Una original pero sobrecargada guerra civil

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 15-01-2012

baladatristedetrompetaPor Christian Malebrán

Alex de la Iglesia vuelve a sus orígenes con esta película, después de haberse perdido con ese fallido experimento británico que fue “Los crímenes de Oxford” (2008).
“Balada triste de trompeta” es una película donde el director retoma el humor negrísimo que lo caracteriza y vuelve a hacer gala de su habilidad para montar secuencias de acción recargadas y ultraviolentas, a la vez que graciosas por su inverosimilitud.
La película tiene uno de los comienzos más llamativos del cine español de las últimas décadas. Se inicia con una función de circo donde dos payasos ejecutan una rutina en la España de fines de la guerra civil, la que es interrumpida por un bombardeo y más tarde por las tropas republicanas que se llevan a la fuerza a todos los hombres capaces de cargar un fusil o de blandir un machete.
Hecha la introducción, comienzan los títulos con un interesante ejercicio visual en el cual, con una música marcial, desfila por la pantalla una galería completa de imágenes alusiva a varias décadas en España desde el fin de la guerra civil hasta los ochenta. La secuencia nos habla de la importancia de las imágenes (la TV y el cine) en el devenir de la cultura española.
Se intercalan fotografías de Franco con las de los personajes protagonistas de la cinta, imágenes de la guerra con imágenes publicitarias de televisión, íconos del cine de monstruos como Frankenstein con los rostros de autoridades de la época, dando a entender de alguna manera que la cúpula militar, la resistencia, la Iglesia y el pueblo son parte de un macabro juego de roles, personajes de un circo grotesco.

La cinta, ambientada al principio en los últimos años de la guerra civil española y más tarde en los setenta, narra la triste vida de Javier (Carlos Areces), quien es hijo de Payaso Tonto, interpretado por Santiago Segura, actor fetiche de Alex de la Iglesia. Payaso tonto ha sido tomado prisionero por las fuerzas falangistas y se encuentra recluido en un campo de concentración.
Javier intenta rescatarle, pero en el intento, Payaso Tonto muere a manos de un despiadado oficial de la guardia civil. Javier encuentra entonces una motivación para vivir, la de vengar la muerte de su padre, pero más tarde la venganza se torna contra el mundo que, sea por la fealdad física de Javier, sea por su personalidad tibia, siempre le ha tratado mal.
La película hace entonces un salto temporal de unos veinte años, lo que resulta un tanto desconcertante para el espectador, porque todo lo que hasta ese momento se había narrado nos preparaba para una película diferente a la que se desarrolla desde este punto. Vemos a Javier ya adulto, integrándose a un circo, donde conoce a Natalia (Carolina Bang), la mujer trapecista, y a su novio Sergio (Antonio de la Torre), el payaso alegre y sustento económico del circo, que a la vez es un sicópata violento que no puede ser más opuesto a Javier en todo, excepto en el amor que profesa a Natalia.
La trama se desarrolla entonces en torno a la pugna entre estos dos personajes por el amor de Natalia, pugna que va tomando cuerpo en situaciones exageradas e inverosímiles, con muchos muertos, balaceras y guiños a villanos y superhéroes malditos (Batman, El Pingüino). En algunas secuencias los estrambóticos personajes se ven involucrados en hechos históricos y se cruzan con personajes reales de esa época, como el mismísimo general Franco.
Se habla a lo largo del filme del ocaso de una era, el fin de la dictadura de Franco y el fin de la inocencia de la era pre televisiva, que significó entre otras cosas la muerte del espectáculo en vivo (el circo entre otros) como referente cultural de masas.
“Balada triste de trompeta” puede ser entendida de este modo, en un nivel básico de interpretación, como un discurso sobre la futilidad de la lucha por el poder en la nueva era de la información, donde para conquistar o someter la voluntad de un pueblo, las viejas estrategias ya no son válidas. Esta lucha es representada a través de la pugna enfermiza que sostienen los dos protagonistas por Natalia, personaje pasivo e indeciso que lo único que quiere en la vida es que alguien la haga reír. Natalia representa de este modo al pueblo de España.
La película nos remite de manera muy obvia a los primeros trabajos del director, “Acción mutante” (1992), “El día de la bestia” (1995) y sobre todo “Muertos de risa” (1999), dado que toma el humor como punto de partida para narrar una historia trágica y violenta. Hay algunas secuencias prácticamente iguales a las de estas películas, como cuando Natalia huye vestida de blanco, igual al personaje de “Acción mutante”, o como en la escena final que tiene lugar sobre una enorme cruz de donde los personajes terminan colgando (“El día de la bestia” termina sobre un enorme y feo edificio de Madrid).
No obstante, carece de la inteligencia de esas películas a la hora de encadenar situaciones hilarantes a través de un guión sólido. Esto no es de extrañar, puesto que “Balada…” es la primera película en la que Alex de la Iglesia prescinde de su habitual guionista, Jorge Guerricaechevarría.
“Balada triste de trompeta” no es el mejor trabajo de De la Iglesia: hay giros en el guión demasiado bruscos y que no se entienden bien, hay situaciones que se desarrollan de manera interesante pero que no terminan en nada, y la película está definitivamente sobrecargada de pirotecnia y de situaciones absurdas.
Aun así, resulta interesante al ser una película que ofrece un punto de vista muy diferente al que estamos acostumbrados a ver sobre la guerra civil española en cintas que se detienen en lo costumbrista (“La lengua de las mariposas”, “Pan negro”) o que elaboran un discurso infantil de la lucha del bien contra el mal (“El laberinto del fauno”).

Dirección y Guión: Alex de la Iglesia.
Año: 2010.
Duración: 107 minutos.
Países: España y Francia.
Fotografía: Kiko de la Rica.
Montaje: Alejandro Lázaro.
Música: Roque Baños.
Interpretación: Carlos Areces, Antonio de la Torre, Carolina Bang, Santiago Segura, Sancho Gracia, Manuel Tejada, Manuel Tallafé, Alejandro Tejería, Fernando Guillén Cuervo, Enrique Villén, Terele Pávez, José Manuel Cervino, Gracia Olayo, Luis Varela, Joaquín Climent, Juana Cordero, Raúl Arévalo y Fran Perea.

“El mensajero”: Mi más sentido pésame

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 20-09-2011

messengerPor Abel Fuchslocher

Tras esquivar balas, preguntarse contra quién diablos pelea tan lejos de casa, ver caer a camaradas bajo el fuego enemigo y casi morir en pedazos en la aridez de Bagdad, un soldado yanqui espera un poquito de paz de regreso a su patria. No es precisamente lo que encuentra.
Sin mostrar ni una sola escena bélica, “El mensajero” (ver trailer), de Oren Moverman, nos muestra la crueldad de la guerra. En particular, lo cruel que puede ser el servicio del ejército norteamericano de notificar a los familiares de los caídos que sus seres queridos dejaron el alma en el quinto infierno.
Bien documentado, gracias al pasado militar israelí del director y a las entrevistas con veteranos de Vietnam y de otras recientes aventuras “democratizadoras” norteamericanas, el filme nos muestra al excelentísimo Woody Harrelson y al enigmático Ben Foster como los encargados de entregar este frío, planificado, burocrático, institucional y finalmente doloroso pésame.
Foster, en los bototos del sargento Will Montgomery, es el pajarito nuevo, el mismo que en el primer párrafo esquiva balas y se pregunta por sinsentidos en pleno fuego cruzado. Quiere entender y cumplir con su nuevo trabajo en el Casualty Notification Team, pero choca con la realidad, que le escupe en la cara la confusión, la negación, la ira y el dolor de los familiares de los soldados mártires.
Visualmente intimista, realista y subjetiva, la película relata los esfuerzos de este sargento por humanizar, quizás erradamente, sus funciones administrativas y, de paso, exhibe las miserias de él y su compañero, el cuadrado milico interpretado por Harrelson. Actor que, dicho sea de paso, en estos cuatro años ha sido el protagonista de una de las remontadas más espectaculares de Hollywood, dejando atrás roles que no hicieron justicia a su innegable talento.
“Sin mostrar ni una gota de sangre” -insisto-, se presenta con crudeza la tortura psicológica del veterano de Irak y su entorno. La tortura del que vuelve pero se siente “extranjero”, la tortura del que tiene que dar unas condolencias absurdas, la tortura del que las recibe, la tortura del que día a día tiene que recibir la rabia de quienes no aceptan su pésame de manual… y así, miserias postraumáticas norteamericanas de ayer y hoy.

 

Dirección: Oren Moverman.
Año: 2009.
País: Estados Unidos.
Duración: 113 minutos.
Interpretación: Ben Foster, Samantha Morton, Woody Harrelson, Steve Buscemi.
Guión: Alessandro Camon y Oren Moverman.
Fotografía: Bobby Bukowski.
Montaje: Jon Gregory.
Música: Nathan Larson.
Disponible en: DVD & Bluray, para arriendo.

“Biutiful”: La triste belleza del drama humano

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 29-05-2011

biutifulbardemPor César Iturra

Charles Bukowski decía algo así como que hay que saber buscar en la basura, pues incluso en ella podemos encontrar una que otra perla.
Alejandro González Iñárritu hace este ejercicio una y otra vez, escarba en la inmundicia, en los laberintos traumáticos, deseos frustrados, y encuentra personajes como Uxbal (Javier Bardem), padre de Ana y Mateo, esposo de Marambra, y quien mantiene negocios ilegales relacionados con la inmigración y debe enfrentarse a la noticia que morirá. De aquí dirige sus últimas fuerzas para “arreglar sus cosas”, no exclusivamente ligadas a su familia.

De acuerdo a su filmografía, se puede decir que González Iñárritu necesita el sufrimiento humano para crear su cine, pero no se queda en el capricho. Veámoslo y entendámoslo como una forma artística en la que se ha dado cuenta que una persona se exime de su pasado y encuentra la redención a través de nuestros ojos: su sufrimiento provoca una catarsis en el espectador, un sentido de reacción que con todo derecho nos permite establecer los juicios que sean en relación a si condenamos este cine que asfixia de realidad, o bien, valorar y alabar la sensibilidad de un director capaz de hallarle un sentido estético al dolor y al caos existencial del ser humano.
De tres es a uno, esa es la relación. “Amores perros” (tres historias, una película), “21 gramos” (tres personajes, una película), “Babel” (tres historias, una película) y ahora “Biutiful”: Uxbal (uno) peleando por los chinos, los africanos y por su familia (tres). A diferencia de los trabajos anteriores, González Iñárritu ancla la trama a partir de un solo personaje y no de manera coral. Uxbal es el absoluto protagonista, aunque su historia ramificará en distintas vías de acción. La primera girará en torno a qué pasa con un hombre que sabe que va a morir, cómo reacciona y enfrenta el tiempo ante esa situación radical y única. La segunda línea narrativa nos lleva hacia la inmigración ilegal, que puede pecar de poca firmeza argumental, sin embargo, aunque fríamente, logra establecer las relaciones necesarias para imponerlas como importantes en el relato y como tema social donde no hay héroes ni ganadores; todos son perdedores.
Un gran racconto que se resuelve oníricamente con toques metafísicos que le dan descanso y frescura a este ultra concentrado de realidad. Un tema escabroso, difícil, que más allá del efectismo y de poner en crisis nuestra propia moral, nos hará pensar sobre la vida y la muerte. En sí, sobre nuestra efímera y superflua existencia. Una película sobre la enfermedad social y personal, sobre la patología física y psíquica, una penosa historia sobre seres humanos sin esperanza que llega a ser bella en su simpleza, en lo que a su tratamiento se refiere, gracias a la calidad y calidez de su protagonista, a lo cercana que logra ser porque es una película muy latina, donde vemos nuestros parajes, nuestros barrios, nuestras vidas, bellezas, dramas y miserias. Características inconfundibles y bien aprovechadas como la incomunicación, metaforizadas por las fronteras del idioma, sobre todo en una ciudad multirracial como lo es Barcelona, y alzadas por las interferencias y ruidos permanentes de cualquier ciudad: ruidos mecánicos, naturales y/o humanos, de hecho, se juega bastante con estos recursos en relación a los planos sonoros y su diseño, cometido que logra buenos resultados al llevarnos a pensar qué queremos, podemos o quieren que escuchemos. Música de sencillas partituras, pero llenas de emocionalidad; actuaciones memorables sin mayores coreografías, sencillos textos y una cámara que, sin mayores filtros y a trazos simples, entra en estas realidades, no se queda en ángulos y rincones escondidos, y nos enseña a quemarropa, las muestra tal cual son, inestables, sucias, bellas.
La extraña sensación y expresión del rostro están aseguradas a lo largo de la historia y el ejercicio constante de ir reflexionando junto al personaje, y valorando o criticando sus acciones considerando el poco tiempo que tiene para evaluar cada una de ellas; pero como Uxbal es más de corazón, nos muestra su vida tal cual es, sin decorados, simple y sincera, así lo quiso hacer González Iñárritu con su personaje, porque es una historia propia, lo dice y se nota, una película con tal nivel de drama, para que sea bien contada, que se hace desde las entrañas, desde la belleza del drama humano y funciona especialmente para quienes se encuentran en un momento especial de sus vidas. Entonces, al ver la película, vemos dos a la vez: con un ojo vemos la historia de Uxbal y, con el otro, vamos reconstruyendo nuestras vivencias y determinando eventos que realizamos o dejamos de hacer, o los que podríamos realizar si se nos dice que en pocos días no estaremos más acá.

Título: “Biutiful”.
Dirección y Guión: Alejandro González Iñarritu.
País: España y México.
Año: 2010.
Duración: 147 minutos.
Interpretación: Javier Bardem, Maricel Álvarez, Cheikh Ndiaye, Hanaa Bouchaib, Eduard Fernández y Guillermo Estrella.
Fotografía: Rodrigo Prieto.
Montaje: Stephen Mirrione.
Música: Gustavo Santaolalla.

“El día después de mañana”: lo mismo de ayer y de antes de ayer

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 20-03-2011

dayafterPor César Iturra

Hoy por hoy, Roland Emmerich es un “especialista” en el cine de catástrofes, más bien de destrucción: maneja las fórmulas, no cabe duda, pero ojo que el abuso agota y casi siempre enferma.
Como antecedentes, “Día de la Independencia” en 1996 (los alienígenas atacan y la humanidad, liderada por Estados Unidos, les hace frente como puede) y “Godzilla” en 1998 (a las costas norteamericanas llega este lagarto hiperdesarrollado y ni todas las Fuerzas Armadas pueden detenerlo; un científico, una periodista y un agente secreto francés tendrán que salvar el día antes de que el bicho se reproduzca), ambas conformadas bajo el manto de la destrucción que tanto gusta. Así las cosas, no resulta difícil imaginarse su última creación: “2012”.
Las películas de catástrofes pretenden satisfacer nuestro nihilismo y sed de destrucción, pero por otra parte buscan tranquilizarnos y asegurarnos de que, por mucho que el mundo se esté muriendo, el hombre es bueno en sí mismo y es bueno, además, en sociedad, gracias a esas normas sociales prescritas bajo las que vivimos y que parecen las únicas posibles, dicen los “especialistas”.

En “El día después de mañana” (2004), la catástrofe y destrucción viene muy de cerca, de la propia naturaleza. El climatólogo Jack Hall (Dennis Quaid) vive perturbado por una pregunta: ¿Qué pasaría si estuviéramos al borde de una nueva Era de Hielo? Toda su investigación indica que el calentamiento global podría provocar un cambio abrupto y catastrófico en el clima del planeta. Los extractos glaciales que ha perforado en la Antártica revelan que un fenómeno de esta índole sucedió diez mil años atrás y ahora está alertando a las autoridades de que podría volver a suceder si no actúan con presteza. Pero su advertencia llega demasiado tarde. ¡CHAN!
Hay películas de olas gigantes, otras de terremotos o tornados, o granizos gigantes, de frío, de inundaciones, caos, donde hay personas que ayudan, unos que se aprovechan, otros quedan pasmados, no faltan los que juegan de héroe, algunos registran todo, y ocurren en Estados Unidos, Japón, India, Canadá, Escocia, en definitiva, muchos lugares, muchas personas, muchos desastres, poco sentimiento. Esta película pretende sumarlo todo, y como quien mucho abarca, ya sabemos lo que le pasa.
Por esto digo que no funciona: no cumple con hacer tomar conciencia porque no vivimos y experimentamos pérdidas importantes, y finalmente no generamos lazos, más aun si después del desastre llega la calma y todo sigue igual. No hay cambios definitivos, ni en la gente ni en la Tierra.
Atisbos de buena intención con ideas de permanecer unidos y no arrancar de la familia, del amor por los animales, por la pareja, pero lamentablemente todo es superficial: una simple pincelada que no ahonda en nada, no infiere en lo importante, qué hubiese pasado el día después, el hambre, la desolación, cómo hubiese actuado el humano. Se quedó con su peripecia efectista y abandonó el real sentido.
Su guión está definitivamente desnutrido de emoción y sus personajes son estereotipos que no enganchan ni al más crédulo, y la acción, cuando va despertando algún interés, lo desarma por completo al mejor estilo (norte)americano cerrando una escena dramática con una frase muy graciosa (tan graciosa como el momento en que se le agradece la ayuda al “Tercer Mundo”).
Me parece que por ahí se va fecundando el gran miedo, pues si debemos descifrar al Enemigo, ese Gran Otro, de estas películas, no hay que mirar tan lejos, sino buscar el espejo más cercano y obtener la respuesta. Al menos, queda el consuelo de que el cine siempre causa algo, hace reír, llorar, reflexionar, a veces gusta, molesta, en fin, pase lo que pase, y quien sea que lo haga, funciona como terapia y en este caso, si podemos rescatar algo, es que nuestros miedos no son solo nuestros, muchas veces son comunes y tienen que ver con lo que pensaría, diría o haría el de al lado si perdemos algo o nos vemos susceptibles en algún momento. La gran verdad, la que aquí no se cuenta, es que ante situaciones límites, no sacamos lo mejor de nosotros, sino lo peor, y por esta parte del planeta lo hemos vivido en carne propia.

Dirección: Roland Emmerich.
País: Estados Unidos.
Año: 2004.
Duración: 124 minutos.
Interpretación: Dennis Quaid (Profesor Jack Hall), Jake Gyllenhaal (Sam Hall), Ian Holm (Terry Rapson), Emmy Rossum (Laura) y Sela Ward (doctora Lucy Hall).
Guión: Roland Emmerich y Jeffrey Nachmanoff.
Fotografía: Ueli Steiger.
Montaje: David Brenner.
Música: Harald Kloser.
Disponible en: DVD.

Todos nacimos bajo el manto del miedo

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 13-03-2011

tetaasustadaPor César Iturra

Hace unos días despertamos con la lamentable noticia del terremoto ocurrido en Japón, el más grande de su historia, según informan. Ya tenemos las imágenes de horror y destrucción circulando por cuanto noticiario y canal de TV existen (ni hablar de la labor sensacionalista de los medios en desmedro de lo estrictamente informativo). Son hechos concretos, reales, lo de Haití, Chile, Nueva Zelanda, China, terremotos, terrorismo, discriminación, racismo, desempleo, delincuencia, al fin del mundo, a los malos de ayer, hoy y siempre. Todo incluye temor, más ahora, el miedo viene a ser el protagonista principal de nuestra historia.
Durante muchas décadas de nuestra historia como continente, el miedo ha jugado un rol fundamental. En tiempos de invasiones, ocupaciones, dictaduras, el miedo se instaló como sistema. Desde entonces, el miedo se ha usado como política, dado que se infiltra en la vida cotidiana de la gente, paralizando o, por lo menos, limitando la actitud crítica.
Cada etapa de la vida nos obliga a pasar por experiencias difíciles, porque desde que nacemos tenemos que enfrentarnos al temor a lo desconocido; pero el instinto de vida nos ayuda para lograr superarlo y salir airosos.
Sartre nos dice que en esta vida estamos condenados a elegir y que para no actuar de mala fe debemos confiar en nuestro instinto. Nadie puede elegir por nosotros porque si pedimos consejo también elegimos al consejero. Renunciar a una etapa de la vida por temor a ser incapaz o por miedo al fracaso, no nos permite continuar avanzando y nos obliga a sufrir y a permanecer estancados.
Este es el caso de Fausta, protagonista de la película peruana “La teta asustada” y quien vive obsesionada por la experiencia que vivió su madre. Cuentan las leyendas locales que las mujeres embarazadas transmitían a sus hijas, a través de la leche materna, el síndrome conocido como “la teta asustada”. Las niñas que habían nacido durante los años de la violencia armada albergaban ese mal, desprovistas también de un alma. Debían así errar por la tierra evitando el roce con los hombres, cargando sobre sus hombros el miedo heredado, sumidas en un mutismo del que sólo podía liberarlas por momentos una plegaria ancestral convertida en un canto en lengua quechua. Fausta se mueve gracias a la obligación que siente de darle un funeral digno a su madre.
Suena lógico que en momentos introductorios de la película, vayamos revelando inmediatamente el cariz de su tratamiento. Un hermoso canto que narra un cruento relato, que se conforma como base en la relación madre e hija, pero sobre todo con el entorno.

En esta oportunidad, fue un verdadero descanso ver planos fijos, de armoniosas composiciones y atrayente puesta en cámara donde los latinoamericanos identificamos nuestros colores, los naturales, nuestras historias, nuestra gente. Descanso, advierto, porque el cine “actual” se está malacostumbrando a que necesariamente el vertiginoso recurso de la cámara en mano, resulta más fiel al momento de querer capturar “la realidad”, siendo que no permite del todo lograr una apreciación de la imagen y un completo recorrido visual, disfrutar de su composición, iluminación, etcétera. Una cámara que espera, no se apura, los personajes llegan a cuadro y la cámara no los deja hasta que ellos así lo decidan.
Una vez más se enfrentan lo rural versus lo citadino, lo indígena versus lo español o las creencias versus la ciencia, pues bien, la intención de querer hacer ver en el otro lo atrasado, lo ignorante o lo errado que pueda estar, suele ser un vicio que se comete mucho más a menudo de lo que creemos, más bien, todo el tiempo, pero cuando se quiere saber inquietantes del mundo, de la naturaleza o de lo que sea, suele acudirse a los mayas, incas, mapuches, aymaras…¿Por qué? Porque “siempre han estado ahí”.
Me impresiona y me molesta, de hecho hizo detener mi lectura de una crítica de una periodista española en relación a la película donde iniciaba mencionando “que aún quedan periferias donde la educación no ha llegado del todo, por lo que la gente sigue creyendo en supersticiones….”. Con esta apreciación, se anula del todo alguna capacidad de querer develar los trasfondos, tradiciones y creencias de nuestros pueblos y entender este cine más allá de lo folclórico que tanto gusta en otras latitudes, ya sea por lo “novedoso”, por lo “gracioso” o “pintoresco” de la indiecita que toca el tambor o el indiecito que hace barquitos de madera (o ¿por qué el personaje de la pianista le da perlas a cambio del canto?). No pequemos de ingenuos y reconozcamos que debido a esto, películas de este tipo pueden triunfar en mercados europeos o norteamericanos, aunque para nosotros sabemos lo importante que son, porque vemos ahí nuestras raíces, nuestro cotidiano, nuestra gente.
“La teta asustada” viene a ser una “contención” del miedo, de la historia sangrienta, de la lucha constante de los pueblos. El canto de Fausta revela bellezas y atrocidades que funciona como su gran deshago ante tal contención. Sin embargo, no completa el alivio; de hecho, jamás vemos una sonrisa de ella, sólo cuando ve dibujos animados por televisión se comienza a dibujar, pero se ve abruptamente detenida, analogía de una niñez interrumpida.
Las simbologías resultan claves en la historia. El piano entero, el piano roto, las palomas vivas, las muertas, el collar de perlas, las perlas, la papa, las flores de la papa. Ingredientes fundamentales en el relato y que se hacen acompañar por festividades alegres, adorables por su simpleza y colorido y alejadas de la arrogancia dominante, encubriendo, con su realismo mágico, su denuncia.
Por suerte no se cae en el mal común de cuestionar las creencias, escepticismos y cabalidades de otros, sino que trata de centrarse en el miedo donde hemos nacido, así como de qué manera enfrentarlo, donde resultará más aliviador y constructivo mirar hacia adelante que seguir haciéndolo para atrás. De hecho, lo hace dando sólo antecedentes del origen de los males y sus protagonistas, no ahondando mayormente en ellos. Lo que podría ser barrera para una comprensión más profunda de las realidades latinoamericanas, de alguien que no las conozca, más se preocupa de construir un relato y una estética cariñosamente cuidada, no siempre bien actuada (sobre todo del resto del reparto), pero más importante que aquello, logra establecer metáforas sociales como la papa en la vagina, elemento de violencia instalada en el cuerpo y memoria extirpable que florece y hiere, en definitiva, conceptos, ideas y símbolos que valen mucho más que la denuncia misma, del hecho concreto, gran esfuerzo para aprovechar el cine como una construcción artística y entenderlo así, con todo lo que viene dentro.

Dirección y Guión: Claudia Llosa.
Países: España y Perú.
Año: 2009.
Duración: 95 minutos.
Interpretación: Magaly Solier, Susi Sánchez, Efraín Solís, Marino Ballón y Antolín Prieto.
Fotografía: Natasha Braier.
Montaje: Frank Gutiérrez.
Música: Selma Mutal.

“En algún lugar de África”: bella, no tan buena

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 10-02-2011

algunlugardeafricaPor Claudio Abarca

La Segunda Guerra Mundial ha servido de pretexto para contar y filmar muchas historias. Una arista pocas veces explorada es, sin embargo, la de los alemanes judíos que emigraron a otros países antes del conflicto y cuando la persecución nazi era inminente.
Esa es la plataforma argumental de la que partió Stefanie Zweig, periodista y escritora judía nacida en Alemania en 1932, en la novela autobiográfica “En ningún lugar de África”, que la realizadora Caroline Link llevó a la pantalla grande en el año 2001 y que obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera un año después.
Traducida como “En un lugar de África”, la cinta narra el exilio forzado de la familia de Zweig, que los llevó a Kenia en 1938.
Su padre, un prometedor abogado, fue acogido por la comunidad judía del país, gracias a lo cual se empleó en una granja. Hasta allí llegarán después su mujer y su pequeña hija, quienes vivirán de manera muy distinta la adaptación a la nación africana.
El filme es, entonces, acerca de las diferencias, la tolerancia, el sentirse y no sólo ser extranjero, el contraste cultural y, entre otras cosas, el efecto -muchas veces devastador, aunque no en esta película- de una guerra y sus implicancias en la vida de una familia y sobre todo de una pareja.
En tal sentido, la novela de Zweig ofrece una trama original, que plantea una situación poco usual en lo que a argumentos sobre la Segunda Guerra se refiere.
Sin embargo, y si bien “En un lugar de África” es una grata experiencia audiovisual, Link desperdicia algunos elementos que bien pudieron dar más sustancia dramática al filme, como la tensión permanente entre Walter y Jettel, la pareja protagonista.

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Es que Jettel no se siente cómoda en suelo africano al iniciar su estancia allí y esto generará continuos roces con su marido. La escasez de agua y de recursos materiales que en su país natal eran parte de su vida diaria, la complican al punto de querer volver a Alemania.
No sucede lo mismo con Regina, la hija, quien halla en el agreste paisaje keniano, en su gente y en sus costumbres el ambiente perfecto para vivir: ya no es la fría y gris Alemania donde debe estar, sino en la cálida, hospitalaria y amable Kenia.
Jettel está incómoda, nada parece satisfacerle y más bien le preocupa el estado de su lujosa vajilla. Regina, en cambio, se siente libre, respeta las tradiciones de los habitantes nativos y desarrolla un genuino amor por el lugar y su gente.
El contraste es evidente y en esto la dirección de Link es fundamental, porque uno de los rasgos distintivos de este filme es su voluntad didáctica: no sólo marca claramente las diferencias entre cómo una y otra mujer se adaptan a Kenia (en un comienzo Jettel no quiere que su hija tenga mayor contacto con “los negros”, como ella dice, mientras que la niña quiere asistir a los ritos de la comunidad). También contrasta, en un montaje paralelo, el frío, severo y amenazante ambiente germano con el asoleado, abierto y libre contexto keniano.
Todo ello en la primera mitad del metraje, cuando la voz en off de Regina nos conduce por la historia de sus padres y la propia, y entonces asistimos a una película que cautiva por la tierna y noble mirada de la niña y luego adolescente, y que atrae gracias a una muy bien filmada Kenia. En este aspecto, la fotografía de Gernot Roll es clave, porque destaca el hermoso paisaje africano sin caer en la tentación del audiovisual turístico y, a su vez, lo conecta con el carácter abierto de sus habitantes.
Incluso le sirve, en un potente plano que se va abriendo desde la casa que la familia judía habita a una panorámica aérea del paisaje, para subrayar la soledad y la desadaptación de Jettel en un principio.

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Sin embargo, el atractivo de la película va disminuyendo a medida que avanza la guerra y a esto contribuyen falencias más de guión que de otro ámbito: la narración en off de Regina se vuelve muchos menos frecuente y, por tanto, su punto de vista pierde cierta importancia; su hermosa amistad con Owuor, el cocinero africano de la familia, es un entrañable filón argumental pero no se le saca mayor provecho; y las desavenencias de la pareja protagonista parecen estar siempre a punto de estallar o al menos de provocar algún quiebre (no necesariamente la separación definitiva), pero nunca se articulan de modo plenamente verosímil en sus decisiones y reacciones.
Así, las dos horas y 21 minutos de metraje se tornan extensas e injustificadas: por un lado, hay subtramas y escenas que diluyen el relato, restan emoción e incluso desmerecen el buen trabajo cinematográfico, como la de la plaga de langostas, y por otro, hay aristas que bien pudieron desarrollarse un poco más, como el cambio en Jettel respecto de las diferencias raciales, y personajes que merecían ser dotados de más peso, como el de Walter.
De todos modos, “En un lugar de África” es una más que interesante película, donde a todas luces resalta el buen manejo de la cámara, el efectivo montaje, la representación del pueblo keniano que no cede a reduccionismos y el sólido trabajo actoral femenino, con dos carismáticas intérpretes para Regina y una versátil Juliane Köhler, quien logra dotar a Jettel de distintos matices.
La cinta, por ende, tiene no pocos atributos para merecer ser vista, aunque su duración resulte desmedida y le reste atractivo.

Dirección: Caroline Link.
País: Alemania.
Año: 2001.
Duración: 141 minutos.
Interpretación: Juliane Köhler (Jettel Redlich), Merab Ninidze (Walter Redlich), Lea Kurka (Regina niña), Karoline Eckertz (Regina adolescente), Matthias Habich (Süsskind) y Sidede Onyulo (Owuor).
Guión: Caroline Link, basado en la novela autobiográfica de Stefanie Zweig.
Fotografía: Gernot Roll.
Montaje: Patricia Rommel.
Música: Niki Reiser.
Disponible: En DVD.

“El árbol de lima”, una hermosa y humanista fábula

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 20-01-2011

arboldelimaPor Claudio Abarca

Eran Riklis, uno de los más prestigiosos directores de cine de Israel, nació en Jerusalén, creció en Estados Unidos, Canadá y Brasil, se formó como cineasta en Inglaterra y actualmente reside en Tel Aviv.
Tal combinación de países y culturas en el desarrollo de su vida y en su formación parecen tener un efecto positivo en su propuesta cinematográfica, desprovista de localismos desacertados y de posiciones extremas.
Ganador de varios premios internacionales con el muy buen filme “La novia siria” (2004, disponible en arriendo), Riklis brinda en “El árbol de lima” (2008) una hermosa película, porque la dota de significativas imágenes y de sugestivos momentos, aun en el contexto del devastador conflicto israelí-palestino. No sólo esto: alude directamente a un tema político, sin hacer un cine obvio, predecible, panfletario.

En “El árbol de lima”, cinta ganadora del Premio del Público en los festivales de Berlín y de San Sebastián, el argumento es simple pero no por esto fútil: Salma Zidane, una mujer palestina de mediana edad, vive junto a la línea fronteriza entre los territorios ocupados de Cisjordania e Israel. Allí posee unos cuantos árboles de lima, su único sustento económico.
El problema es que la plantación colinda con la casa del ministro de Defensa israelí y el servicio de seguridad de éste ha dispuesto que los árboles sean talados porque amenazan la seguridad del político, su familia y su vivienda. Salma decide, entonces, salvar los árboles que su padre plantó hace más de sesenta años. El abogado Ziad Daud, con quien forjará una especial amistad, la ayudará en su lucha legal, que la lleva hasta el tribunal supremo en Jerusalén.
Esa es la historia de “El árbol de lima”, que parte de una situación que en otras circunstancias y en otros países sería anecdótica, pero que en la frontera palestino-israelí se vuelve compleja y amenazante. Una situación que ilustra, sin tiroteos y muertes, lo absurdo de la guerra.
A Riklis, también guionista del filme, le bastan unos limoneros y su “peligroso” emplazamiento para dar cuenta de la hipocresía política, la paranoia del gobierno israelí, el machismo, la injusticia, los problemas de comunicación (desde un ámbito global hasta uno íntimo) y, sobre todo, la impotencia ante un conflicto que se ha vuelto inmanejable, el desarraigo, y el dolor de unos y otros.
El director opta por un relato sobrio en diálogos e imágenes y, sin embargo, elocuente, porque a través de contenidos planos y líneas, y prácticamente sin plantear un discurso anti-conflicto, representa con eficacia -y también con la belleza del humanismo, la esperanza y el amor a la familia- el sinsentido de la guerra.

La mujer del ministro solidariza con Salma.

La mujer del ministro solidariza con Salma.

Los silencios y las miradas de Salma y de la señora del ministro, quien se emancipa del control de su marido y del aparato de seguridad, para luego solidarizar con la mujer palestina, y los gestos de ésta hacia el abogado demuestran que en el cine el exceso de palabras y la redundancia en las imágenes sólo entrampan los relatos. Acá esto no sucede, porque Riklis confía en el poder de la sencillez.
Después de todo, la protagonista de esta historia -corajuda, persistente- es también una mujer simple que está reivindicando un derecho fuera de cuestión: el derecho a vivir en paz y a que no le quiten lo que la liga a sus raíces y a su niñez.
Crónica y fábula perfecta: el campo de limones y lo que con él ocurre nos recuerda la necesidad de forjar y mantener el vínculo con la tierra, los afectos, la familia, e ilustra muy bien el valor de lo simple y la belleza de la humanidad.
Una inteligente dirección, sensibles actuaciones femeninas y una sobria puesta en escena complementan muy bien una historia simple aunque no menos significativa y de plena actualidad.

 

Dirección y Guión: Eran Riklis.
Países: Israel, Francia y Alemania.
Año: 2008.
Duración: 106 minutos.
Interpretación: Hiam Abbass (Salma), Ali Suliman (Ziad Daud, el abogado), Doron Tavory (Israel Navon, ministro de Defensa israelí) y Rona Lipaz-Michael (Mira Navon, la señora del ministro).
Fotografía: Reiner Klusmann.
Montaje: Tova Asher.
Música: Habib Shehadeh.
Disponible: En arriendo.

Un desabrido brindis en el hermoso Valparaíso

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 04-01-2011

elbrindisPor Marion Bastit

Cuando Emilia regresa a Valparaíso después de muchos años de ausencia, su familia la acoge con un entusiasmo moderado. Es que ella, fotógrafa en México, creció muy lejos de esta familia judía, cuyas costumbres no entiende nada. Pero su padre, quien prepara, a los 83 años, su bar mitzva, la invitó para esta ocasión. Mientras ambos tratan torpemente de tejer la relación filial que nunca tuvieron, Emilia se inicia en los ritos judíos junto a David, el rabino de la comunidad presidida por su hermano Carlos. Pero esta relación, ambigüa desde su inicio, se vuelve poco a poco un turbador juego de seducción a través de los cerros porteños, cuando Emilia descubre que el rabino tiene una mujer y dos hijos. Y como si este choque no fuera suficiente, su padre le avisa que está desahuciado y que le queda poca vida. La ceremonia del bar mitzva marcará tanto el apogeo de la reintegración de Emilia en su familia como la última reverencia de su padre…

Mientras la película desarrolla temas sensibles como la muerte, la familia, la religión, éstos son un tanto cubiertos por la focalización sobre el amor imposible entre Emilia y David. Este juego del gato y del ratón da lugar a múltiples vagabundeos en los cerros y otras conversaciones en un mirador al atardecer que, si bien son un excelente pretexto para mostrar bellísimas vistas de Valparaíso y fortalecer la cuidada puesta en escena, poco hacen progresar la intriga.

El idilio era previsible desde los primeros segundos de su encuentro, en una habitación oscura donde Emilia se había aislado para escapar del ambiente asfixiante del reencuentro con su familia. Mientras ella, irritada por la imposibilidad de localizar a su novio, acaba de romper un candelabro, él aparece como por arte de magia para tranquilizarla: todo se puede reparar. Metáfora fácil del vínculo familiar destensado por los años de separación. Sin embargo, por muy esperada que sea, esta historia de la joven y linda fotógrafa ingenua seducida por el joven y lindo rabino apretado en su papel de padre de familia perfecto parece un poco inverosímil, como la reintegración casi instantánea de Emilia a su núcleo. Incluso en el momento preciso de la muerte de Isidoro, todo en “El Brindis” es desesperadamente previsible y falto de profundidad y de matices.

Aun así, tras este derroche de buenos sentimientos y de optimismo en el último tramo de la cinta, aparece entre líneas el descubrimiento de los ritos judíos mediante la mirada de Emilia, tan ajena al microcosmos de la comunidad judía como el espectador. Al inicio, ella “mete la pata” sin darse cuenta, tratando ligeramente cosas sagradas, riéndose de costumbres que le parecen ridículas. Pero, poco a poco, aprende el respeto frente a esta cultura que no es suya: no se roba el “gorro” del rabino y se apaga el celular en la sinagoga.

El respeto a los ritos es reforzado cuando vemos a los niños, tan inquietos como todos los infantes, bendecir el pan o recitar pasajes de la Torah en hebreo con la mayor seriedad. Pero aun aquí, el retrato de la familia judía cae en la caricatura, con sus mujeres palabreras e invasivas y sus hombres cultos pero sumisos…

Esta primera película de Shai Agosin es una celebración de la familia, cuyo mensaje es debilitado por una aproximación simplista de las relaciones humanas, tanto las familiares como las amorosas. Queda un lindo paseo por Valparaíso, aunque a ratos propio de la estética publicitaria, así como una reafirmación de la vigencia de las tradiciones judías, donde se advierte lo queridas y cercanas que son para el director.

 

 

Dirección: Shai Agosin.
Países: Chile y México.
Año: 2007.
Duración: 100 minutos.
Interpretación: Ana Serradilla (Emilia), José Soriano (Isidoro) y Francisco Melo (David).
Guión: Gabriel Agosin y Roberto Brodsky.
Fotografía: Ignacio Prieto.
Montaje: Carlos Puente.
Música: Esteban Agosin, Paul Hernández, Cristián Galarce y Cristián López.
Disponible en: DVD (arriendos).

En este mundo absurdo, el delito es amar

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 06-11-2010

ajamiPor César Iturra

Al parecer, una tierra tan conflictiva como Israel es más que capaz, a pesar de sus conflictos étnicos y religiosos, económicos y culturales, de producir un cine que acapara premios en cuanto festival se presenta, además de hacerse con nominaciones a los Oscar para competir como película de habla no inglesa casi todos los años.
De hecho, los tres últimos años esto ha ocurrido; el 2008 con “Beaufort”, el 2009 con “Vals con Bashir” y este 2010 con “Ajami”. Esta última, dirigida por Yaron Shani y Scandar Copti, judío y palestino respectivamente, viene a ser un producto de diversos frentes culturales, una historia marcada por la convivencia y el enfrentamiento de las distintas sensibilidades, integradas en un todo por ambos realizadores.
Ajami es uno de los barrios más duros la ciudad de Jaffa, en Israel. Omar y su hermano pequeño Nasri son el objetivo de la venganza de un clan criminal después de que su tío disparase a uno de sus miembros. La venganza puede terminar, pero es cara y Omar necesita juntar una gran cantidad de dinero de forma rápida. Malek trabaja de forma ilegal en un restaurante y también necesita dinero para poder pagar una operación a su madre. Dando es un policía israelita obsesionado por la desaparición de su hermano soldado en manos palestinas. Los tres conviven en la misma zona y sus historias se entrecruzan inevitablemente.
En su voluntad documental, que viene siendo casi una constante en el cine mundial hace varios años y con muchos ejemplos, independiente de las latitudes, géneros, historias o lo que sea, el filme nos conduce por una ciudad devastada, teñida por sangre, paralizada por el miedo, pero donde los personajes se mueven por un acto de amor, ya sea a una mujer de distinta religión, el amor por el hermano que lucha por su liberación, por el de la madre enferma, por el hermano desaparecido o por una creencia, sea cual sea. Será el amor, como fuerza motora, el que extraerá lo mejor de cada personaje, pero también lo peor.

Gracias a las distintas herencias culturales de los directores, éstos logran desarrollar una historia en la que conviven árabes, judíos y cristianos, sin representar una sociedad vista desde un particular prisma. Lo que importa es la historia y poder desplegar los diferentes hilos narrativos sobre una situación social, más que hacer lecturas meramente políticas; no reside acá el asunto.
A través de los ojos de diversos personajes y gracias a su original estructura narrativa, experimentaremos viajes por distintos tiempos y seremos testigos de los estragos que ocasiona esta lucha territorial motivada por la religión, pero sin el objetivo de dejarnos acorralados en aquella situación.
Gracias a lo audaz de su montaje y su frenetismo, siempre bajo el telón de fondo de dolor y violencia, vamos en busca de una interpretación más elevada, que guarda relación con la condición humana, con nuestros comportamientos y sentimientos a consecuencia de esos actos violentos.

La desoladora violencia en las calles de Ajami.

La desoladora violencia en las calles de Ajami.

No se trata de simplemente mostrar atentados, sino cómo todo ello convive con la cotidianidad y cómo esto se funde con el temor constante de la gente, de sus vidas sombrías, áridas, que son entrelazadas en cinco historias expuestas en distintos arcos temporales y que vienen a convertir lo cotidiano en una constante tragedia, en un dolor punzante e inevitable, pero queramos o no, fiel reflejo de la realidad.
El cine israelí tiende a interiorizar el terrible conflicto que asola el país. Otras naciones también lo hacen, guardando las proporciones, con sus respectivos dramas: Brasil con “Ciudad de Dios” o Italia con “Gomorra”. Filmes que, en definitiva, nos vienen a decir que si existe algo que necesitan las cinematografías emergentes que narran historias inmersas en sus conflictos (países en guerra, ciudades ocupadas, poblaciones devastadas por la delincuencia), es la imposición de una mirada que no sea sesgada y que, por el contrario, sea capaz de meterse de lleno en la descripción de lo real y dejando los juicios morales al espectador.
He aquí otra belleza del cine: hacernos partícipes, cómplices, permitirnos reflexionar sobre temas que nos afectan a todos.
Entonces, la virtud de “Ajami” es que no desgasta su par de horas en indagar sobre posicionamientos políticos, orígenes de los enfrentamientos religiosos o razones de la condición en que se encuentran ciudades como Ajami. Su virtud es que conforma un potente retrato de vidas basadas en el temor y que nos pone ante preguntas sobre la identidad y hacia dónde vamos con todo el maldito conflicto.
Una gran película, originalmente armada, contada desde las entrañas, tratada desde el temor y la desolación, sentida desde la desesperanza. De hecho, como antecedente definitorio en relación a la visión de los directores, tiene que ver con que si existe un mínimo esperanzador, encarnado en el rol del niño Nasri como visionario y protector, como símbolo de lucha por un mundo mejor, aquel mínimo simplemente llegará a cero producto de un hecho crudo y descorazonador, que cierra el círculo, pero no la herida. Como la vida en poblaciones, como la vida en Ajami, como la vida misma.

Título: “Ajami”.
Dirección y Guión: Scandar Copti y Yaron Shani.
País: Israel y Alemania.
Año: 2009.
Duración: 120 minutos.
Interpretación: Fouad Habash, Nisrine Rihan, Elias Saba, Youssef Sahwani, Abu George Shibli, Ibrahim Frege, Scandar Copti, Shahir Kabaha, Hilal Kabob y Ranin Karim.
Disponible en: DVD.

La ropa sucia… no se lava en la sala de clases

Publicado en (Cine en su Casa) por cabarca el 24-10-2010

elmurosPor César Iturra

Por estos días, se agudiza la crisis en Francia: los noticiarios revelan imágenes de caos, las huelgas están afectando a distintos sectores del comercio y, sobre todo, al pueblo. Sumémosle la historia ya conocida de conflictos raciales, agravados recientemente con la expulsión de gitanos, en fin, multitudes que salen en protesta, expresiones que invitan a no callar el grito, a pelear por lo justo.
Todos debemos tener aquella lista interminable de películas que guardamos en nuestro estante sin aún ser vistas, pues bien, a raíz de lo que les comentaba, terminó de despertar mi curiosidad y puse play a una película de la cual tenía muy buenas referencias. No necesariamente por seguir una temática en relación directa con lo mencionado, sino más bien porque soy un convencido de que una de las bellezas del cine tiene que ver con que siempre, conciente y/o inconscientemente, las películas llevan implícitas y/o explícitas ideas, emociones o sensaciones del tiempo, lugar o espacio en el que se realizaron y así, detrás de ellas, hay siempre ideales, personas, pueblos.
Barriendo con el glamour, la celebridad y las superproducciones, el filme francés “Entre los muros” se alzó con el premio mayor en el Festival de Cannes del año 2008. Más que las memorables actuaciones, el poder del montaje o la efectividad de sus textos, se trata de su adorable simpleza y del cándido efecto que consigue como un todo, como una realidad.
Laurent Cantet, el director de “Recursos humanos” (1999) y “El paso del tiempo” (2001), en esta oportunidad establece una mini sociedad con François Bégaudeau, profesor de Lenguaje y quien escribió a partir de su experiencia esta historia, y además la protagoniza en conjunto con sus alumnos. Nos instalamos en la sala de clases de una escuela de un barrio obrero y multiétnico parisino, que nos invita a reflexionar acerca de los fundamentos de ser profesor y de ser alumno. Ahora bien, más que eso, aquel microcosmos que se quiso crear en cada escena plantea tan claramente un paralelo con la ciudad, en este caso París, aunque se aplicaría perfectamente a Barcelona, Nueva York, Rio de Janeiro o Santiago, cada urbe con sus propias particularidades y diversidades. Odié el colegio por su forma y sistema, pero amé la diversidad que allí existía y el espíritu que allí se generaba.

En este falso documental, todo está diseñado y direccionado para alcanzar un grado alto de realidad. La cámara una vez que entra entre los muros del aula, difícilmente va a salir; más aun, ahoga, asfixia, contrae, la utilización de planos cerrados todo el tiempo nos reseña a la idea de lo carcelario, donde al final de las pocas escenas que tiene la película, siempre se escapará un suspiro de desahogo, de liberación, de calma. Las escenas están tratadas de tal forma que la tensión no amaina, sino que se eleva cada vez más y nosotros, los espectadores, vamos subiendo de intensidad junto a los personajes, viaje que terminará, casi siempre, en una explosión, en una catarsis. Como dato, en la película se trabajó con actores que, si bien no eran profesionales, al estar Cantet trabajando con ellos durante un año, cada uno pudo poner su impronta al respectivo personaje y no cabe duda de que lograron grandes resultados: siento que es de los aspectos mejor trabajados, minucioso, riguroso, hermoso.
“Entre los muros” trata de una “contención”, de la emoción contraída al límite, de una sociedad que se siente amenazada, donde todos son ajenos, incluso los franceses, donde no hay opción de elegir el camino del medio, sino de defender y/o atacar. El aula es espejo de una sociedad marcada por los problemas ligados a la inmigración, diferencias lingüísticas, culturales, religiosas, emocionales. Allí los docentes se encuentran en la disyuntiva entre el deseo de atender y entender las demandas de los alumnos y la necesidad de enseñar ciertos contenidos disciplinares y de cumplir con las exigencias institucionales; he aquí la dificultad, porque el ritmo de cambio no se adecua fácilmente a lo que ocurre más allá de los muros, desde el mundo en el que deben vivir sus vidas, la vida de verdad.
Olvidémonos del optimismo y facilismo de películas como “Mentes peligrosas”, de John N. Smith, o de la imagen que proyecta Truffaut con “Los 400 golpes” en relación a una institución altamente inflexible y severa, o la idea de Richard Brooks en “Semilla de maldad” para reflejar la clásica historia de la imposición sobre las rebeldías “sin causa”. En “Entre los muros”, los conflictos nunca se resuelven de manera definitiva. Cantet rechaza la idea fácil de la educación como salvación social y opta, sin ser meloso, por la esperanza de la integración, camino representado por el personaje del profesor. Acudimos a una metáfora social bien tejida y que, en sus hilos, arroja verdades sociales y trazos de genuina humanidad, que el cine actual pocas veces puede ofrecer.
“Entre los muros” juega con la idea de un universo paralelo que aparenta ser limitado, arbitrario, disciplinado y que, sin embargo, se consolida como fiel espejo de lo que sucede allá afuera, en el seno de una sociedad definida por limitaciones, arbitrariedades y sanciones que funcionan como consecuencia a un sistema en crisis. Es cierto, más allá de los alumnos y de los profesores, nadie más sabe qué sucede exactamente en la escuela, pero hace algún tiempo también fuimos alumnos, también estuvimos entre los muros y cada uno, con sus distintas experiencias, sabemos cómo funciona.

Título: “Entre los muros”.
Dirección: Laurent Cantet.
País: Francia.
Año: 2008.
Duración: 125 minutos.
Intérpretes: François Bégaudeau, Nassim Amrabt, Laura Baquela, Cherif Bounaïdja Rachedi, Juliette Demaille.
Dirección: Laurent Cantet.
Guión: Laurent Cantet, François Bégaudeau, Robin Campillo.
Fotografía: Pierre Milon, Catherine Pujol, Georgi Lazarevski.
Montaje: Robin Campillo, Stéphanie Léger.
Disponible en: DVD.