados, pericia técnica e historias por contar, falta intención, falta mirada.
Fincher fue superado por el argumento y el personaje, que sin duda son atractivos y muy originales: un hombre (Brad Pitt) que nace con el aspecto y las limitaciones físicas de un octogenario anciano y que, con el transcurso del tiempo, va rejuveneciendo. Su madre muere tras el parto, su padre lo abandona y una mujer afroamericana se hace cargo de él.
En 1930, doce años después de nacer pero luciendo como un hombre de casi siete décadas, conoce a Daisy (Cate Blanchett en la adultez y vejez), una hermosa niña, de la que estará enamorado el resto de su vida.
El problema es que mientras él se vuelve más joven, ella se hace mayor y envejece, por lo que el período en que ambos tienen una edad similar es breve y representa una seria dificultad para que la pareja siga unida.
Todo ello, con la historia de Estados Unidos haciendo de marco cronológico y narrativo, con períodos como la Segunda Guerra y los impetuosos años sesenta como hitos relevantes.

De modo que en “El curioso caso de Benjamin Button” desfilan muchos personajes, situaciones y diálogos, hasta completar un filme de 166 minutos.
Poner en escena una película de tan extenso metraje no es fácil, porque supone tener el pulso narrativo muy aceitado para que no decaiga en interés y, por el contrario, aumente en atractivo y nos haga desear que nunca termine.
Pero salvo por sus méritos técnicos, como los bien logrados trabajos de maquillaje y de vestuario; por algunas actuaciones (Cate Blanchett y Tilda Swinton en particular), y por algunos momentos en los que Fincher confía en los personajes y deja que sus deseos y temores se apoderen de la escena (como el momento en que una joven y sublime Daisy manifiesta su amor a Benjamin por primera vez), la cinta carece de punto de vista, lo que la vuelve insípida, y parece evadir la pasión, lo que resta emoción a una historia hecha para brillar como una gran fábula romántica.
En “El curioso caso de Benjamin Button”, Fincher nos muestra un extenso abanico de momentos y caracteres, pero sin dotarlos de densidad. Sintomático es que la vida del principal personaje, de singulares anécdotas y sucesos, parece pasar por delante de él sin que sepamos de qué va este hombre. Brad Pitt poco ayuda para insuflar espesor en Benjamin, pero el asunto viene mal desde antes: el filme es más un “collage” de poco recordables personajes, particulares acontecimientos y algunos hermosos planos, que una obra con algo que decir sobre el paso del tiempo, el ser diferente y la imposibilidad de un amor.
Incluso cuando Fincher puede ofrecer sensualidad, en el período en que Benjamin y Daisy están juntos como pareja durante los años sesenta; o cuando puede profundizar en el protagonista, durante el viaje que este hace por distintos rincones del mundo, el director resuelve tales situaciones a través de secuencias con montajes propios de videoclip y desprovistas de “química” y de una estética propia.
No cabe duda de que esta película, lo que ofrece abundantemente en locaciones, momentos y personajes, lo mezquina en atmósferas, emociones y personalidades. Fincher se quedó con lo curioso en lo narrativo y prefirió buscar la excelencia técnica, para dejar la mirada, el arrojo y la intensidad en el camarín.

Dirección: David Fincher.
País: Estados Unidos:
Año: 2008.
Duración: 166 minutos.
Interpretación: Brad Pitt (Benjamin Button), Cate Blanchet (Daisy), Taraji P. Henson (Queenie, madre adoptiva de Benjamin), Tilda Swinton (Elizabeth Abbott) y Julia Ormond (Caroline, hija de Daisy).
Guión: Eric Roth, basado en el relato de Francis Scott Fitzgerald.
Fotografía: Claudio Miranda.
Montaje: Kirk Baxter y Angus Wall.
Música: Alexandre Desplat.
Disponible en: DVD y TV pagada (se transmite actualmente por HBO).