En este mundo absurdo, el delito es amar
Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 06-11-2010
Al parecer, una tierra tan conflictiva como Israel es más que capaz, a pesar de sus conflictos étnicos y religiosos, económicos y culturales, de producir un cine que acapara premios en cuanto festival se presenta, además de hacerse con nominaciones a los Oscar para competir como película de habla no inglesa casi todos los años.
De hecho, los tres últimos años esto ha ocurrido; el 2008 con “Beaufort”, el 2009 con “Vals con Bashir” y este 2010 con “Ajami”. Esta última, dirigida por Yaron Shani y Scandar Copti, judío y palestino respectivamente, viene a ser un producto de diversos frentes culturales, una historia marcada por la convivencia y el enfrentamiento de las distintas sensibilidades, integradas en un todo por ambos realizadores.
Ajami es uno de los barrios más duros la ciudad de Jaffa, en Israel. Omar y su hermano pequeño Nasri son el objetivo de la venganza de un clan criminal después de que su tío disparase a uno de sus miembros. La venganza puede terminar, pero es cara y Omar necesita juntar una gran cantidad de dinero de forma rápida. Malek trabaja de forma ilegal en un restaurante y también necesita dinero para poder pagar una operación a su madre. Dando es un policía israelita obsesionado por la desaparición de su hermano soldado en manos palestinas. Los tres conviven en la misma zona y sus historias se entrecruzan inevitablemente.
En su voluntad documental, que viene siendo casi una constante en el cine mundial hace varios años y con muchos ejemplos, independiente de las latitudes, géneros, historias o lo que sea, el filme nos conduce por una ciudad devastada, teñida por sangre, paralizada por el miedo, pero donde los personajes se mueven por un acto de amor, ya sea a una mujer de distinta religión, el amor por el hermano que lucha por su liberación, por el de la madre enferma, por el hermano desaparecido o por una creencia, sea cual sea. Será el amor, como fuerza motora, el que extraerá lo mejor de cada personaje, pero también lo peor.
Gracias a las distintas herencias culturales de los directores, éstos logran desarrollar una historia en la que conviven árabes, judíos y cristianos, sin representar una sociedad vista desde un particular prisma. Lo que importa es la historia y poder desplegar los diferentes hilos narrativos sobre una situación social, más que hacer lecturas meramente políticas; no reside acá el asunto.
A través de los ojos de diversos personajes y gracias a su original estructura narrativa, experimentaremos viajes por distintos tiempos y seremos testigos de los estragos que ocasiona esta lucha territorial motivada por la religión, pero sin el objetivo de dejarnos acorralados en aquella situación.
Gracias a lo audaz de su montaje y su frenetismo, siempre bajo el telón de fondo de dolor y violencia, vamos en busca de una interpretación más elevada, que guarda relación con la condición humana, con nuestros comportamientos y sentimientos a consecuencia de esos actos violentos.
No se trata de simplemente mostrar atentados, sino cómo todo ello convive con la cotidianidad y cómo esto se funde con el temor constante de la gente, de sus vidas sombrías, áridas, que son entrelazadas en cinco historias expuestas en distintos arcos temporales y que vienen a convertir lo cotidiano en una constante tragedia, en un dolor punzante e inevitable, pero queramos o no, fiel reflejo de la realidad.
El cine israelí tiende a interiorizar el terrible conflicto que asola el país. Otras naciones también lo hacen, guardando las proporciones, con sus respectivos dramas: Brasil con “Ciudad de Dios” o Italia con “Gomorra”. Filmes que, en definitiva, nos vienen a decir que si existe algo que necesitan las cinematografías emergentes que narran historias inmersas en sus conflictos (países en guerra, ciudades ocupadas, poblaciones devastadas por la delincuencia), es la imposición de una mirada que no sea sesgada y que, por el contrario, sea capaz de meterse de lleno en la descripción de lo real y dejando los juicios morales al espectador.
He aquí otra belleza del cine: hacernos partícipes, cómplices, permitirnos reflexionar sobre temas que nos afectan a todos.
Entonces, la virtud de “Ajami” es que no desgasta su par de horas en indagar sobre posicionamientos políticos, orígenes de los enfrentamientos religiosos o razones de la condición en que se encuentran ciudades como Ajami. Su virtud es que conforma un potente retrato de vidas basadas en el temor y que nos pone ante preguntas sobre la identidad y hacia dónde vamos con todo el maldito conflicto.
Una gran película, originalmente armada, contada desde las entrañas, tratada desde el temor y la desolación, sentida desde la desesperanza. De hecho, como antecedente definitorio en relación a la visión de los directores, tiene que ver con que si existe un mínimo esperanzador, encarnado en el rol del niño Nasri como visionario y protector, como símbolo de lucha por un mundo mejor, aquel mínimo simplemente llegará a cero producto de un hecho crudo y descorazonador, que cierra el círculo, pero no la herida. Como la vida en poblaciones, como la vida en Ajami, como la vida misma.
Título: “Ajami”.
Dirección y Guión: Scandar Copti y Yaron Shani.
País: Israel y Alemania.
Año: 2009.
Duración: 120 minutos.
Interpretación: Fouad Habash, Nisrine Rihan, Elias Saba, Youssef Sahwani, Abu George Shibli, Ibrahim Frege, Scandar Copti, Shahir Kabaha, Hilal Kabob y Ranin Karim.
Disponible en: DVD.













(4.33 de 5)
(4 de 5)