“Caliche sangriento”: provocadora y vigente
En categoría(s): Gran Angular por cabarca el 27-05-2010
Cada nación suele construir su mito y su épica a partir de hitos bélicos y unos cuantos personajes con algún rasgo memorable. En Chile, el discurso oficial ha consolidado la Guerra del Pacífico como una gesta ejemplar y que incluso ha servido de fundamento para un cierto -y tonto- aire de superioridad frente a peruanos y bolivianos.
Prat, Condell, el Combate Naval de Iquique y los Héroes de la Concepción dominan el recuerdo y parecen nublar toda reflexión sobre este conflicto bélico, que dejó miles de muertos y cuyo origen -era que no- fue la disputa entre intereses económicos por el salitre.
En la década de 1960, la novela épica “Adiós al Séptimo de Línea” ya era un gran éxito de la literatura nacional y “pintaba” para clásico. La obra de Jorge Inostrosa, que incluso originó el disco homónimo del grupo musical Los Cuatro Cuartos en 1966, alimentó el mito de la Guerra del Pacífico y contribuyó, en gran medida, a fortalecer el patriotismo de los chilenos asociado a esta conflagración.
De modo que cuesta imaginar, en el cine chileno de la época, un ejercicio más polémico y que respondiera tan notoriamente a una visión contracultural como la película “Caliche sangriento” (1969), en cuya historia diecisiete soldados pertenecientes al Regimiento Santiago pierden el rumbo e intentan alcanzar a las tropas en medio del árido desierto de Atacama.
Su director, el abogado y cineasta Helvio Soto, se atrevió a desmitificar la “gloriosa” guerra en su segundo largometraje, el que sería interpretado como un filme de connotaciones políticas: eran los revueltos últimos años de la década del 60. Subrayaba, asimismo, el inflexible apego a la disciplina en el mando militar, la violencia contra los peruanos y la continua insubordinación.
La cinta provocó polémica de inmediato: el Ejército, que originalmente la respaldó, manifestó su disgusto a las autoridades políticas nacionales por la visión expuesta sobre los militares chilenos y la guerra acaecida entre 1879 y 1883.
El 1 de septiembre de 1969, el Consejo de Censura Cinematográfica declaró “rechazada” la película. Tras una apelación de los productores, se mantuvo dicha calificación, aunque sujeta a revisión del Ministerio de Relaciones Exteriores.
Luego de hacer concesiones en la promoción del filme, éste finalmente pudo ser exhibido sin cortes. Al parecer, la polémica ayudó: la cinta logró llevar a las salas 115 mil espectadores, una cifra que incluso hoy varios directores querrían.
En 1970, la cinta fue mostrada en Cannes. En los años siguientes, Soto continuó haciendo cine, ya con un claro sello ideológico, y tras el golpe se radicó en Francia. Entretanto, la copia de “Caliche sangriento” se perdió y sólo quedó la versión en video que compró la televisión alemana tras su exhibición en Cannes.
El extravío del filme y el prácticamente imposible acceso a él durante casi tres décadas (fue restaurado en el 2008, aunque la versión que circula actualmente no es precisamente de calidad), contribuyeron a que primara la visión según la cual “Caliche sangriento” es una cinta política y antimilitarista. Incluso, para los fanáticos de la visión heroica de la Guerra del Pacífico, una cinta antipatriota.
Ni lo uno ni lo otro.
La tesis argumental del filme apunta a una lectura económica del conflicto: para Soto, quien se proyecta en el personaje del abogado Gómez, quien forma parte del batallón cumpliendo el rol de teniente (Jaime Vadell), la Guerra del Pacífico no se trata de chilenos contra peruanos y bolivianos. Es, en cambio, una guerra movida por los intereses de las compañías salitreras estadounidenses, inglesas, alemanas y francesas, que empujaron a ella a las tres naciones, cuyos soldados y pobladores son más bien víctimas del enfrentamiento.
Es en los diálogos entre el capitán (Héctor Duvauchelle) y el teniente donde el director plasma su visión de la guerra y plantea una tesis revisionista de ésta. Su intención argumental es reforzada a través de muy obvias secuencias de planos y contraplanos, como sucede mientras discuten en un caserío.
En tales diálogos, donde la perspectiva crítica que introduce el capitán Gómez resulta irrelevante y fuera de lugar, el filme pierde expresividad visual y se vuelve predecible. Sobra discurso y falta cinematografía.
Además, la construcción del personaje del capitán es algo estereotipada: a Soto le interesa mostrar un militar muy estricto, vertical, que rechaza a los políticos y no trepida en asesinar a uno de los suyos si éste busca escaparse o ya no resiste la desesperante situación.
Sin embargo, si la película se deja ver con vivo interés en sus casi dos horas de metraje, es porque la propuesta visual de Soto es rica en matices, metáforas, alegorías y significativos ejemplos.
El paisaje que sirve de fondo en la mayor parte del filme, el árido e interminable desierto, es también la desolación del batallón perdido. Y es, al mismo tiempo, un gran espacio abierto donde, sin embargo, esos hombres parecen estar atrapados: por el quemante sol, por la falta de agua, por el acentuado frío de las noches y por la imposibilidad de comunicarse con el resto de las tropas. La incertidumbre no los deja en paz.
Soldados que intentan huir, soldados que celebran cada gota de agua como si fuera la última y soldados que se aferran a lo que puedan encontrar en un caserío o sobre unas mulas.
Acá no hay épicas ni héroes, ni siquiera música que ensalce el ánimo patriota; sólo hay un puñado de hombres desesperados, perdidos en medio del desierto. La condición humana expuesta a las inclemencias del ambiente y al riesgo permanente del asalto enemigo. La guerra librada al límite de la resistencia y rayando en el delirio o el desvarío.
Es la angustia y la sinrazón de la guerra y en eso Helvio Soto no se pierde, porque lleva la cámara a los rostros desesperanzados y aterrados de los soldados, nos los muestra pequeños e irrelevantes en medio del inconmensurable desierto, y los despoja de valentía, tenacidad y resolución.
La representación de las duras condiciones alcanza uno de sus mejores momentos cuando los soldados, al amanecer, lamen sus rifles para saciar un poco su sed con el rocío de la camanchaca: la precariedad es absoluta.
Tras el asalto a un caserío, donde los dos hombres y las dos mujeres que hay en la casa son tratados con violencia por la tropa, Helvio Soto, secundado por un siempre fino Silvio Caiozzi en la dirección de fotografía, brinda varios pasajes de muy bien lograda cinematografía.
La llegada de unos montoneros tiene la visualidad propia de un western y el director administra con destreza la tensión previa a la balacera en que caen soldados chilenos y peruanos.
Incluso en medio del enfrentamiento, Soto y Caiozzi demuestran su agudeza visual al encuadrar el rostro de una de las mujeres (Elvira, interpretada por Patricia Guzmán) rodeado por las latas que sirven de paredes en la casa y disponer algunos planos de un loro que circula por el caserío, imágenes estas últimas que dosifican levemente el relato.
Poco después, el teniente Gómez debe enfrentar a un oficial peruano a quien la cámara muestra al borde de la locura. Los primeros planos y el comportamiento de este nuevo personaje remarcan la irracionalidad de la guerra, al mismo tiempo que el director desarrolla una secuencia cuyos códigos son los propios del spaghetti western (zoom, teleobjetivos, desorientación espacial, entre otros).
La escena final no es más que la confirmación de cuán injusta y estúpida es la guerra, y de cómo puede llevar, incluso al más sereno y racional de los hombres (el abogado y teniente Gómez), a una expresión cercana al delirio.
Son esos tópicos los que dominan “Caliche sangriento”, cuyos méritos trascienden la provocación argumental de desmitificar la epopeya de la Guerra del Pacífico: el acertado manejo de la tensión, la más que eficiente administración de códigos visuales propios del western, la destreza para moverse entre el genuino realismo y la metáfora y la parábola, y la expresiva puesta en escena del extravío y la angustia de soldados llevados a una guerra que apenas comprenden y despojados de todo espíritu y rasgo heroico.
Así, “Caliche sangriento” se constituye en una obra fílmica no sólo provocadora para nuestra memoria y el discurso institucional, sino también de plena vigencia, gran fuerza expresiva y lograda puesta en escena y cinematografía.
Dirección y Guión: Helvio Soto.
País: Chile.
Año: 1969.
Duración: 128 minutos (versión original).
Interpretación: Héctor Duvauchelle (capitán), Jaime Vadell (teniente), Jorge Guerra (corneta), Jorge Yáñez (sargento), Arnaldo Berríos (oficial peruano) y Patricia Guzmán (Elvira).
Fotografía: Silvio Caiozzi.
Montaje: Carlos Piaggio.


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Recuerdo haber visto esta película en TVN hará unos diez años, cuando emitieron un ciclo de cine chileno (con obras tan dispares como Julio comienza en Julio, Sussy, Tres tristes tigres y Caluga o Menta, entre otros).
Tal como mencionas, la fuerza expresiva del filme no se ha perdido en 41 años. No es totalmente precisa históricamente hablando, pero si entrega un marco conceptual más que interesante, casándose con una vertiente historiográfica asumida en aquel entonces como de izquierda, pero cuyos aspectos han ido siendo abordados gradualmente por las líneas investigativas más tradicionales en los últimos 20 años.
Sólo una acotación al contexto histórico que mencionas: la película recrea la marcha de los soldados chilenos desde los puertos peruanos de Ilo y Pacocha en la costa, hacia Moquehua, a principios de 1880, movimiento que precisamente fue una verdadera tortura para los miles de soldados chilenos que la emprendieron debido al agobiante calor y falta de agua, privaciones que llevaron a decenas de soldados a perderse en las arenas. Si hay una forma de representar esa desesperación casi absoluta, Caliche Sangriento se encarga de plasmarla en la pantalla de manera magistral.
Como último comentario, cabe destacar el notable elenco y sus excelentes actuaciones.
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